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Últimos días en Fairbanks

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
26 sept
6 min de lectura
Calle y vivienda típicas de Alaska (foto de Ximena Frois)
Calle y vivienda típicas de Alaska (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


En un descampado feroz de la Calle 23, a dos kilómetros del centro de Fairbanks, han puesto entusiasmo y erigieron un playón polideportivo. Alrededor de la cancha de basquet, que tiene aros que se parecen a los profesionales y está muy bien marcada, hay unas cuantas pelotas anaranjadas listas para que, si alguien quiere armar un picado, no falte el útil. Pero pasan dos cosas, a nadie se le ocurre ir a jugar al básquet al aire libre y nadie se lleva las pelotas, que seguirán ahí, hasta que la escarcha las dejen hechas cristal. El espacio físico, aunque de por sí es amplio, parece mucho más grande porque está en la intersección de dos avenidas anchas que no tienen viviendas particulares cerca. Sobre el pavimento hay un colectivo del transporte público que espera que el semáforo se ponga en verde. Es un milagro, porque pasan muy poco. A lo lejos, hay un hombre trepado, a través de una escalera, a la segunda planta de una casa que se está construyendo. Es la única persona que se ve hasta donde alcanza la vista y, como el sol está oculto detrás de unos nubarrones que ya dejan caer las primeras gotas, los árboles se ven grises o de un verde opaco. Aún así, ese paisaje desolado es tan único, tan extraño a los ojos de los forasteros, que no se puede decir que es desagradable. Si bancamos el frío, vamos a husmear sobre la segunda ciudad del estado.

 

O mejor no. Esta imagen espectral -pensamos- debe estar relacionada con el horario. Es el atardecer, vamos a dejar el plan para la mañana siguiente. Pero a la mañana siguiente las veredas están otra vez vacías. Hay algunos autos más en la calle y un buen divertimento puede ser tratar de no ser salpicados por el agua que se acumuló al lado del cordón. No es que el viento sea para morir, pero ataca de un modo bastante original, supeditado a la disposición de las casas. Ya hemos dicho que están esparcidas por la manzana, que no hay una al lado de la otra. Entonces el chijete es zigzagueante y hace zumbar los oídos. Como todo, es cuestión de costumbre. Para tanta soledad, el parque automotor es sobresaliente. En los jardines de la mayoría de las viviendas hay dos coches, en una avenida alejada hay unas cuantas concesionarias, una al lado de la otra. Tienen guirnaldas de triangulitos como si fueran a animar un cumpleaños infantil y tantos “carros” que podrían colmar las calles si los pusieran en fila. En ningún escenario serían de destacar, sino sobresalieran por lo desproporcionado entre la oferta y la cantidad de habitantes. Como en las películas de matones, donde algún mafioso va a hacer desaparecer su auto a un desarmadero, en una compactadora gigante, las chacaritas son tantas como las concesionarias.


Monumento a los pioneros en la zona céntrica de Fairbanks, a la vera del río Chena (foto de Ximena Frois)
Monumento a los pioneros en la zona céntrica de Fairbanks, a la vera del río Chena (foto de Ximena Frois)

 Lo ideal es salir de aquí y buscar el centro. Si no fuera por algunos semáforos en las esquinas principales, algunos edificios oficiales, un par de hoteles de cadenas internacionales, podría pasar desapercibido. Quizás también sea la única zona en donde la construcción es una al lado de la otra. En realidad, los locales comerciales, que predominan con vidrieras oscuras, a las que hay que asomarse para ver los “gif” que ofrecen a los contingentes que llegan para toparse con las auroras boreales. En un radio de unas pocas manzanas se concentra la administración pública, la vida diurna y la nocturna, una en verano, otra en invierno y, ahora sí, la gente, que sin ser multitud, al menos conversa en los cafés, circula buscando objetos para comprar, se toma fotografías. En general, el ocio, el andar porque sí por la calle, está vedado por el clima, de modo que quién sale, sale por algo, para algo. El sector además está integrado a un sitio ineludible para fotos de recuerdos: es a la vera del Río Chena, donde hay una fuente y un monumento importante que homenajea a los primeros pobladores. Allí el frío recrudece por la cercanía con el agua y los que se toman el tiempo de filmar, resisten unos pocos minutos antes de buscar refugio en un par de galerías que tienen locales dispares donde tanto se puede visitar un museo histórico, como almorzar o visitar animales en situación de taxidermia.

 

Con tamaño paisaje, habrá quienes se pregunten por qué entonces la gente viene aquí. En principio, es una base para partir bien lejos, hacia el polo norte, para reabastecerse, para estudiar, para visitar los parque nacionales o recorrer las localidades vecinas. Pero no hay que confundirse. Que no haya vida exterior no quiere decir que no haya vida, que lo urbano no sea demasiado atractivo, no quiere decir que el entorno no lo sea. Y, en todo caso, la originalidad del entorno amerita escudriñarlo. También hay movida del otro lado del Río Chena. En todo Estados Unidos las áreas comerciales, las áreas industriales, están bien diferenciadas y bien apartadas. Fairbanks no es la excepción. Todas las cadenas de ventas de producto, desde las más conocidas para nosotros como los supermercados, hasta los que venden repuestos o materiales de construcción, están en un área urbana, pero bien separada del resto de la ciudad. Esos espacios gigantes, calefaccionados, son los únicos en donde el roce, la socialización, tiene una aproximación a lo que nosotros entendemos como tal. La gente es muy afable, predispuesta a contestar, a salvar la barrera del idioma, aunque la cosa no vaya mucho más allá de saber si la pizza en caja que venden solo necesita un toque de horno, o si esos vinos californianos tan baratos son más o menos buenos. Se sabe, cuando la limosna es grande, hasta el santo alaskeño desconfía.


Calles desiertas, manzanas boscosas, sol y tormenta. Fairbanks, Alaska (foto de Ximena Frois)
Calles desiertas, manzanas boscosas, sol y tormenta. Fairbanks, Alaska (foto de Ximena Frois)

 

Así como es desmedida la cantidad de vehículos por sobre la cantidad de habitantes, en Fairbanks se ve poca juventud, para tanta Universidad. La Universidad de Alaska es importante en el pulso de la zona, pero más en materia de aporte a la investigación científica para los Estados Unidos. El observatorio de auroras boreales, la eminencia en geofísica, al estudio del Ártico y hasta una plataforma de lanzamiento de cohetes espaciales son orgullo de los claustros. Mucha gente viene, quizás con la idea de graduarse y volver, pero termina por quedarse. Eso le pasó a Juan Roederer, de quien mi amigo Pablo Bolcatto me develó su historia. Roederer nació en Italia pero su familia emigró a Argentina. Es hijo de la Universidad pública y gratuita de nuestro país, donde se graduó en 1952 y de donde tuvo que huir en La Noche de los Bastones Largos. La física lo trajo hasta aquí, donde dirigió el Instituto Geofísico de Fairbanks Alaska y donde aún hoy, a sus 97 años, es profesor emérito. Cada año unos 500 jóvenes de distintos estados y de otras partes del mundo disímiles como India, Corea del Sur o China pisan sobre la huella de Roederer y se radican en Fairbanks para estudiar. El número podría no ser significativo para cualquier lugar, pero es bastante para una zona tan yerma, o para los costos que significa sostenerse por acá.

 

Las vidas por estos rincones increíbles del mundo están signadas casi siempre por ambiciones desmedidas o por el paso de aventureros más o menos desafortunados. Algo de eso aconteció para que en semejante lugar, casi en medio de una pradera boscosa, helada, nada amigable, se fundara una ciudad. Sobre 1900 apenas había un puesto de paso con fines comerciales, una posta imagina uno, favorecida por la cercanía del río, apta para sobrevivir solo si se la compara con los lugares vecinos. Y cuando se despertó la Fiebre del Oro de Alaska, posterior a la de California, los buscadores se encontraron con que era uno de los pocos sitios donde irían a encontrar vida humana. La imposibilidad de llegar al oro deseado, la casi nula chance de regresar vivos a los lugares desde donde habían venido, quizás les hicieron pensar en quedarse en esto que ahora se llama Fairbanks. Puede que también la llegada del verano, cuando se ven imágenes que no se condicen con estas, cuando el día es siempre día y cuando el valle no llega a ser un vergel pero sí que es apto para la agricultura. O puede que no, que no les quedó otra, que los agarró el invierno, cuando el día es siempre noche, la comida pescado congelado, el horizonte uno solo y blanco. Ahora que nosotros acumulamos algunos años que nos ponen lejos de los extremos, entendemos que los últimos días del verano, los primeros del otoño, son un buen momento para marcharse.



 
 
 

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