El incidente de la tajada de sandía
- De Santa Fe A Alaska
- 19 abr
- 5 Min. de lectura

Por Claudio Turco Cherep
De los países latinoamericanos, quizás sea este Panamá el que más mira y se deja mirar por los Estados Unidos. Su moneda de curso legal es el dólar, más allá de que el antiguo Balboa todavía se usa para dar algún vuelto. Las marquesinas publicitarias, las denominaciones de los comercios, las indicaciones para los turistas, están mayoritariamente en inglés. La administración del Canal de Panamá, que el año pasado movió más de 5 mil millones de dólares, fue yanqui hasta los primeros días del siglo actual. Ahora ya no, pero eso no impide que Panamá -sobre todo su cosmopolita capital- cuando está despierta viva como norteamericana y cuando duerme, sueñe como norteamericana. En una extensión importante de lotes, hace un cuarto de siglo que los banqueros construyen torres fastuosas que la convierten en una pequeña Nueva York, corazón financiero de Centroamérica, custodia de capitales dudosos. Esto se sabe, esto se ve. Sin embargo, no siempre fue así y hubo un tiempo en el que panameños y yanquis se miraban de reojo, que todavía se rememora aquí.
Jack Oliver era filibustero. Estos tipos tenían una diferencia con los corsarios porque no respondían a un gobierno, sino que constituían grupos pequeños, se movían generalmente en las cercanías de las costas y dictaban sus propias reglas. Quizás eso lo perjudicó aquel día de abril de 1856 a este yanqui de avería. Quiso imponer su hábito donde otros ya tenían los suyos. Bajó de su nave en el punto que ahora nosotros vinimos a visitar, frente al actual Mercado de Mariscos, donde los turistas degluten exquisiteces y se secan el sudor que les causan el sol y la cerveza. Llegó caminando por la calle de La Ciénaga, junto a un manojo de gentes de su condición, presumiendo, jetoneando, totalmente borracho. Cuando pasó por el puesto de frutas que regenteaba José Manuel Luna, tomó una tajada de sandía, la mordisqueó y la tiró al piso. Ahora mismo es época de sandías, lo que le da un parentesco muy cercano a la historia. Muchos puestos como los de Luna la ofrecen, por un Balboa y medio. Aquella vez el vendedor reclamó su paga en reales, porque Panamá era parte de la República de Nueva Granada. La paga equivalía a cinco centavos de dólar. Oliver no solo que no pagó sino que lo insultó y sacó una pistola. Pero lo desarmaron, y ahí empezó su desgracia.
Es importante detenerse en una frase del vendedor. Luna no se enoja porque no le pagan un pedazo de sandía que valía bien poco. Cuando Oliver consuma la grosería, los historiadores coinciden en que el hombre le dice “cuidado, acá no estás en Estados Unidos”. Esa frase expresaba el sentimiento antinorteamericano que detentaba la sociedad panameña, en un contexto muy particular. Hacía poco que se había desatado la fiebre del oro en California, por lo que muchos yanquis llegaban para pasar de mar a mar por el río Chagres, cuando todavía no existía el Canal de Panamá. Los locales vieron en principio un motivo de trabajo constante y sostenido, pero el gobierno estadounidense se había asegurado, a través del tratado Mallarino-Bidlak, un trato preferencial, privilegiado, para los que pasaran por el istmo. Algunos, como Oliver, se lo tomaron bien en serio y el pueblo local se sentía humillado y acorralado. También los gringos empezaron a tallar en la economía, primero con el ferrocarril, después quedándose con los negocios. En el paso del tren, los panameños veían una oportunidad de trabajo, pero cuando vieron que los forasteros se quedaban con el comercio y que la gente prefería el riel antes que las embarcaciones que ellos regenteaban, de la mano del deterioro de su economía doméstica llegó el deterioro de las relaciones.

Ahí, a una cuadra del Mercado de Mariscos, está el ingreso al barrio chino. Se lo ve como abandonado, pero tiene esa entrada tan particular que lo distingue, que se llama Paifang, aunque para nosotros son arcos bien altos y ornamentados. Olivier y sus amigos dispararon para ese lado y una horda de comerciantes enardecidos los persiguió hasta la estación de trenes, donde intentaron refugiarse, antes de caer muertos a bala de los vecinos. A Olivier lo había desarmado un peruano, de apellido Abraham, y eso detonó la batahola. La policía llegó tarde -como si fuese una costumbre que no abandonó en nuestros días- y también se sumó a la refriega. Como resultado del incidente murieron 16 ciudadanos norteamericanos y 15 recibieron distintas heridas. La escaramusa continuó, pero por vía diplomática. Primero Estados Unidos amenazó con invadir el istmo y después generó las condiciones para firmar otro tratado, todavía más favorable a sus intereses. Un año y medio después del “incidente de la tajada de sandía”, el gobierno del norte suscribió con las autoridades de Nueva Granada el tratado Herrán-Cass. A la demanda también se sumaron Francia e Inglaterra, aduciendo que sus ciudadanos, que llegaban en tren por esas horas a Panamá, también se habían visto afectados. El istmo se puso de rodillas.
Estados Unidos se quedó con islas frente a las costas panameñas para erigir bases militares, también con una indemnización millonaria para la época y, quizás lo más importante, con los derechos de explotación del ferrocarril transístmico, la antesala de la explotación mayor que a la postre sería la construcción del canal de Panamá. El episodio se podría definir como la primera intervención estadounidense en una zona estratégica que jamás abandonaría. No es que al imperio le interesaba demasiado saldar cuentas por un pedazo de sandía, sino que Oliver, Luna y la gresca generalizada fueron la excusa perfecta. Los años siguientes, los ganadores del tratado se dedicaron a influir y financiar a la política local para que el istmo se independizara de Nueva Granada primero, de la Gran Colombia luego. Movida la rama de ese árbol durante algunas décadas, Panamá se independizó, adoptó el dólar como moneda y empezó a construir el Canal, con la omnipresencia de Estados Unidos como su socio con acciones mayoritarias.
En cuanto al destino de los protagonistas del “incidente”, Jack Oliver, con suerte, ha de tener una tumba de mala muerte por ahí. Juan Luna, en cambio, se volvió a Juan Blanco, un paraje rural ubicado hacia el norte de la capital de cinco cuadras, geográficamente hacia el centro del país, cerca de un lugar un poco más grande y más referenciado que se llama Parita. Paradójicamente, Parita es un pueblo antiquísimo, del cual se dice que es donde más se guarda la identidad cultural de los tiempos de la colonia española. En ese mismo sitio, el digno vendedor callejero dejó familia, ya que hace unos años, algunos integrantes participaron de homenajes que el gobierno y la universidad le hicieron a aquel hombre. En la única escuela primaria hay una pequeña placa que lo recuerda y en el acceso al pueblo hay un monumento de poca monta, que consta de un dibujo sobre baldosas con la representación de la contienda callejera más famosa de Panamá. La descendencia de Luna ha sobrevivido en la práctica de varios oficios, entre ellos, hubo algunos que se dedicaron a la agricultura menor y tuvieron pequeñas plantaciones de sandías.
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