top of page
Buscar

Sediciosa, conjurada y audaz

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 15 feb
  • 4 Min. de lectura

 


Por Claudio Turco Cherep



Todas las mujeres quiteñas crecidas estaban casadas, vivían con sus maridos y tenían varios hijos allá por los años 1800, en la capital de la Real Audiencia de Quito. Todas menos una. A sus 28, Manuela Cañizares y Alvarez era soltera, no se le había dado por tener descendencia y vivía sola acá en esta casa, pegada a la fastuosa iglesia de El Sagrario. En la puerta hay unas mesas techadas con sombrillas verdes y macetas con cola de tigre, donde conversan ruidosos varios clientes del restaurante que es hoy el lugar desde donde ella se proyectó a la infinitud.

 

El casco antiguo se mueve al ritmo de los 2.800 metros de altura. En la esquina más cercana se ve el Palacio presidencial de Carondelet y en la otra se ve el frente del Banco Central. Sobran los motivos para que la calle García Moreno, la de “las 7 cruces”,  esté concurrida. Muchos laburantes informales venden su ilusión sobre el empedrado. Estampitas, santos, café, medicamentos, refrescos y comida, mucha comida, se ofrece casi como un ruego a los peatones que la mayoría de las veces aceptan, porque mucho de la vida aquí sucede en la vía pública.

 

El tiempo, ese que nos cerca y nos apura, nos envuelve y nos condiciona, ahora es un juguete nuestro. Los edificios intactos nos permiten suponer que aquellos días quedan a un suspiro de la historia. Napoleón entra a España. Un muchacho pasa con paso raudo de delivery de aplicación. Los patriotas quiteños se envalentonan. Una turista se saca fotos a la vuelta, en el pórtico de la Catedral. Manuela Cañizares también juega con el tiempo. Lo maneja a antojo. Dice cuándo es el día. Y no admite que la contradigan.

 

Para la alta sociedad ella es “saloniere”, una dama ilustrada que, como consecuencia de su condición, puede organizar veladas sociales, actos culturales o artísticos. Y también puede utilizar la confianza que le depositan para organizar reuniones revolucionarias, aunque en la Iglesia de al lado y en ninguna otra se lo perdonen. Esta noche del 9 de agosto de 1809, 39 caballeros sedientos de independencia tocaron la aldaba del caserón de dos plantas, con balcones de baranda de hierros ostensibles que todavía perduran.

 

¿Habrá sido este patio en el que nuestras zapatillas se hunden en la memoria el que sentó a Juan de Dios Morales, a Manuel de Rodríguez Quiroga, a tantos de aquellos jóvenes que hoy son nombres de calles? ¿Habrá sido allá arriba, en los salones amplios o aquí abajo, en las galerías que sostienen los balcones interiores? Lo que es seguro es que sus pocos biógrafos sitúan a Manuela cerca de la puerta, para que nadie que tenga dudas se quiera ir. Y para los flojos de temple, una frase célebre: "Cobardes...! Hombres de poca fe, nacidos para la servidumbre... ¿De qué tenéis miedo? ¡No hay tiempo que perder!


 

En la mañana del 10 de agosto, azuzados por la heroína, los muchachos no se echaron atrás. Se plantaron ahí nomás, en la Plaza Mayor, y lo echaron a Manuel Ruiz Urriés de Castilla, el presidente de la Real Audiencia de Quito. Enseguida conformaron una Junta Soberana y designaron a Juan Pío Montúfar como presidente. El mencionado, nos espera a la vuelta, en otra calle con su nombre. Fue uno de los gritos de libertad más tempraneros del continente. Por entonces, Bolívar era un joven que, recién regresado de Europa, se sumaba a la Sociedad Patriótica de Caracas.

 

El devenir del levantamiento, como suele suceder, no fue el esperado. Pero en esta crónica, esto no es lo importante. Sacerdotes de la congregación de los mercedarios, con apego a la delación, denunciaron, retuvieron y entregaron a los patriotas a las garras de los realistas. Entre ellos, Fray José de Arízaga tuvo la intuición de sospechar de Manuela. Dejó escrito en una carta enviada a otro fraile, Antonio Calderón, que Manuela Cañizares y Alvarez era “una mujer sediciosa, conjurada y audaz”. Algo de razón tenía.

 

Por estas calles quiteñas también se desató la masacre. Los godos mataron a todos los que imaginaron a Ecuador libre. Para lo que era la población de antaño, constituyó una aniquilación de alto porcentaje. Lo hicieron, para escarmiento, a la vista de los que quedaron con vida, en lugares públicos, emblemáticos, como esta calle que nos mira, como la plaza principal, ahí en la esquina, como las adyacencias de la catedral. Entre quienes vieron la cacería, se encontraba otra Manuela, adolescente, que no miraría en vano: Manuela Sáenz.

 

Sobre el final de Manuela, la Cañizares,  hay algunas versiones que generalmente no coinciden la una con la otra. Se sabe que murió el 15 de diciembre de 1814, 8 años antes de que Ecuador declarara su Independencia definitiva del yugo español. Sus restos descansan en el cementerio de El Tejar. Para algunos su muerte se produjo mientras se refugiaba en el convento de Santa Clara, donde la protegían de las persecuciones políticas. Para otros, falleció escondida en el Valle de Chillos, al sur de Quito. Salgo del caserón, tomo la calle García Moreno hacia abajo y en esto de torcer el tiempo, de ponerlo de mi lado, de jugar con él, pienso que si no se sabe cómo murió, es porque vive.



PD. Este trabajo se sostiene con nuestros sponsor y nuestra férrea voluntad. Si querés colaborar con el proyecto, podés hacerte suscriptor/a de nuestros contenidos con un aporte mínimo de 5 mil pesos mensuales. Si estás interesado en apadrinar el proyecto, comunicate con nosotros

 
 
 

Comentarios


bottom of page