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A peronist boy

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
hace 4 horas
6 min de lectura

Por Claudio Turco Cherep

 

Ahora que los días se suceden rápido como el regreso y que Alaska se aparece otra vez como la lejanía que siempre fue, lo vamos a contar. A menudo hay una pregunta constante que nos hace mucha gente que conocimos en el camino. Cuánto tiempo tardamos en armar el proyecto De Santa Fe a Alaska y cuándo tomamos esa decisión. Unos veinte meses nos separaron de un cálido día que nos encontró en Misiones cuando decidimos hacerlo, hasta aquel 15 de diciembre en el que arrancamos. Pero no es frecuente que nos pregunten cuándo fue que supimos que realmente lo íbamos a hacer, que el sueño dejó lugar a la idea y la idea se abrió paso a la concreción. Esa fecha se puede fijar perfectamente en el 8 de octubre de 2025, en el porteño barrio de Palermo y frente a la nunca jamás bien ponderada Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica. Por entonces teníamos el vehículo que -creíamos- en condiciones, teníamos algunos ahorros, teníamos una estrategia para mantenernos en ruta, solo que no nos había sido otorgada la visa para entrar a los dominios del compañero Donald Trump, que

-leíamos todos los días- mandaba al ICE a tirotear o expulsar o las dos cosas a la vez a los sudacas que quisieran vivir esa vida blanca y prístina que él solo tiene reservada para los que son como él, o como Epstein, o como Beckham, o como Mas Canosa.

 

El trámite para obtener la visa es un poco menos complicado de lo que suponíamos, pero nosotros llevábamos un prejuicio y un problema. Prejuicio sobre ese edificio donde se reunieron tantas veces golpistas de toda laya, problema porque el gobierno argentino había sacado una partida de pasaportes con fallas que nos involucraba. Nosotros renovamos nuestros pasaportes con la antelación debida, como parte de tantos trámites que hicimos para alinearnos para viajar. Sin embargo, el 10 de septiembre, algunos medios de comunicación dieron a conocer la noticia. “Hay 200 mil pasaportes que deberán ser revisados y se calcula que unos 60 mil deberán volver a emitirse”. Cuando presentamos nuestros datos a la Embajada para obtener la visa entregamos los datos de nuestros pasaportes, en teoría en curso legal, y ahora no sabíamos si verdaderamente servían. Sea porque el presidente Milei estaba ocupado en twitter o porque le estaba dando de comer a los perros, lo cierto es que no hubo demasiada información oficial, hasta que el Renaper nos confirmó que los nuestros eran parte de la revisión, que nos acercáramos al Aeropuerto Internacional más cercano (el de Fisherton) y que ahí nos dirían si servían o no. Diez días después estábamos en Rosario para corroborar que uno, el de Ximena, el alma de este viaje, era de los de la partida “fallados”.


Captura de pantalla de Diario El País de España. La prensa argentina no le dio demasiada trascendencia al tema de los pasaportes fallados
Captura de pantalla de Diario El País de España. La prensa argentina no le dio demasiada trascendencia al tema de los pasaportes fallados

 

Faltaban 18 días para el turno a la Embajada. Si hacíamos uno nuevo, la Embajada había registrado el viejo y ni siquiera la dejaría entrar. Si nos visaban el pasaporte “con falla”, corríamos el riesgo de recorrer más de 10 mil kilómetros y que, cuando llegáramos a la frontera entre México y Estados Unidos, no nos dejaran pasar, aún teniendo la visa otorgada. Decidimos que iríamos a la Embajada para obtener la visa y que luego haríamos la renovación del pasaporte, para atravesar con el pasaporte en regla los países que hicieran falta y que explicaríamos la situación muchos meses después, cuando correspondiera. Aunque íbamos a estar en regla todo lo que pudiéramos, sabíamos que no dependía ya de nosotros. Antes de ir a la Embajada hay que ir a legitimar los datos a otro sitio, a algunas cuadras del edificio principal. Para aumentar nuestro nerviosismo y, corroborando que a los del primer mundo también les sucede, se había caído el sistema. Hicimos fotos para carnet manuales, nada importante, una anécdota, hasta que nos vimos haciendo la cola para la entrevista que nos diría si nos daban la visa o no, lo que equivalía a decir “si llegaríamos a Alaska o no”, si tanto preparativo iba a tener sentido. Algunos amigos nos decían que chequearían nuestras redes sociales, donde se iban a encontrar fotos nuestras vitoreando a la Chorra, sacando fotos en San José 1111 como si estuviéramos en la Fontana di Trevi, o nuestros avatares sin la marca “je suis Charlie Hebdo”.

 

Sin embargo, en honor a la verdad, fue más larga la cola para esperar que el tiempo que demandó la entrevista en que nos confirmaron que podíamos ingresar a Estados Unidos. Salimos sin hacer ningún gesto poco amable, sin decirles lo que pensamos de ellos y, una vez que cruzamos la calle, sobre el verde de los bosques palermitamos, se los digo hoy que es 17 de octubre, hicimos lo que cualquier cabecita negra que se precie hace en esa circunstancia. Gritamos bien fuerte “Viva Perón, carajo!” y lamentamos que no hubiera cerca un puesto de choripán para enchastrarnos bien las manos y chuparnos los dedos para secarnos con el papelito que nos dieron para el turno. Desde entonces no volvimos a hablar demasiado del tema, hasta que varios meses después, la noche del 12 de agosto,  estábamos a las puertas de a ingresar a Estados Unidos por el paso fronterizo de Tijuana hacia San Diego, en el estado de California. Ahí volvieron los temores. Habíamos hecho lo que había que hacer, pero la visa estaba incrustada en un pasaporte que no tenía validez y, el que sí tenía, estaba sellado con el ingreso al resto de los países pero no portaba la visa.


Paso fronterizo de San Ysidro, entre Tijuana, México, y San Diego, EEUU. (foto de Ximena Frois, que pudo cruzar)
Paso fronterizo de San Ysidro, entre Tijuana, México, y San Diego, EEUU. (foto de Ximena Frois, que pudo cruzar)

 

Con los fantasmas a cuestas, a la mañana siguiente, después de un viaje breve para llegar y una espera módica para cruzar, un empleado latino del Departamento de Migraciones de Estados Unidos relojeó la visa, la escaneó mientras nosotros apretábamos los esfínteres y, sin chistar, nos dijo “welcome”. Después hubo otro control, tan laxo que ni vale la pena mencionar. Los días siguientes transcurrieron sin mayores inconvenientes. Pensamos qué le diríamos a los del ICE si nos paraban en la calle. Yo pensaba que si me preguntaban si era de la ciudad de Pancho Sobrero, que había posado con una bandera contra el juez Griesa en Nueva York en plena época de los fondos buitres, a pesar de que él me invitó a tantos asados, iba a actuar como un desagradecido y lo iba a negar tres veces. Con el transcurrir de los kilómetros nos fuimos aplacando y comprobamos que el sistema funciona más como una amenaza permanente que con controles a cada paso. El miedo se inocula primero y, ya con su efecto paralizante, ni necesita de chequeos. Así nos lo contaron después muchos inmigrantes que tenían objetivos distintos a los nuestros, que deseaban quedarse; pero además no tenían sus papeles en regla, que no era nuestro caso. Nos sabíamos sometidos al arbitrio de quien se nos cruzara, pero nos decíamos “y quién no aquí?”

 

Así atravesamos el resto de los estados y recién en Alaska, apenas antes de empezar a desandar camino, tuvimos un episodio incómodo, de esos que duran pocos minutos pero que mientras duran, parece que son de varias horas. Ahí sí que pasaron el pasaporte de Ximena y no funcaba en el scanner. Tampoco era sencilla la comunicación. En California todos hablan español, en Oregon un poco, en Washington casi nada. En Alaska ni un oso grizzly. El oficial levantaba la vista, miraba la cara de Ximena y la cotejaba con el pasaporte. Después miraba a su compañera de trabajo y, lo peor, no decían nada, ni en inglés ni en ningún idioma. Claro que ahí hay menos gente viviendo, de modo que. por lo difícil que es atraer gente a laburar en el polo norte, capaz nos pedían que nos quedáramos aunque tuviéramos el DNI de tapa verde con hojas de cartón, por lo que la situación no pasó a mayores. El oficial consultó algunas veces, se mostró predispuesto y nos hizo seguir viaje. A esa altura ya no importaba demasiado, habíamos alcanzado la meta por la que soñamos muchos años y trabajamos un par. Mientras esperábamos que aprobara el pasaporte con fallas que entregó el gobierno de Milei yo pensé que nos podían deportar como quisieran, en un avión de combate, con el mameluco anaranjado y las esposas en las muñecas y los tobillos. Total, ya habíamos llegado a Alaska y, sobre todo, ya habíamos gritado allí también “Viva Perón, carajo!”



 
 
 

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