La que toma la Madonna

Por Claudio Turco Cherep
Cuánto están dispuestos a pagar ustedes por unos buenos mates. En Seattle, una de las últimas ciudades de Estados Unidos antes de Canadá, está el Picke Place Market, un mercado del que ya hemos hablado. No llega a ser el caos de sus primos latinoamericanos pero tampoco tiene la pulcritud enervante de Seattle. Enfrente de ese espacio con olor a pescado y a flores, del otro lado de una calle cuyos empedrados pisan turistas del mundo entero, hay locales comerciales que son como alas extendidas del Picke Place y, en un callejón donde venden comida china y comida peruana, hay un local con productos regionales de Argentina. Ahí se pueden adquirir empanadas, alfajores, golosinas de marcas conocidas y, por sobre todas las cosas, yerba mate. El precio del deseo es alto. Un paquete de un kilogramo de envasadoras tradicionales oscila entre los 60 mil y los 63 mil pesos argentinos. Hay que hacer equilibrio entre el presupuesto, el síndrome de abstinencia y los niveles de tolerancia a ese ímpetu abusivo de los gringos para tomar la decisión. Aún así, no es el precio lo que sorprende, sino que así como hay muchos lugares en donde se sorprenden con el mate como si la globalización no hubiera llegado, en otros -sobre todo en Estados Unidos y México- la conocen muy bien, aunque no en nuestro tradicional calabaza ni con bombilla. Veamos algunos antecedentes.
El jueves 4 de diciembre de 2008 Madonna ofreció uno de los cuatro conciertos programados en Buenos Aires en el marco de su “Stricky & Sweet Tour”, la gira que la llevó por países de América, Europa y Asia. La reina del pop, reina al fin, tuvo exigencias de alteza y pidió sábanas de terciopelo, frutas exóticas, que le banquen un séquito de 220 personas y un catering que incluyó desde zanahorias bebé hasta jugo de arándanos, pasando por rodajas de pepino o cajitas de chicle. Muchos de estos caprichos, a los que se sumó la instalación de una sala de juegos, tuvieron que ver con la presencia de su tres hijos y, en lo vinculado a lo gastronómico, los organizadores tuvieron que tener en cuenta su obsesión por los productos macrobióticos. Sin embargo, no fue esto lo que los sorprendió, sino que entre las exigencias se destacara una fácil de conseguir en las pampas: te helado de yerba mate. Algo así como un mate cosido puesto en el congelador. Según su entrenadora personal, ella lo ingiere antes de cada show porque la dota de más energía aún de la que tiene. Además de Madonna, otras personalidades como Hillary Clinton, Meg Ryan o Anthony Kiedis, el cantante de los Red Hot Chili Peppers, también se toman unos amargos toda vez que tienen la oportunidad.

Regresemos a Seattle, para ir ahora a un supermercado. Pensamos que no nos hacemos entender bien y que, cuando pedimos por yerba mate, nos dicen que sí, que yes, que vamos a conseguir “yerba madre”. Enseguida nos mandan para la góndola de los energizantes y allí, entre otras bebidas que prometen fuerza extra para afrontar las horas del día, aparece la yerba argenta, en lata, bien fresca, lista para una dosis de cuarto litro. No es que en Argentina no se venda, sino que quien la conoce en el norte, la identifica así. En California hay una empresa que se llama Yerba Madre y que se dedica a importar la materia prima desde Paraguay. La compra no se hace a grandes compañías, sino a familias de agricultores, lo que le permite a los importadores tener control sobre el producto y garantías de que sea orgánico. Una vez que el producto llega a Venice, es distribuido en Estados Unidos, sobre todo en la Costa Oeste, o aquí en Seattle, donde se nos aparece frente a la góndola. Aunque la empresa vende la hoja empaquetada en papel madera, tal como la conocemos nosotros, es más popular el embotellamiento y enlatado como energizante. A estas bebidas las saborizan con mango o con cereza y, a juzgar por los 200 millones de facturación anual de la compañía, han alcanzado un éxito rotundo.
Contra lo que se podría suponer, el mercado que acaparó en un 90% esta compañía y que tiene otras competidoras de menor inserción, no es necesariamente latino. Quienes más compran la yerba en formato de lata o botella son los norteamericanos. Aunque se lo puede ver en las cadenas que se dedican a la venta de alimentos económicos, es más fácil encontrar Yerba Madre en los negocios más calificados, con precios más altos, porque es ahí donde predominan los productos orgánicos. En un principio, la empresa Yerba Madre se llamó Guayakí, un nombre guaraní que evoca al pueblo paraguayo Aché, pero después descubrieron que esta denominación es despectiva y significa “ratas”, por lo que empezaron a llamar las cosas por su nombre y la denominan Yerba Madre a secas. Así está mejor, inclusive para la habitual literalidad de los estadounidenses. A partir de las propiedades de la yerba, los Millenials, la Generación Z y los deportistas en general sin que importe su edad, han sido los que adoptaron el producto entre sus preferidos y, los encargados del marketing, sugieren que la condición de antioxidante de nuestra querida planta, han abierto el mercado hacia quienes buscan una mayor longevidad.

Aunque Madonna vive en Nueva York, también tiene una mansión en California y es probable que en esa zona haya conocido la yerba mate. Su pasión es de vieja data e intensa, tan es así que en el año 2000, cuando visitó Paraguay, quiso saber donde se cultivaba la yerba que ella consumía y dicen que la llevaron hasta el establecimiento Itabó, que es una reserva ecológica al noroeste del país guaraní,
cerca de la frontera con Brasil, a unos 500km de la capital Asunción. Allí la yerba se cultiva del modo en que lo hacían los pueblos originarios y esa modalidad tuvo su premio, ya que en 2011, los cosecheros fueron finalistas del un Campeonato Mundial de Innovadores que organizan y financian la BBC de Londres y la revista Newsweek. Más allá del romanticismo y de nuestra abstinencia por la escasez del mate en nuestro camino, ese área protegida es propiedad de una familia tradicional paraguaya de apellido Rivas, que está asociada a los capitales que llevan el producto a Estados Unidos. Finalmente, si Madonna fue o no al lugar elegido no quedó demasiado claro porque fue manejado con la discreción que la visita de una reina se merece y no se rebelaron detalles. Para el marketing, el golpe ya había sido dado. Igualmente, eso es asunto menor. Lo que cuenta es que un mate no se le niega a nadie, y mucho menos a Madonna.
En otros países no es imposible conseguir yerba mate. En las capitales, generalmente los supermercados de las grandes cadenas tienen algunas. Cuando nosotros vimos disminuir el kilaje que llevamos de Argentina, pudimos hacernos de nuestros paquetes en lugares como Cali, Colombia, o Veracruz, en México. También la ofrecen en Panamá, donde es bien difícil que algo no se consiga en el puerto libre de Colón o en Costa Rica. A medida que se avanza hacia el norte, el producto se encarece. También ha sido una experiencia tratar de transmitirle la pasión por el mate a mucha gente que fuimos cruzando en el camino. Por lo general, la primera cara es la que cuenta y la nariz apretada, los ojos semicerrados como presionándolos sobre las ojeras han sido las expresiones de los rostros, más de rechazo que de aceptación. Una chica nos preguntó si podía tomarla igual estando embarazada, varias nos aceptaron algunos como un gesto de cortesía y apenas un señor mayor, en la zona colombiana de Caucasia, nos dijo que ese sabor amargo le sentaba muy bien. En América Latina la charla colectiva es un patrimonio cultural que no se negocia y, cuando les contamos que nuestro mate fue hecho para cultivar la amistad y que nada es mejor para una conversación que una ronda de amargos, entonces podemos compartir una vuelta, hasta que quienes participan aprovechan un descuido para dejarlo reposar a un costado y volver a la ceremonia del café.





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