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La risa burlona de "El Güegüense"

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
31 may
5 min de lectura
El Gigante y el Viejo, personajes de El Güegüense (foto de Ximena Frois)
El Gigante y el Viejo, personajes de El Güegüense (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


La máxima expresión de la cultura popular de Nicaragua quizás sea El Güegüense. A simple vista es una sátira dramática que se representa eternamente desde los tiempos de la colonia. En la profundidad del fenómeno cultural, es la huella digital de los “nica”, la vena por la que circula la sangre que ligó a los originarios con los españoles hasta el mestizaje de nuestros días. Aunque el epicentro de la celebración está dado en la ciudad de Diriamba, a 40 kilómetros de la capital, entre el 17 y el 27 de enero, andando por el país se podría afirmar que El Güegüense es una presencia permanente en todos los rincones, donde ofrecen sus imágenes en forma de souvenir, se hacen talleres para enseñar a tallar las máscaras de los protagonistas, se observa su historia en museos y hasta tiene un monumento en una rotonda de la mismísima Managua. Además, en escuelas y universidades, es parte del plan de estudios, sea en historia, en arte o literatura.  El peso de este clásico no es solamente un “fenómeno barrial”. Veamos entonces de qué se trata este símbolo que para la Unesco es “Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad”.

 

El Güegüense es primero que nada una burla del pueblo a las autoridades. Así nació a principios del siglo XVIII, en un día no precisado pero con la certeza de que es una de las representaciones más antiguas del hemisferio occidental. La expresión a la usanza del teatro popular y callejero se manifestaba en la calle y dejaba en claro la resistencia de la comunidad para ceder ante imposiciones de las autoridades virreinales. Se cree que estaba escrita un poco en náhuatl y otro poco en español, expresando desde su punto de partida la fusión de época. Las máscaras que abundan en los puestos de artesanías de todo el país son los personajes de la sátira. Los principales son el propio Güegüense y el Macho Ratón. Ellos expresan en tono irónico la resistencia cultural y la creatividad de un pueblo que se las rebusca, a través de ardides algo taimados, para eludir la presión de las autoridades y del fisco. Güegüense quiere decir viejo. El protagonista es justamente un viejo, un cualquiera, un don nadie, que solamente con su astucia es capaz de engañar al gobernador. Un Viejo Vizcacha que, en el escenario de la calle, hace lo que la comunidad no puede o no se anima.

 

Macho Ratón es el amigo del personaje central. Conforman la dupla de temer para los que mandan. Crean ardides pero no usan la fuerza bruta.  En la obra no faltan el gobernador Tastuanes, que es la autoridad burlada, Forcio y Ambrosio, que son los hijos jóvenes y mestizos del Güegüense y soldados y alguaciles, que van a lidiar con el evasor. También está doña Suche Malinche, que es la mujer de la obra junto a otras dos damas que la acompañan. A pesar de la persecución constante, siempre con chamuyo, nunca con violencia, el hombre burla una y otra vez a sus perseguidores. Los persuade, los convence de que él no tiene todo el dinero que creen que tiene y paga menos impuestos. Pero en el fondo, este hombre expresa a un pueblo que no es que no quiera pagar, sino que tiene hambre y tiene otras prioridades. El Güegüense no ofende al español, sino que toma su idioma, asume que el pueblo va a convivir con ese sincretismo y lo coloca en el plano de icono de la resistencia, como una suerte de murga carnavalera prohibida. Solo que las autoridades no lo prohiben, aunque ha sido concebido para mofarse de la autoridad, aunque haya sido retobado desde la cuna.  


Celebración de El Güegüense en Diriamba (foto gentileza Intur)
Celebración de El Güegüense en Diriamba (foto gentileza Intur)

 

Sobre los orígenes de El Güegüense hay tres manuscritos bien guardados que pudieron ser la letra inicial. El primero, que se guarda en la Universidad de Tulane y se data de 1872, ha sido motivo de estudio de investigadores europeos que fueron al rescate de literaturas orales indígenas; el segundo ni siquiera lleva el nombre del Güegüense. Se titula  “Original del baile del Macho Ratón” y fue traducido por un entólogo en los primeros años del Siglo XX, que consiguió guardarlo en un lugar nada cerca de Nicaragua. Está en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de Berlín, como prueba también de la trascendencia que la academia le dio al símbolo cultural nicaragüense. El último, que fue hallado en la localidad de Catarina, cerca de Managua, quizás sea el primero. Se cree que es más antiguo que los anteriores pero no tiene fecha precisa. El anonimato y estos estudios también contribuyen al mito. Al no haber certezas absolutas en torno a su creador, al haber diferencias en cuanto a su texto original, a su música, se estimula el decir de boca en boca, la tradición oral modifica pequeños detalles y la leyenda se agiganta en cada representación.

 

Como El Güegüense es la obra total, además de la letra, la música, la danza, también destacan los trajes y las máscaras del elenco, que se ofrecen en todos los rincones. Lo primero que recibimos al llegar a Nicaragua fueron justamente muñecos artesanales de los personajes de la obra. En adelante, los vimos por todas partes. Casi que nos aprendimos esos rostros exagerados, caricaturizados. Los españoles casi siempre con ojos saltones y claros, la piel más pálida, serios. Los locales más tostados, con bigotes fino y caras socarronas. En esa caripelas que son un exabrupto también se puede adivinar el argumento. El Güegüense tiene cara de que se está burlando de los españoles pero tiene un sombrero bien español. Se viste un poco como ellos. El escribano tiene pinta de garca por donde se lo mire. Los mestizos están serios como si no hubiera tanto motivo para reírse y tampoco faltan las representaciones de animales, sobre todo el caballo, que no se salva de la burla y tiene una carota larga con orejas más grandes que las habituales.

 

Cada año, las calles de varios pueblos de la provincia de Carazo se pueblan con estas máscaras portadas por una multitud y se celebra a San Sebastián, porque ya hemos dicho que esto es un sincretismo. De hecho, mucha gente que se suma lo hace como promesante. Le han pedido cosas a San Sebastián que él ha concedido y se lo van a devolver este día, a través del baile, del disfraz, de la representación popular. Pero a pesar de la masividad, no toda la biblioteca está a favor de la expresión. En la argumentación de Unesco para considerarlo patrimonio cultural de la humanidad se expresa que “el personaje se presenta como colaborador para socavar la autoridad colonial”. O sea, no se rebela de frente sino solapadamente. Algunos autores consideran que la sumisión aparente no es aparente sino que solamente es sumisión. Y que bajo ese ala no se puede forjar una identidad nacional. Para el diario digital “El 19”, la cosa es más sencilla. “En la lógica de la sátira, rebajar la dignidad del dominador es atacar el corazón del colonialismo, que vive de la solemnidad, del miedo y del gesto de superioridad”.  



 
 
 

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