Buscando a Jimi en Seattle
Actualizado: 19 sept

Por Claudio Turco Cherep
Se sabe que Jimi Hendrix nació en Seattle pero sería injusto reducir a Seattle solamente a la figura de Jimi, tanto como reducir a Jimi solamente a Seattle, donde estuvo hasta sus 18 años cuando lo obligaron a hacer el servicio militar para no ir preso después de ser sorprendido manejando un coche robado. Y aun cuando Jimi no es solamente Seattle, sus orígenes lo avalan como alguien bien de aquí, porque en este sitio enclavado en el noroeste estadounidense, donde el paisaje y el ritmo de vida se parecen mucho a Canadá, aunque la mayoría es blanca, hay una conjunción de afros y originarios que es exactamente la mezcla de sangre de Jimi: negra, india, mestiza. Acá, en el marco de una sociedad considerada progresista -dentro de lo que un norteamericano entiende como tal- creció Jimi, de infancia dura. Acá, donde se votó el matrimonio homosexual y el uso legal del cannabis, donde los índices de ateísmo son altos, donde los demócratas no saben lo que es perder una elección, donde eligieron por primera vez en la historia una alcaldesa mujer en 1926 y tuvieron por primera vez un alcalde que se proclamó gay, acá, pueblo liberado, creció una de las mejores guitarras de la historia. Nos dicen que hay una estatua que recuerda a Jimi. Es una buena idea caminar Seattle -5 millones de habitantes con su conurbano- hasta dar con el homenaje a Hendrix. Allá vamos.
Señalan que está en el barrio Capitol Hill. No es lejos del centro. En las calles de Seattle impera la prolijidad, la pulcritud. Los autobuses se deslizan como sobre patines, los trenes llegan a una estación revestida en mármol cuan palacio aristocrático y, sobre la bahía, apenas hace ruido la bocina de un crucero que saluda a la ciudad, mientras ésta lo mira indiferente porque ve llegar uno de estos gigantes marinos de a uno por día. Antes de ir por Jimi vamos al supermercado. Estamos entrenando porque el objetivo de Alaska está más cerca y, a medida que subimos por el continente, los precios también suben. Igual, nosotros ya dejamos de quedar azorados, un poco acostumbrados, otro poco leyendo los indicadores de Argentina. En el “market” todo es orgánico, costoso, a medida del poder adquisitivo de Seattle, uno de los más altos de Estados Unidos. Los cafés de Starbucks, que nacieron aquí, se anotan en el paisaje con frecuencia y lo propio sucede con otras cadenas de comida rápida. Pero hay que buscarlos bien, a esos comercios y a cualquier otro, porque las calles no están abarrotadas de carteles, la contaminación visual no existe, cada uno tiene su local con cartelería que parece reglamentaria, discreta, apenas un metro sobresaliendo hacia la vereda, siempre ancha, siempre límpida. Miramos, pasamos, no nos distraemos, vamos por Jimi.

Nos dicen que la zona donde está la estatua es también el barrio liberal donde vive la comunidad LGBTQ+, donde funcionó el cine egipcio, donde la East Pine Street baja hacia la bahía en una línea recta y ancha. La vamos a recorrer en el sentido inverso. Venimos de la bahía de Elliot, una lengua mansa de mar que se mete a la ciudad a través de un estrecho, un reflejo de agua salada donde los yates se espejan como puntos blancos desde las calles altas cuando el sol se decide a dedicarles atención por un rato. En esta avenida, como en otras, como en casi todas, por las veredas están estacionados decenas de monopatines, bicicletas eléctricas y otros transportes similares. La mayoría de los jóvenes se transporta a través de este sistema coordinado con Uber, que se paga menos que el bus, que es bien popular y que no teme a la inseguridad, porque todos están como abandonados, hasta que un piloto ocasional los activa a través de una aplicación, pero se ve que a nadie se le ocurre llevarse uno a la casa. Han de ser pensamientos sudacas nomás. No desviemos la atención que Jimi está más cerca. Ya dejamos hace rato la Segunda Avenida, cerca de The Crocodile, el bar donde tocaba Nirvana, ya apuntamos para otro día la visita al Lago que fue unido artificialmente a la bahía y que, como consecuencia de ello, tiene agua dulce y agua salada.
A propósito de The Crocodile, hay muchos bares en Seattle, de esta característica y de otra. Muchos café, a secas, muchos de esos que se encienden para el after. Es difícil censarlas pero los números oficiales dicen que hay más de 1500 cafeterías, si se considera también el conglomerado urbano. Es parte de la cultura de la ciudad y se nota. La música (en nuestra revista de suscriptores publicamos sobre el nacimiento del grunge en esta comarca) también ocupa un lugar central. Antes de Kurt Cobain fue el jazz, que perdura en las mesas del mítico Dimitriou’s Jazz Alley, y en el pos grunge es el hip hop, siempre con exponentes notables. Ni hablar de Hendrix, del que cada vez nos separan menos cuadras. También se politiza más que otros lugares Seattle, al menos en lo que nuestro andar percibe. En los barrios anodinos más alejados de esta área concurrida, con vistas ostentosas a la bahía, donde casi no se ve gente en la calle y donde las viviendas -aunque de madera-, con los jardines cuidados al detalle, denotan la presencia de los sectores más pudientes, se asoma cartelería envejecida de la candidatura de Kamala Harris. En algunos locales también se expresan contra la presencia de la policía del ICE. En honor a la verdad, no son tantos, pero en otros lugares la consigna, cualquiera sea, brilla por su ausencia.

Jimi Hendrix no vivió en la zona donde lo hicieron estatua. Su lugar fue el Distrito Central, en casas sencillas, incluso un tiempo en un hogar para niños. Igual, la zona donde es monumento es bien liberal y le cae como anillo al dedo. No estamos lejos pero falta cruzar un curso de agua, una autopista de 12 carriles, agua y ruta, material indispensable de Seattle. También falta el “Seattle Center”, un parque de ubicación estratégica que da cuenta la importancia que le dan aquí a los espacios verdes. No en vano le llaman “la ciudad esmeralda”. Puede ser desde los balcones naturales del Kinnear Park o desde las paredes con jardines verticales de los edificios, pero el verde predomina, se integra al agua, se trepa por el cemento. El “Seattle Center” es también la base de la “torre aguja”, ese mirador de la ciudad de 180 metros de alto que tiene un comedor giratorio en las puertas del cielo, desde donde se puede ver la montaña, la bahía, la ciudad toda. Y también el Jardín de Vidrio o, más allá, el Museo de Arte Pop, por donde pasa la movida cultural de todo el noroeste norteamericano. Inabarcable Seattle. En medio de tanto, el orden impera. Apenas se desarregla alguna noche, con los ruidos de los que corren picadas por las autopistas, a los solos efectos de entender que la vida, en algún momento, puede desarreglarse, aunque sea un rato, aunque sea antes de que algún vecino llame a la policía.
Subimos algunas cuadras más. Ahora a la calle East Penn le queda casi nada para su intersección con Brodway, para nuestro encuentro con Jimi. Hace calor, inusual más allá de que es verano y de que se está apagando. Nos apuntan que la obra es de Daryl Smith, un artista que se las trae. Vamos subiendo y las piernas lo sienten. Habíamos arrancado allá abajo, al nivel del mar, en el Mercado Central, donde una carrada de turistas buscaba bajarle el precio al salmón o llevarse algún souvenir. Tantos mercados después, este nos pareció apenas atractivo. Podríamos haber venido en monorail, ese tren que va por el aire a velocidad de paseo y con vistas excelentes, pero el mejor modo de conocer, es caminar. Además el monorail cuesta ocho dólares. Si bien el servicio es superior al de Autobuses Santa Fe, no amerita tanto. Antes de la esquina gloriosa queda el último espacio verde. Son los patios abiertos de una escuela pública. Buscamos la vereda de la sombra, donde se aglutinan comedores mexicanos, dejando en claro que Capitol Hill es el lugar que eligió para vivir la comunidad latina. Cuando llegamos a la esquina giramos la vista acá y allá. La estatua no se ve. Nos ponemos más finos. De pronto, al borde del cordón, como pidiendo permiso, se aparece un Jimi Hendrix bajito, tocando la Fender, apenas perceptible. Vamos al fútbol. Se dice que cuando uno logra un campeonato, con el tiempo, lo que más recuerda es el camino para lograrlo. Ojalá estos 10 km de búsqueda a pie valgan un título. Hola Jimi, hola campeón.






Brillante redacción y fotos de un lugar casi desconocido. Hermosa experiencia. Felicitaciones!!!. Desde Argentina Salvador