Retobados, cimarrones y palenqueros (Parte 1)
- De Santa Fe A Alaska
- hace 5 días
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Por Claudio Turco Cherep
Este jueves santo emprendimos viaje a San Basilio del Palenque, a unos 60 kilómetros de Cartagena. Habíamos visto superficialmente algunos de los títulos del lugar, como “primer pueblo libre de América”, “patrimonio cultural inmaterial de la humanidad” o “único en el que se habla la lengua palenquera”, pero lo que nos terminó por decidir fue una charla breve que tuvimos con Alicia, una mujer afrocolombiana con la que nos cruzamos en el centro, dentro de las murallas de la ciudad, en el marco de una feria gastronómica. Estaba ataviada con un vestido largo, con los colores de Colombia y un pañuelo azul en la cabeza, donde es común que lleven en una suerte de bandeja, los dulces que producen y venden, con recetas ancestrales. Además de contarnos sobre su trabajo, nos dio una clase breve de la historia de sus orígenes y de su tierra. Era seria y decidida al hablar y solo sonrió cuando fue necesario y con lo justo.
Una distancia breve en estos pagos no significa llegar rápido. De modo que nos levantamos al amanecer y elegimos viajar a través de las distintas facetas que ofrece el transporte local, para evitar manejar en medio del caos y el calor, que siempre en el Caribe pelean por ser uno mayor que el otro. La terminal de colectivos que debíamos abordar queda lejos del sitio en el que nos alojamos. Entonces, el primer tramo lo hicimos en un “taxi compartido”. En una esquina cualquiera uno puede acordar compartir los gastos con pasajeros de ocasión. Bajo esa modalidad hicimos el primer trayecto hacia el centro de Cartagena, en un vehículo de alquiler también ocasional, porque no tenía los colores oficiales y andaba flojo de papeles, de chapa y de pintura. De ahí tomamos el Metro, un sistema más veloz y moderno, a carril único una parte, a como se pueda en otras, hasta la terminal, para poder abordar “la chiva” que cubre el trayecto Cartagena-Palenque, a la que todavía le faltaba una hora para la partida. En ese sentido también hay que ser cauteloso. Por estos lares, una hora pueden ser 40 minutos u 80, lo mismo da.
Nuestra primera inquietud fue saber si íbamos poder subir a “Toto”, nuestro perro viajero, con nosotros, sin someternos a los pedidos formales de papeles, guacal y datos biométricos de la mascota. Una vez que subimos nos sacamos la duda sin pasar por ninguna oficina, ya que había entre el pasaje un gallo bastante jetón que seguramente no pasaba los requisitos del Senasa local. Lo más aconsejable es subir al micro y tomar asiento, aún cuando falte mucho para salir. Primero porque viajar parado puede ser tortuoso, segundo por el horario de partida es difuso. Al rato, todas las ventanillas de nuestro colorido transporte estaban abiertas y todos los asientos ocupados. Entre el equipaje, en el que es frecuente siempre la comida, además de bolsos gigantes o valijas, los vendedores ambulantes se hacían lugar para ofrecer galletas de coco y limón cocidas a leña, dulces y bebidas. Más allá de la condición de interurbano, el chofer paraba amablemente donde se lo reclamaran, por lo que, a poco de abandonar la estación, el pasillo se abarrotó, ya no solo de maletas, sino de muchos otros viajeros que hacían tramos breves.

Con la música fuerte, con las conversaciones fluidas, con los sabores impregnados, condimentos que jamás faltan en Colombia, empezamos a surcar la ruta. Ya habían pasado cuatro horas desde que iniciamos la travesía. Los nombres de los pueblos, siempre con letras corpóreas coloridas, el verde abrumador de la comarca, el sol hiriente, la sofocación, se aparecían a cada paso casi como una alucinación, sufrida y a la vez hermosa. Turbaco, Arjona (con perdón a los amantes de la música), La Ceibita, Sincerín, Malagana, son denominaciones literarias. La ampulosidad gestual de nuestros compañeros de viaje, también. En cada parada, en poblaciones tan pequeñas, el colectivo ingresaba por una calle del caserío, pero para poder retomar la ruta debía hacerlo marcha atrás, porque no había espacio suficiente para doblar. Entonces los parroquianos dejaban por unos minutos la cerveza que estaban desayunando en los boliches, y desordenada pero sincronizadamente, con señas exageradas y a los gritos guiaban a nuestro chofer para que retome el camino.
El andar en la ruta no tiene sosiego. La única certeza es que algo siempre se va a cruzar. Puede ser un jeep desvencijado que se usa como trasporte público y que se decide a pasar a otro carro aún con las líneas amarillas que lo prohiben, puede que las líneas amarillas no estén, puede ser un perro desgarbado y desganado, puede ser un chiquilín en bicicleta, puede ser un grupo de personas que esperan para subir, puede ser una moto piloteado por un autopercibido corredor de rally, puede ser un cebú, puede ser un burro, puede ser un control policial o puede ser todo eso junto en ese orden. Más que del conductor, se depende un poco de la paciencia, mucho de la providencia. En algunos tramos es conveniente mirar por la ventana, de costado, lo más lejos posible hacia el horizonte; en otros se puede fijar la vista bien cerca, sobre el cobertor del asiento de adelante, como en un punto ciego donde uno pueda imaginarse cosas bellas a la espera de un impacto que puede llegar en cualquier momento; o tal vez convenga entrecerrar los ojos y suponer que el sueño será feliz. Igualmente, son preocupaciones de forasteros inexpertos, porque los demás viajan con una naturalidad que, lamentablemente, no es contagiosa.
Unos kilómetros más adelante, mientras Toto transpiraba sus lanas rubias sobre el regazo de Ximena, que a su vez empapaba el tapizado engrasado del asiento, yo intentaba estirar las piernas hacia el pasillo. Fue en ese momento que una señal del chofer me sorprendió haciendo equilibrio para no pisar un bolso con sancocho humeante ni a un mocoso de motas que no paraba de sonreír. Tocó bocina y aminoró la marcha, para doblar hacia un camino angosto, asfaltado pero poceado, en medio de una maraña de árboles tupidos y un racimo de motos que también hacían sonar sus bocinas como un coro de chicharras anunciando un día caluroso. Ahí apareció el asistente del chófer, un muchacho que ordena lo que puede al pasaje, interviene si hay una disputa por asientos, viaja al lado de la puerta de atrás que va abierta, con medio cuerpo afuera haciendo de vigía por si alguien quiere subir o bajar del bus y también cobra. Porque el boleto no se adquiere en boletería, sino que se paga en el camino. Y muchas veces se paga según la cara del cliente, que puede elegir entre pagar lo que le digan o quedarse en el medio de la ruta. Nosotros ya habíamos visto los carteles viales, en medio de bañados, con dibujos de caimanes y osos hormigueros, por lo que ya habíamos tomado la decisión valiente de pagar lo que nos quisieran cobrar. Y el precio fue justo.
Unos minutos después, estábamos entrando a San Basilio del Palenque. Entre el contraste de la oscuridad del micro y el brillo de la claridad contundente del exterior, al principio de deshidratación le agregamos una ceguera momentánea que nos transportó a otro plano. La primera imagen nítida que recuperé es la del Cementerio, que está cerca de la entrada, con un abanico de flores de colores diversos. Después, la de los murales con los que cuentan su historia. Habían pasado más de cinco horas desde el amanecer, cuando abordamos el “taxi compartido”. Ahora verán que valió la pena llegar para comprobar todo lo que nos había dicho Alicia en la feria de dulces de Cartagena. Pueblo libre y peleador, pueblo de cimarrones, de mujeres dulceras, creador de su propia lengua y de sus propias reglas. Pueblo con orgullo de la negritud y con pertenencia. Si quieren conocer en detalle lo que vive y siente el lugar, lo mejor es que les presente a Danilo. Eso haremos si siguen leyendo.
Bajó Ximena, bajé yo, bajó Toto, que alcanzó a mirarse de modo desafiante con el gallo cocorito que iba en el asiento de atrás. Le advertí que este también es el pueblo del gran campeón mundial de boxeo Kid Pambelé. Toto enseguida entendió todo y dirigió la mirada al piso.
(ver la Parte 2 en esta misma web) https://www.desantafeaalaska.com/post/retobados-cimarrones-y-palenqueros-parte-2)




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