El pueblo que no quería ser lava
- De Santa Fe A Alaska
- hace 5 días
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Por Claudio Turco Cherep
Cuatro horas después de serpentear por caminos de montañas moderadas, contundentemente verdes, desde San José de Costa Rica hacia el norte, está el pueblo de La Fortuna, la base para quienes quieren conocer el volcán El Arenal. Este vecino de 7 mil años de existencia ha signado la vida de la zona y acapara la atención de geólogos, curiosos o turistas de todo el planeta. En los últimos tramos del camino, luego de la enésima curva, se deja ver como un cono perfecto, escoltado por el Volcán Chato, más bajo y más callado, tanto que lleva unos 3.500 años sin chistar. Cuando se accede al caserío, por la calle principal, el telón de fondo de este paisaje húmedo, de plantas carnosas, es una vista frontal de la montaña, en medio del resplandor, como si se tratara del famoso final del túnel de la vida. Y uno se pregunta si esta quietud, esta paz entre el trinar de aves que jamás vimos, esta monotonía pueblerina, habrá sido la misma de aquella mañana de julio de 1968, cuando el volcán El Arenal, mientras la ciencia discutía si lo declaraba definitivamente como extinto, erupcionó con violencia y dejó dos pueblos enterrados en un río de lava.
Costa Rica tiene una superficie de 51.000 km2. Para tomar una referencia, un poco menos que la provincia argentina de Jujuy o dos veces y medio menos que la de Santa Fe. Ir desde el mar Caribe hacia las playas paradisíacas del Pacífico demanda recorrer apenas un poco más de 100km. Venir hasta el área de influencia del más reconocido de los más de 200 volcanes del país tampoco supone una gran distancia. Es más en tiempo que en millaje, porque las rutas no son las mejores y las curvas son multitud. La sinuosidad y la angostura de la calzada le agregan cierto dramatismo leve al viaje. La agricultura de parcelas, sin latifundios, algo de ganadería (cebú), acompañan el derrotero. Sin embargo, algunas poblaciones como ésta de La Fortuna, han reconvertido su economía. Por cada vaca se ven cinco minivan que trasladan turistas a las aguas termales, o a la cascada, o hasta el inicio de la caminata para escalar al cráter del volcán. Por cada sembradío pequeño de frijoles se ven tres hospedajes, albergues, hosteles, que reciben gente todo el año, a pesar de que los nueve meses de lluvia y nubarrones conspiran para ver con limpidez el cono de El Arenal.
Antes de ese amanecer lejano en el tiempo, presente en la memoria, del 29 de julio de 1968, el volcán había avisado. Intrépidos que acampaban cerca del cráter advirtieron que las fumatas se habían incrementado. El agua de la zona se transformó y dejó de ser potable. Los gases mataron al ganado y los sismos se dejaron sentir, una laguna se secó y la temperatura escaló. Todo sucedió en un período de algunos años, muchos para nuestra vida, segundos para la tierra. Por costumbre, por negligencia o por no tener dónde ir, la mayoría de los habitantes de las faldas de El Arenal se quedaron en sus lugares. Pero hubo otro motivo estremecedor. Muchos no sabían que había un volcán. De hecho, lo llamaban Cerro El Arenal. En un documental que se puede ver en YouTube y que se llama “El último día del Cerro Arenal” se hace hincapié en esa situación. Los sobrevivientes que brindan su testimonio, ahora gente entrada en años, dan cuenta de la relación que tenían con la montaña y, entre el terror, presente a pesar del paso de los años, admiten que el no sabían que el volcán era un volcán.

La explosión que llegó puntualmente al alba literalmente destruyó dos poblaciones: Tabacón y Pueblo Nuevo. Nacieron tres nuevos cráteres, murieron 87 personas, víctimas de las nubes de fuego, del bombardeo de bloques candentes a más de 400 grados, de la inhalación de cenizas. Las piedras recorrieron más de 5km a una velocidad de 1350km/h y la comarca se llenó de pozos de hasta 4 metros de profundidad y 25km de diámetro. Como un capricho de la memoria, cerca del lugar hoy la vida sigue y, para algunos, muy bien. Por ejemplo, el Tabacón Thermal Resort y Spa ofrece, por unos cuántos dólares, acceso a más de veinte piscinas de aguas termales en medio de 364 hectáreas de selva tropical. La Fortuna, el pueblo sobreviviente, es un destino turístico calificado justamente por El Arenal, el habitante que más dolores de cabeza le ha traído. La visita a las coladas de lava, esa especie de sendero marcado que deja la lava cuando se solidifica, constituyeron el atractivo mayor aunque ahora no se aprecian tanto, inclusive por la noche, cuando se generaba un efecto lumínico que acaparaba la atención de los forasteros.
Pero además, el entorno es atractivo no solo por el morbo de un volcán siempre a punto de hervir, sino porque, según el lugar desde donde se llegue, el paisaje aumenta su caudal de hermosura. Por ejemplo, para quienes acceden a La Fortuna desde el norte hacia el sur, tendrán el privilegio de un camino angosto de montaña, en medio de la selva tupida, con el lago Arenal como escenografía transparente y la vista del volcán como fondo de pantalla. Las playas que forman las orillas del lago, entre las piedras y la selva, son de tierra colorada, lo que le dan a la zona una fisonomía psicodélica y originalmente atractiva. El volcán adquirió su nombre actual sobre el año 22 del siglo pasado, aun cuando los pobladores primitivos, los malekus, lo apodaban “la boca del diablo”. Antes se llamó Volcán de Costa Rica, Pan de Azúcar o Volcán Pelón. La Fortuna también cambió de nombre. En 1930, cuando se fundó, la bautizaron El Burío. Burío es un árbol bastante común en esta zona, que tiene una corteza interna de una fibra tan poderosa, que es utilizada en la fabricación de cuerdas. Cuando el Volcán arrasó todo pero dejó a La Fortuna en pie, los pobladores pensaron que el nombre que habían elegido cobraba una dimensión mayor.
En realidad, la denominación tuvo que ver con las virtudes de la tierra volcánica. Es especialmente fértil y genera condiciones para que la siembra prospere. No obstante, después del 68, nada fue igual. Por un lado, las secuelas psicológicas de quienes vieron morir incinerados a sus vecinos o familiares; el trauma de pensar que un día al despertar todo puede derrumbarse. Por el otro, la imperiosa necesidad de seguir. Muchos recuerdan que buena parte del ganado, motor dinamizador y signo de la economía local, murió en la estampida. También que hubo que sacrificar muchos animales para prevenir las pestes. Y que para que la derrota no sea a perpetuidad, se aprovechó la ventaja paisajística para tomar un nuevo rumbo. La idea funcionó. Aunque los científicos aseveran que El Arenal se encuentra en una “fase de descanso” desde 2010, el arribo de visitantes es incesante durante todo el año, para caminar hacia el cráter, para flotar en las aguas termales, para descansar en el marco de la parsimonia que ofrece un lugar que no supera las 4mil almas en su casco principal. Es un buen plan, aunque ya no original. Las estadísticas dicen que un millón de personas por año llega hasta aquí para conocer esta historia.
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hola turco, yo escribi algo parecido, se llama "el hombre q no se queria bañar" habla de un viejo hippie olor a culo que desprende olor a mierda por la boca y es alergico a las duchas