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El infierno está encantador

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 23 may
  • 5 min de lectura
Gases de Azufre en el cráter del volcán Masaya (foto de Ximena Frois)
Gases de Azufre en el cráter del volcán Masaya (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


Si no fuera este tiempo del conocimiento, de la tecnología, de la inteligencia artificial, parado ahí mismo, frente al muy activo cráter del volcán Masaya yo hubiera pensado lo mismo que el fraile Bobadilla. Entre el humo del gas de dióxido de azufre que se dispersa en una fumata constante y persistente, se puede ver la réplica de la cruz que el religioso -allá por 1529-  plantó en las alturas para exorcizar al diablo. Antes de la llegada española los chorotegas hacían ofrendas -incluso humanas- a Chaciutique, la Diosa del Fuego, para que cesara su ira, para que dejara de bramar, para que hiciera llover. Nativos y forasteros temieron y respetaron por igual a éste, uno de los volcanes más fáciles de acceder en el mundo. Masaya se encuentra a poco más de 600 metros sobre el nivel del mar y un camino pavimentado te lleva hasta la Boca del Infierno, que así fue llamado y que así parece, sobre todo cuando a la noche, la lava incandescente brinda un espectáculo rojizo, fluorescente, una experiencia única que se puede apreciar asomando el cuerpo por uno de los miradores del complejo que forma parte del Parque Nacional Masaya, cerca de Managua, en Nicaragua, país de lagos y volcanes.

 

La experiencia de ver un volcán casi desde adentro es conmocionante y única. Para acceder al predio se llega por un camino breve que parece estar hecho de paredes verdes, por la flora frondosa que invade el recorrido hasta el museo vulcanológico del sitio. Allí hay idóneos que explican lo que no tiene explicación. Uno puede tener la idea del volcán cónico y elevado, casi como un dibujo, a la manera de nuestro Lanín. Se puede imaginar una escalada fenomenal para la que seguramente no estemos físicamente aptos. Sin embargo, como Nicaragua es un país geológicamente joven, estos monstruos en constante movimiento todavía no se han levantado lo suficiente. Por eso están ahí nomás, a la vista y admiración de todo el mundo. Y todo el mundo, es todo el mundo. En el museo hay contingentes españoles, franceses, daneses. También hay nicas que han venido muchas veces pero no se cansan de venir, porque todos los días, según como esté el cielo, según los designios de Chaciutique, el volcán ofrece un espectáculo diferente. Como Masaya está a unos 200 metros sobre el nivel del mar, y ya dijimos que el volcán está apenas encima de los 600, la altura que debemos salvar es de unos 400 metros. Hay quienes van caminando, por senderos de lava, bordeando otro cráter que ahora está inactivo y poblado de vegetación. Y habemos nosotros, que vamos en vehículo.


Turistas en el mirador de la "puerta del infierno" (foto de Ximena Frois)
Turistas en el mirador de la "puerta del infierno" (foto de Ximena Frois)

 

Lo primero que se le ocurre a uno cuando se pone frente a frente con la mole de piedra es que podría arder de un momento a otro. Buscando épica o por miedo mismo, la sensación está. Una erupción histórica que sepultó de lava cuanto encontró alrededor fue la de 1772. Pero nuestra edad, nuestros tiempos, son insignificantes para la edad y los tiempos de este coloso al que los pobladores ancestrales llamaron Popogatepe. 400 años puede ser un segundo para la furia de la tierra. Por eso el volcán está permanentemente monitoreado por organismos pertinentes y lo único que se aparece como no natural en el horizonte, es un conjunto de cámaras bien elevadas que pasan información sobre la actividad del Masaya. Si algún indicador se modifica por fuera de los parámetros que se consideran normales, se cierran las puertas al público para evitar cualquier desgracia. Semejante magnificencia genera todo tipo de leyendas. Para erupción de 1772, en el pueblo vecino de Nindirí sacaron una imagen del Señor de los Milagros en procesión para implorar un basta de fuego. La tradición dice que al Cristo se le desprendió el brazo derecho y se cayó al piso. Y que la lava se detuvo justo ahí, en forma milagrosa.

 

La sensación de mirar entre los gases provoca un efecto de ajenidad con el tiempo como cuando observamos el mar. Los minutos, las horas, transcurren imperceptibles, como fuera de nuestro eje. El avistaje es también bastante solitario, porque el ingreso es en grupos pequeños y al sonido ambiente solo lo ponen los “chocoyos”, una colonia de loros que pernocta sobre las paredes volcánicas y que la ciencia estudia cómo han hecho semejante adaptación. Hay que esperar que caiga el sol detrás del cerro para tener las mejores vistas y los chocoyos avisan. Regresan en bandada hacia su descanso, se mezclan entre el humo de azufre con un griterío estruendoso y luego cesan para acompañar la calma del entorno. La operación se repite cada día a la misma hora. Nosotros estiramos el cuello a más no poder, como si pudiéramos meternos en la garganta de lava y salir indemnes. Los gases circulan a antojo del viento, dejando ver muchas veces el fondo del cráter Santiago, 400 metros más abajo, sobre un ancho de otros 500 metros. Y con la caída total del sol, la incandescencia hace que el rojo empiece a ganarle a los grises y los sentidos explotan.


Lava incandescente nítida al anocher
Lava incandescente nítida al anocher

 

En eso de tratar de albergarlo todo, muchos nombran al español Dionisio Martínez Sanz, que a fines del siglo XIX construyó una escalera de 800 peldaños y bajó hasta las profundidades para plantar una bandera de Nicaragua. Y más acá en el tiempo, en 2020, al acróbata estadounidense Nik Wallenda, que se tomó media hora para cruzar el lago de lava sobre una cuerda de acero cuyos vestigios aún se dejan ver en la cercanía. Dijo que fue su prueba más difícil. Y le creemos. Es que el volcán genera una relación mística con quienes acceden a él y más con quienes tienen cotidianeidad. El personal del Parque coincide en que todos los días se puede ver algo diferente, por lo que la rutina no es un lugar posible para quienes trabajan allí. De lo que nos tocó ver a nosotros, no es tan sencillo explicarlo con palabras. La noche se presentó sin nubes y la luna en cuarto menguante, el espesor de los gases, el rojo encendido emergiendo debajo de la tierra, las sombras fantasmales entre la vegetación, la pequeñez de nuestra existencia, se presentaron en una confluencia de sensaciones que, aún cuando nos falta para llegar a Alaska, se anotarán como imposibles de volver a vivir.


Agradecemos para la producción de esta nota al INTUR NICARAGUA y a su personal.



 
 
 

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