América Latina dice y calla
- De Santa Fe A Alaska
- 17 may
- 6 min de lectura

Por Claudio Turco Cherep
La muchacha está sentada en una parada de colectivos a un costado de la ruta, a unos 70 km de Peñas Blancas, uno de los dos pasos fronterizos entre Costa Rica y Nicaragua. Viene de trabajar como vendedora de artesanías en una playa “tica” y va a León, al norte de la capital, a reencontrarse con sus hijas. Lleva lentes oscuros, que casi no le dejan ver un rostro que se adivina típicamente “nica”. El joven que va sentado en un bus de larga distancia tiene un tatuaje en el brazo derecho que dice “made in Cuba”. De allí viene. Es de estatura baja, tiene el cabello corto y relucen sus dientes blancos cuando dice que se tuvo que ir de la isla o que le gustaría estudiar en la Argentina. Viaja por muchas partes, casi en un homenaje a su juventud. La jovencita atiende un bar donde venden ceviche en un barrio de Managua. Tiene la sonrisa a mano y el trabajo también. Lleva y trae cerveza y comida, de la barra a la mesa, todos los días, de lunes a domingo, desde la mitad de la mañana hasta las 9 de la noche, pero aclara que si se queda en su casa se aburre. El señor que camina con unas cuantas bolsas de semillas y granos dice que son para sus gallinas, pero que él es taxista. Enseguida se pone a hablar de política, algo poco frecuente en Centroamérica. Está empapado de la realidad argentina, aunque él es nicaragüense. A poco de conversar despotrica contra Donald Trump y reivindica al Frente Sandinista de su país.
A menudo hemos hablado de lugares, de destinos, de paisajes, de historia. Sin embargo, el camino está hecho de gentes que acercan su tonada, su charla amiga, su dicha, su rabia, su andar, su idiosincracia, su identidad. Cinco meses después de nuestra partida, tomamos ese pulso. Primero que nada, la América latina es migrante. El hecho de irse, de volver, de ir y venir, se da casi naturalmente. Puede ser a buscar mejor suerte a otro pueblo o al país de al lado, según los vaivenes de la economía, del cambio de moneda, de los avatares políticos de uno y otro lugar. Porque esas dinámicas son constantes, la movilidad también. La vida puede ser una escapada o un quedarse para siempre. El norte y su aparato comunicacional que vende bienestar perpetuo hace lo suyo, sobre todo en los más
jóvenes. Desde Colombia, Ecuador o Venezuela, o más acá, en Panamá o la misma Costa Rica, muchos abrazan la idea de que la salvación está en Estados Unidos. Pagan mucho dinero para hacer un recorrido por pasos clandestinos que en la mayoría de los casos, no tienen como última estación el sueño americano, sino más bien una pesadilla. Puede ser que directamente nunca lleguen y que pierdan todo en el intento, puede ser que lleguen pero dejando de lado a los afectos, sobre todo los hijos, que no volverán a ver.
Así le pasa a la mamá de la jovencita del bar. Ella se fue a Miami buscando mejor suerte y no vio más a un crío de unos pocos años y a nuestra mesera, que dice que la extraña y se quisiera ir para allá, no porque no quiera vivir en su país, sino para ver a la madre con la que habla por teléfono todos los días. Y más que nada por su hermanito, que la extraña más que ella. En el caso de la muchacha de la parada del colectivo es distinto. Va a trabajar a Costa Rica desde Nicaragua. Sabe que vendiendo artesanías a los gringos en los balnearios top se gana lo suficiente para estar unos meses haciendo el sacrificio, pero siempre vuelve. No se queja de su suerte, al contrario, dice que le va muy bien y que además duplica sus ingresos porque su marido hace el mismo trabajo. Los meses que se ausentan dejan a las hijas al cuidado de sus abuelos porque “nadie las va a cuidar mejor”. Mientras, en unos pocos años pudieron pagar un crédito para acceder a la vivienda. Apenas se queja de que le hubiera gustado ejercer su profesión, que es la de ingeniera agrónoma. Igual, no se arrepiente del camino que tomó. Dice que los yanquis son capaces de pagar más de cien dólares por una artesanía hecha en madera de guanacaste, en un sitio de millonarios que visitan tipos de la talla del basquetbolista Michael Jordan o el escritor Dan Brown.

La migración genera también relaciones donde se mezclan el amor y los colores de piel de todo el mundo. Casi todos tienen historias de europeos o europeas que se enamoraron de latinos o latinas. Que se quedaron por acá, por Nicaragua o Costa Rica, que se fueron a Europa a la zona nórdica, que se vinieron de Francia o Italia. En muchos casos el matrimonio no continuó, pero el arraigo con el lugar sí. Ese intercambio genera una fusión cultural de destacar. Conviven los caribeños extrovertidos, con el cuero quemado, los pálidos del otro lado del mundo, los chinos o los hindúes que vienen por negocios. Se entremezclan las comidas, los hábitos, los saberes. El joven de los dientes blancos relucientes ahonda en los misterios de esas relaciones humanas. Ya estuvo en Estados Unidos, está en Costa Rica, va a Nicaragua, quiere conocer la Argentina y pretende profundizar en “el estudio de la neurociencia”. Dice que sus amigos cubanos son médicos pero no tienen para comer y no ve con malos ojos una intervención militar a la isla porque “esto tiene que cambiar”. Igualmente, aclara que él viaja porque recibe una pensión, que uno supone que no le alcanza para costearse la diaria, pero sí al menos le da una base para mantenerse haciendo otros trabajos.
Suerte que el taxista que lleva las bolsas de granos no escuchó esa diatriba. Él dice que lo que sucede para mal, sucede digitado por “el Donald Trump”. Dice Trump, así, con la “u”. Nada de citarlo con pronunciación o tonada inglesa. A propósito de tonadas, le pregunto si es diferente el habla de nicaragüenses y costarricenses. Contesta que por supuesto que sí, que esos modos se pueden distinguir fácilmente. No es nuestro caso, que todavía no podemos percibir esas cadencias en el habla. Sin ofender le digo que nos parece que hablan igual. Él se sonríe y quiere seguir una charla más al hueso. Dice que en Nicaragua se gana menos en dólares que en Costa Rica, pero que los más pobres tienen más cobertura, que les pagan la salud, que les pagan la educación, que circular por una ruta solo vale diez centavos de dólar de peaje. Recordamos que una señora, cerca de La Fortuna, nos había dicho algo así, que se tenía que operar de la rodilla pero que eso en Costa Rica era impagable. Y que te operabas si tenías el dinero, o te morías y ya. El taxista se tiene que ir. Aborda un colectivo, casi colgado de la baranda de la puerta de acceso deja el último apotegma. “Si van a México tengan cuidado. Se les acercan mansitos pero terminan robándoles”.
México es una lejanía todavía para nosotros. Paso a paso. Ahora viene la frontera de Nicaragua, el octavo país camino a al círculo polar ártico. Ordenamos algunos recuerdos y charlas con otras personas del derrotero. Aquel taxista en Panamá que decía que los panameños son todos vagos, que no quieren trabajar. Una melodía oída a menudo de boca de sus colegas argentinos. Aquella imprentera de Pasto, en Colombia, que nunca había ido más allá de su provincia y que quería viajar. Aquel ecuatoriano que, por estas cosas del ir y venir, pasó 16 años sin ver a su hija que se fue a España. Avanzamos y también soñamos. Queremos llegar a Alaska. En todo caso, tenemos una certeza y es que vamos a volver. Siquiera sabemos si vamos a llegar, pero sí que vamos a volver. La sensación del termómetro callejero centroamericano es que hay menos cuestiones definitivas. La casa, el trabajo, esa concepción que también en Argentina está en tensión, no es nada a lo que aferrarse. La seguridad, tan presente en los discursos vacíos de la TV, también aflora. La muchacha que vende artesanías dice que aunque digan que no, Nicaragua es seguro, no como en Costa Rica, donde ayer mismo mataron a un amigo de ella, un muchacho que vendía en la playa. El hombre que advierte a los mexicanos ya dejó en claro “que en Nica no va a haber problemas”. La jovencita del bar no está en tema. El cubano solo sonríe con sus dientes blancos.





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