Guayasamín o la pintura con grito de metralla
- De Santa Fe A Alaska
- hace 5 días
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Por Claudio Turco Cherep
A menos que sea en una película, no se vos, pero yo jamás he visto un niño muerto. En 1932 los liberales y los conservadores ecuatorianos fueron a una guerra civil y militar que duró cuatro días. Cuando terminó el conflicto, mientras juntaban y enterraban dos mil cadáveres, dijeron que no hubo “ni vencedores ni vencidos”. Oswaldo Guayasamín sí que vio. No uno, sino varios niños muertos. Testigo de aquellos días, caminando por el Cementerio de San Vicente, vio una pila de cuerpos inertes. Uno de esos era el de un pibe que se llamaba Manjarrés, que era su amigo y con el que ya no iba a salir de aventuras por los parques, a buscar paisajes para dibujar, a andar con la irresponsabilidad y la complicidad de los 13 años.
Todavía no llegamos a la Casa Museo de Guayasamín. Bajo los eucaliptos del parque Guangüiltagua, que se zarandean cerca del cielo formando un techo verde, ese cuadro se me aparece fantasmal por las hendijas que dejan las hojas para que pase la claridad. Ese cuadro y no otro. El de “Los niños muertos”. Cuerpos sin futuro, cuerpos amontonados como bolsas de papas, cuerpos mestizos, morenos, indios, cuerpos apagados por balas, cuerpos flacos, cuerpos como el de Manjarrés, que parecen pintados con pinceles o paletas hábiles, con boceto de lápiz de grafito como cualquiera haría. Pero no. Están pintados por Guayasamín. Y Guayasamín no pinta con esas cosas. Nada de pincel, paleta, lápiz. No señor. Guayasamín pinta con las tripas.
Todos los recuerdos de la infancia de Guasayamín son tristes y amargos, escribe la buena pluma de Jorge Montero. Los azotes y el rechazo a que estudiara del padre, la miseria, la relación con un país conflictivo que generaba rechazo a los orígenes de un hombre como este Oswaldo, primer hijo de diez, de un indio y de una mestiza. Aquel incipiente y ya descollante pintor todavía no podía tener la casa que se aparece delante nuestro en la zona de Bella Vista, desde donde Quito se ve allá abajo, y donde la Fundación que él mismo creó vela por su obra. Eso vino después, cuando ya consagrado, vitoreado desde Estados Unidos hasta la Argentina, ordenó el dolor.
Huacayñán, “el camino del llanto”, son 103 cuadros de su recorrido por Latinoamérica. En esos andares donde se codeó con Orozco, García Márquez, Rigoberta Menchú, Pablo Neruda, la Negra Sosa y hasta un Fidel Castro que posó para él como no lo había hecho jamás para nadie, miró, pintó y vivió la hermandad de la América morena que lo parió. En la Edad de la Ira, denunció la violencia y la injusticia social, con esos personajes estirados que son una marca. Y en la Edad de la Ternura, “mientras viva siempre te recuerdo”, en el ápice de su carrera, dedica sus colores a su madre. Todas las marcas de su cuerpo y todas las arrugas de su edad parecen habitar su trabajo.

Por la loma ya se divisa la casa. Guayasamín está enterrado ahí, pero no hace falta ir a encontrarlo en su tumba. En las galerías de las escuelas, en las paredes de los cualquiera, en otros museos de todo el país, en los cuartos de los hoteles, en los locales de artesanías, en las paredes frías de los bancos, en los murales de los aprendices, en los tatuajes de lo más jóvenes, en las carrocerías de los colectivos, en las salas de espera de las oficinas, todos tiene una réplica de algún Guayasamín a gusto. Sus trabajos originales están en este caserón inmenso y amurallado en su contorno, pero el apoderamiento de su obra que ha hecho el pueblo ecuatoriano, es un hecho contundente.
Frente a la obra de Guayasamín, uno siente que está frente a la historia de los pueblos del sur y sus hombres, pero también sobre su propia historia. La de aquel pibe que vendía por unos pocos sucres sus primeros trabajos para parar la olla en la casa, la de aquel joven que a poco de graduarse en la escuela de Bellas Artes se mimetizó con su ciudad y con su gente, la del muchacho que deslumbró en el norte a Rockefeller, la del mestizo que jamás traicionó su extracción y denunció en la tela los padecimientos de los de su clase, la del viajero que recogió testimonios de víctimas de la Guerra Civil española o del nazismo. Nada en Guayasamín no habla de él, siendo que siempre está hablando de todos nosotros.
En la Capilla del Hombre, en la casa museo, se pueden ver los pómulos tiesos, los rostros agobiados, los pliegues de los cuerpos de los hombres que tallaron el continente con su sangre. Cuando mataron a Manjarrés, cuando a Guayasamín le tocó ver a un niño muerto, dejó de creer en Dios. Pero algo de divino e inexplicable hay en la obra de este apóstol para predicar el dolor en un lienzo, no elegido por ningún Jesús, sino coronado por su pueblo. Pueblo para quien se entregó como él mismo lo supo decir mejor que nadie: “Por los niños que cogió la muerte jugando, por los hombres que desfallecieron trabajando, por los pobres que fracasaron amando, pintaré con grito de metralla, con potencia de rayo y con furia de batalla”.
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