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Disquisiciones sobre la patria de Popeye el marino

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
4 oct
6 min de lectura
En la Playa de Santa Mónica se habrían conocido el autor de Popeye y su inspirador (foto de Ximena Frois)
En la Playa de Santa Mónica se habrían conocido el autor de Popeye y su inspirador (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


Si hay un lugar de la Costa Oeste en donde mejor reposa el imaginario norteamericano de buena vida, prosperidad, sonrisa de obispo, ese es el muelle de Santa Mónica, cerca de Los Ángeles. La magnitud de la arena, la inmensidad color petróleo del mar abierto, un cielo rotundo y casi siempre soleado, son destacables, relucen, atraen la atención de cientos de miles de turistas.  Es una gran playa pública, popular, abarrotada de gente de pic nic y pibes correteando, lejos del glamour de lugares exclusivos.  Igualmente, lo que más se distingue es la “intervención” del paisaje por la cultura estadounidense. Un mar, un cielo, una arena, se consiguen en muchas partes; el decorado no. Se logra el objetivo para el que el modelo invierte millones en la industria del entretenimiento, produce en Hollywood, amplifica a través de las cadenas noticiosas: la idea de que, a menos que aparezca un tirador serial o un comunista, nada malo podría suceder estando acá. No falta la rueda de la fortuna -para nosotros la vuelta al mundo de los parques de diversiones-, casi metiéndose al agua para tener las mejores vistas, los puestos de venta de hamburguesas, los locales de madera, el colorido chillón,  la cartelería con recomendaciones de todo tipo y, por supuesto, el relato que permita suponer que por algunos motivos el lugar es único. En este caso hay dos.

 

El primero es real, inobjetable, es el punto de partida (o de llegada) de la mítica Ruta 66, la que atraviesa Estados Unidos con sentido este/oeste desde Chicago hasta este muelle. El otro es motivo de discusión y la disputa es justamente entre los extremos de la ruta: el estado de Illinois y Santa Mónica, en California. Se trata de determinar donde nació el mítico fortachón iletrado y peleador Popeye El Marino. El muelle, con tirantes de una madera maciza y muy resistente, es un mirador natural plagado de vendedores ambulantes que ofrecen gift, remeras, gorras, hot dog o paseos en lancha. Al final, donde se ensancha en una estructura semi circular, hay una señalización con fotos detrás de un vidrio, que dan cuenta del nacimiento en este mismo lugar de Popeye el Marino. Está en juego dónde fue la inspiración del autor. En Santa Mónica aducen que la idea de su creador, la iluminación que lo llevó a crear uno de los personajes más célebres de la historia del comic y que está por cumplir 100 años, se le ocurrió acá. En efecto, Elzie Segar, el que lo parió, eligió esta zona para vivir. Solo que en Chester, en el Estado de Illinois, donde Segar nació, sostienen con el mismo énfasis y con bastantes argumentos, que Popeye es de allá. En ese caso, más que marino sería un hombre del río Mississippi.


Playa de Santa Mónica, desde el muelle (foto de Ximena Frois)
Playa de Santa Mónica, desde el muelle (foto de Ximena Frois)

 

Donde quiera que haya nacido, sí se sabe el año del alumbramiento: 1929, el año en el que Estados Unidos consolidó la gran depresión que arrastró al mundo a una de las mayores crisis económicas que se recuerde. Popeye tiene 8 años menos que otro conocido nuestro, Superman. Mientras miro a esos hombres y mujeres en la playa, pienso que correteando en la arena, chapaleando en la orilla, jugueteando con las olas, hay más Popeyes que Supermanes. Popeye es un hombre del pueblo; Superman, aunque es un pibe abandonado en el planeta, criado por granjeros, es un hombre del poder. En primer lugar, Popeye nace como segundón. No es el personaje principal de la tira, sino que se lo va ganando. Olivia, que con el tiempo fue su novia, fue la protagonista. Popeye es la movilidad social ascendente en un mundo -el de la crisis- en donde los tipos como Popeye no podían ascender demasiado. Porque Popeye -a diferencia de Superman que tenía un superpoder- se tenía que hacer camino a las piñas. A pesar de que Popeye amaba a los chicos, cada vez que se entreveraba con un grande, le llenaba la cara de dedos, que así se arreglaban las cosas porque los tipos como Popeye no tenían demasiado acceso a la justicia. Superman buscaba ser el brazo de la justicia del sistema, mientras que los brazos tallados de Popeye eran los tribunales populares.

 

En Estados Unidos cuenta mucho la estética. La mayoría de las mujeres y los hombres que caminan por el muelle llevan anteojos oscuros, cabellos teñidos, cuerpos torneados. Quieren farmear aura a toda costa y se les nota. Más allá, en la playa, se pueden otear panzas más humanas, más nuestras, más cerveceras. Unos tan Superman, otros tan Popeye. Porque Superman tiene ojos azules, no se despeina ni volando, sus musculosidad es pareja. En cambio, Popeye, perdió un ojo, usa una gorra blanca de capitán que es siempre la misma y no tiene ni vestuario, además de fumar una pipa que le deja amarillentos los pocos dientes que le quedan. Popeye paria, inmigrante; Superman es de otro planeta. Es probable que la disputa por el lugar de origen de Popeye no transite por estos carriles, pero es una cuestión de estado. O de estados, el de Illinois y el de California. Hablemos un poco entonces de Segar, que fue el que lo inventó. Segar nació en Chester, un pueblito que no tenía más de 5 mil habitantes cuando él llegó al mundo. Ahí en Chester dicen que Olivia, Brutus y él mismo Popeye estaban inspirados en gente del pueblo y que, como se conocían todos, no era difícil determinar quiénes fueron los vecinos que los inspiraron. Tan lejos de todo, el pobre Segar lo único que podía hacer para perfeccionar su don de dibujante era un curso por correspondencia.


 

Para que las cosas fueran mejor, Segar debía salir de Chester. Lo hace en el año 26 y elige Santa Mónica porque ahí estaba la empresa que distribuía las tiras cómicas donde él empezaba a publicar. Igualmente, no pudo disfrutar demasiado del éxito de Popeye, porque cuando su criatura que hoy es casi centenaria apenas tenía 9 años, él se murió de cáncer. El lapso que fue desde su llegada hasta que la tira apareció por primera vez le valieron a Santa Mónica el derecho a reclamar la ciudadanía del marino más famoso. Entre los vendedores de tantas cosas en el muelle hay quienes ofrecen cuadritos para adornar cuartos. La mayoría son paisajes del mar, de la playa, del malecón, algunos rostros, nada de otro mundo. Pero hay uno que se parece demasiado a Popeye. Para que el relato encaje, dicen que ese es Olaf “Cap” Olsen, un pescador noruego que merodeaba la zona en los mismos tiempos que Segar. Dicen que ese cuerpo, esos antebrazos tatuados y desproporcionadamente gruesos, fueron la inspiración para nuestro personaje. Olsen además era un buen tipo, como Popeye. Eran los tiempos de la Gran Guerra y cada vez que volvía del mar con la pesca del día, donaba pescado a las familias que no tenían para comer. Segar, que está comprobado que venía hasta aquí a buscar tranquilidad para escribir, hizo buenas migas con el noruego.

 

Del otro lado, en Illinois, juran que Franck Fiegel, un polaco rudo, peleador callejero, fumador de pipa, era idéntico a la creación de Segar. Es más, en su tumba en Chester, se adelantaron a los de Santa Mónica y escribieron en su tumba “la inspiración de Popeye el Marino”. En las redes sociales figuran rostros aparentes de Fiegel que se parecen mucho a Popeye, pero ninguna tiene el crédito necesario para asumir que efectivamente ese era el verdadero rostro de este polaco que terminó viviendo a los golpes en el pueblo de Segar. Chester, que no tiene tanto para mostrar porque aún hoy es un pueblo pequeño, construyó el “Circuito Popeye” con un recorrido guiado por diferentes estatuas del personaje del comic. Santa Mónica no necesita llegar a tanto porque tiene otras dotes. Ahora mismo, mientras nosotros pensamos esta nota, hay 8 parejas gringas, 2 afros, 14 chinos y un número no precisado de latinos solamente haciendo cola para sacarse fotos con el cartel que dice que acá termina o empieza la Ruta 66. Metros más allá, en esa playa abarrotada que uno imagina una Mar del Plata de los años ‘50, el agua da hambre y las señoras de las familias sacan sandwiches gigantes de las heladeras portátiles y les convidan a los maridos y a los hijos que, al caer el sol, dejan de hacer castillos de arena en la orilla. En esa dieta, la espinaca brilla por su ausencia.



 
 
 

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