Al fondo que hay lugar
- De Santa Fe A Alaska
- 13 ene
- 6 Min. de lectura

Por Claudio Turco Cherep
La combi amarilla viene dando brincos por la avenida que está frente a la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Se la puede ver entre los mototaxis, los colectivos grandes, los autos particulares, algunos camiones de repartidores, peatones osados y vendedores ambulantes que se zarandean ante los pocos que deciden respetar un semáforo en rojo. Apostado en la parada de ese coche enemistado con la revisión técnica vehicular, hago señas espamentosas que ni siquiera hacían falta, porque el conductor iba a parar de todas maneras. El muchacho abre la puerta corrediza de la unidad japonesa y deja ver lo que el dicho popular llama “una lata de sardinas”. Pero no. Acá hay algo peor, porque una lata de sardinas tiene un límite. Las sardinas pueden ir una encima de la otra, pero no pueden entrar más de lo que la lata permite. En cambio, en el transporte público peruano pueden ir tantos pasajeros como la imaginación lo desee.
Adelante y por detrás del vehículo que vamos a abordar hay otros similares que han hecho fila india. Al costado, una bandada de mototaxis toca bocina con desesperación y, en la vereda, una multitud pugna por subirse como sea y donde sea. Algunos colectivos más grandes tienen un parlante y el chofer, además de cobrar el pasaje, abrir y cerrar la puerta y calcular los centímetros entre el paragolpes y la vida de un peatón, también tiene que vociferar los destinos de su viaje, como si los carteles de letras gigantes que le tapan medio parabrisas no bastaran para completar la información. Es un caos, pero es un caos tan habitual que nadie lo nota.
Ya hemos decidido que será imposible ser una sardina más. No es por nada, simplemente que el pasajero que me acompaña tiene casi dos metros y no cabe de pie, tampoco doblado como un contorsionista y, quizás, tampoco sentado. Aunque un asiento sea una quimera. Es el mediodía arequipeño y son los últimos días del año, con lo que la temperatura intensa y ese mojón para que todo siga igual que solemos trazarnos de cara a las fiestas, juegan su partido para calentar aún más el ambiente. Antes de que cunda la resignación, el chofer abre la puerta delantera y, sin decir palabra, nos invita a sentarnos a su lado. Los casi dos metros de Luka se achicharran al lado del piloto y su estómago queda amenazado por una palanca gigante que sirve para abrir la puerta trasera, por donde se abarrotan los pasajeros. Mi suerte es mayor: me toca del lado de la ventanilla.
Unos segundos después la combi vuelva por las avenidas centrales abriéndose paso a bocinazo limpio. La primera vez que tiene que salir de la arteria principal hacia una colectora, nuestro navegante se cruza de carril sin aviso. Esquiva a dos mototaxis, a un joven en patineta y a otros tres vehículos similares al nuestro. Yo aprieto las mandíbulas fuerte, y freno en un acto reflejo con las dos piernas sobre la gaveta. No cierro los ojos porque el temor es mucho pero la sorpresa es más. Ahora, con el pulso aún acelerado, releo este texto y corrijo. Nuestro chofer no esquivó a dos mototaxis, a un joven en patineta y a otros tres vehículos similares al nuestro. Fueron ellos los que lo esquivaron a él.
Una vez que tomamos por colectora, entrar hacia un callejón angosto, sin veredas y con las esquinas sin ochava, fue un trámite sencillo. Mis testículos empezaron una bajante lenta, desde la nuez, por el duodeno, camino a su posición normal. Pero sucedió que nuestro Colapinto arequipeño también se relajó y, envalentonado por una de las pocas calles de mano única, empezó a escribirle mensajes por whatsapp, me imagino que a una noviecieta o algunos amigos para organizar el Fútbol 5 cuando terminara el turno. Yo elevé la vista buscando el cielo y me encontré con un espejo por donde podía mirar al resto del pasaje. Busqué miradas cómplices pero solo encontré rostros enjutos, impertérritos, acostumbrados, viviendo la rutina de la situación naturalmente.
En la parada siguiente, divisé un hospital público. Sentí un alivio absurdo. Pensé por un instante que, el hecho de tener cerca la sanidad, podía salvarme la vida. Me vinieron a la mente tantas sirenas de ambulancias que se escuchan todo el tiempo, atascadas en el tránsito, quizás sin poder cumplir con el objetivo para el que fueron convocadas. Varias personas se aprestaron para bajar. Suponía una buena noticia para que el resto dejara de ser sardina. Me distraje contando y mirando a los que descendían. Una chola enfundada en su ropa tradicional a pesar del calor, un muchacho menudo vestido de enfermero, una señora entrada en años con una criatura que aventuré que sería una nieta. Y también tuve tiempo de contar los que subían: seis personas. Bajaron cuatro, subieron seis, para hondo pesar de los amortiguadores.
No habrá pasado más de un santiamén cuando se sintió el golpeteo de la puerta cerrando como un golpe de martillo y otra vez la ruleta rusa. Hacía unos minutos nada más, solo habíamos preguntado si el recorrido pasaba por Carmen Alto, nuestro lugar de alojamiento. Ahora teníamos preocupaciones mayores. Hurgué en el bolsillo de la bermuda para ver si tenía una copia de la póliza de mi seguro de salud y quise comprobar si había contratado uno que tuviera cobertura de repatriación de restos. Pero la concentración duró poco porque en el cruce con una avenida de ocho carriles, el intrépido piloto chateador pasó en amarillo y el rojo lo sorprendió cruzando la tercera vía.

Un muchacho que lucía una remera de Superman hizo señas para que le abrieran la puerta para descender ahí nomás. Lo vimos perderse entre la multitud de vehículos atascados, como un fantasma entre el polvo que es una presencia permanente en las calles y con el volcán Misti como una escenografía ideal para un final épico. Pensé que si él, que llevaba la remera del imbatible Spiderman, elegía abandonar, por qué no lo haría yo que le tenía miedo al gusano loco en el parque de la costanera y, ni te digo, a la montaña rusa cuando existía el Ital Park. Después supe que eso de bajar y subir al coche fuera de la parada, aunque más no sea en la mitad de una avenida, es parte de la reglas del transporte.
De pronto, como por arte de magia, el atolladero cede. Acá se inventó eso de que los melones se acomodan en el camión. El tema es que no son camiones con melones, sino coches con personas. Detalle nomás. Nuestro piloto nunca perdió la calma y ese es un punto a su favor. En el susto se me ha olvidado algo importante. Este motor no debe ser de gran cilindrada y cargado sufre muchísimo, sobre todo aquí que las calles son subidas y bajadas constantes. Ahora es el tiempo de subir hacia nuestro barrio, que ya he dicho que se llama Carmen Alto. Bien alto. Todo marcha bien hasta el próximo retén obligado. Quedamos detrás de un colectivo que nos impide ver el horizonte, nosotros abajo, el bondi acelerando para no caer hacia atrás, para no aplastarnos, llenando nuestra combi y nuestros pulmones de humo negro.
Y nuestro héroe al volante también acelerando, con su pie diestro, con la fuerza de todos nosotros. Hasta que sobreviene un ruido ensordecedor y, detrás de la última nube de humo negro de caño de escape, se empieza a divisar la cúpula dorada de una Iglesia Evangélica que identificamos como vecina a nuestro alojamiento. Cuando llegamos a nuestra parada, por primera vez este hombre moreno y lánguido, de cara bonachona y seria, nos dirige la palabra. “Es acá”, dice escuetamente. Le dejamos los dos soles correspondientes a dos pasajes y nos fuimos añorando una ducha cálida, tan difícil de conseguir como el ordenamiento del tránsito. No le guardamos rencor. Al fin y al cabo, nosotros nos jugamos la vida un rato y él se la juega todo el tiempo. Puede que esta crónica tenga algunos errores por el temblequeo que aún persiste en mis manos frente al teclado.
PD. Si este texto te resultó demasiado largo, vayan las disculpas del caso. Igual, no se compara con la eternidad que significaron esos 45 minutos ahí arriba




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