top of page
Buscar

Retobados, cimarrones y palenqueros (Parte 3)

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • hace 6 días
  • 5 Min. de lectura

 


Por Claudio Turco Cherep


Relativamente cerca de aquí, en la ciudad de Panamá, el 28 de octubre de 1872 Antonio “Kid Pambelé” Cervantes noqueó en el décimo round al local Antonio “Pepermint” Frazer y se consagró campeón mundial welter junior. Cuando regresó a Colombia, como también fue el primer campeón mundial colombiano, fue recibido como un héroe, no solo por su país, sino también por el presidente Misael Pastrana. El entonces líder del Partido Conservador le dijo a Pambelé que le pidiera lo que quisiese. Entonces el campeón lo miró y le dijo que no quería nada para él, que en todo caso le llevara la luz eléctrica a su pueblo. Más allá de que se fue de muy pequeño, Antonio Cervantes no se olvidó nunca que había nacido en Palenque ni que tenía en sus venas sangre de esclavos cimarrones. Acá estamos con Carlos, frente a otro monumento del poblado: el que recuerda a Kid Pambelé, que ahora está viejo y enfermo viviendo en Turbaco, pero que acá desde los más pibes a los más viejos saben que el día que se coronó ante Frazer, todo el mundo estuvo dos días enteros de farra, sin dormir, porque en los puños de Kid, veían una manera de devolver cada golpe que la esclavitud le había infligido a este pueblo.

 

Juan no había nacido cuando Kid se metió en la historia. Le contaron y cuenta que, cuando pusieron la electricidad, el púgil regaló al pueblo un televisor de los más grandes que había en la época para que pudieran ver sus combates. Dice además que aquí hay escuela primaria y secundaria, que si después alguien quiere y puede ir a la universidad, deberá marcharse a Cartagena o a Barranquilla. Lo bueno es que, como principio básico de la educación, ya le han enseñado la memoria. Una de las conquistas que Palenque grita como si se tratara de un triunfo de Pambelé, es la “etnoeducación”. “Es un sistema educativo que va de acuerdo con nuestro propio modelo cultural”, dicen. Además, resaltan que es acá y no en otra parte donde impera esta forma, que entienden como “un pilar fundamental porque protege nuestros derechos culturales”. Si uno le pregunta a un palanquero cómo es que han conseguido que el estado atienda esta demanda de la comunidad, la respuesta es sencilla y bien autóctona: peleando.

 

En una esquina frente al centro comunitario, donde está guardada una ambulancia flamante, Juan se detiene delante de una pared que reivindica la lengua del pueblo, toda otra novedad, toda otra conquista. Hay vocablos en lengua palenquera que Juan va a traducir, pero que seguramente podrían hacerlo muchos vecinos. En diagonal, a un costado del monumento a Benkos Biohó, los productos artesanales en venta, también refrendan la identidad. Las remeras, más que dibujos tienen consignas. La preservación de la lengua palenquera es un desafío de cada día. Ya nos había dicho Danilo Cáceres que “la lengua palenquera es un tesoro de incalculable valor para Colombia, América y el mundo, porque no es fácil convivir con una lengua tan antigua como la lengua palenquera”.  Pues bien, no es que todos los palenqueros dominen la lengua palenquera o que la hablen en la calle todo el tiempo. Pero sí que todos la conocen, todos la entienden y, desde no hace tanto, todos la aprenden en las escuelas.

 


El idioma no se constituyó exactamente en África, sino que es un fenómeno auténticamente local, que toma modismos y términos de todas las lenguas en las que abrevaron, por tradición o por la fuerza, los habitantes de la zona. Los raptores de esclavos eran los portugueses, y la lengua palenquera tiene referencias familiares al portugués. Los compradores de carne humana para explotación eran españoles, y la lengua palenquera está influida por el español. Y hay dos fuentes que constituyen un marco filial ancestral que los llena de orgullo. Son el kikondo y el kimbundú, lenguas africanas de los pueblos bantúes, de donde fueron secuestrados los antepasados de esta gente que nos acompaña por estas calles calientes. “Es una lengua nueva que se generó, con toda su estructura gramatical, todos sus fonemas y archifonemas, insertada en la comunidad, pero también en la escuela”, cuentan. Es, a su vez, la única lengua criolla de base española en América Latina a la que la Unesco  declaró patrimonio inmaterial de la humanidad, por constituir un símbolo de libertad y resistencia.

 

La lengua, siempre en disputa, aquí tiene un round ganado para el lado del pueblo que ama el box. Para refrenderla se la ejercita y se la celebra a través de otras manifestaciones culturales, como la música. En la caminata hacia la síntesis histórica, el mural que mantiene viva a la familia Salgado es otro mojón ineludible. Los Salgado son una familia hecha de sonidos. Graciela Salgado Valdez, cuyo velorio en 2013 es recordado porque nadie dejó de bailar y cantar hasta el día siguiente, es un emblema de las músicas, las letras y las mujeres negras. Así como Wiwa fue la reina de la resistencia, Graciela fue la reina del bullerengue, ese baile cantado por mujeres cantaoras, con tambores y palmas, que es cimarrón de raíz y que, dicen, trae de la mano la fertilidad. Cuando se canta y se baila, también se conmemora por aquí. Y cuando se tocan los tambores, se sabe que en las batallas contra los negreros, un ritmo podía servir para anunciar una repliegue o un ataque, y algún otro podía esconder un mensaje cifrado, demasiado difícil de comprender para un enemigo que irremediablemente emprendería la retirada.

 

Juan dice que para profundizar nuestro conocimiento, deberíamos estar aquí en octubre. Es cuando se celebra el Festival de Tambores y Expresiones culturales, al que visita gente de la zona, pero también colombianos desde puntos más remotos. Entre los bailes identitarios se destacan el mapalé, que toma el nombre de un pez bravío como los palenqueros y la chalusonga, que es el resultado de la mezcla de una chalupa bien colombiana con la percu afro. Para bailar, los afrocolombianos no pierden el tiempo. Todo su cuerpo parece estar en danza permanente y sus voces también son rítmicas. Algunos bailan caminando, otros bailan cuando la cerveza abundante actúa como estímulo y los menos, como Kid Pambelé, lo hacen en un cuadrilátero. Contrariamente a la idea que uno puede tener con respecto a las temperaturas altas, el calor paraliza solo al principio. Después, es cuestión de ponerse a bailar.

 

En mi caso, para no pasar un papelón entre expertos, es la triste hora de emprender el regreso. Pocas veces los sentidos quedan tan completos en un sitio, como sucede aquí en Palenque. Tenemos que abordar la última “chiva” que nos devuelva a Cartagena. Ya saben, son 60 kilómetros, imposibles de medir en tiempo. Con amabilidad, nos vamos despidiendo de quienes nos han compartido una sabiduría que, como suele suceder, no ha hecho más que desnudar nuestra ignorancia y estimular nuestra curiosidad. Regresamos a la plaza donde el sol no ha cedido ni un ápice y se recuesta sobre la espalda de la estatua de Benkos Biohó. Empapados, agotados, cuando vemos acercarse al bólido quemando aceite y haciendo rugir los motores, atinamos a una sonrisa canchera que se borrará pronto. El piloto está dispuesto a dar su último grito de rebeldía palenquera ante nosotros. Dice que no va a salir hoy porque “tiene que descansar y en la ruta hay un trancón”. “Toca relajarse”, agrega su acompañante inmutable. De cómo volvimos y si es que volvimos a Cartagena, se los cuento en otra crónica viajera.


Entrevista completa con Danilo Cáceres Cassiani en nuestro canal de youtube

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page