Andares por Ciudad de Guatemala

Por Claudio Turco Cherep
Ningún prejuicio te lleva a Guatemala. En El Salvador dicen que elementos residuales de las Maras que pudieron huir de Bukele se refugiaron en Honduras o aquí. Que la inseguridad asola, que pasear es una aventura de alto riesgo. Después de la frontera de Valle Nuevo, con los cuidados pertinentes, estamos en la tierra de los chapines, que se empeña en desmentir a sus vecinos, a los portales sensacionalistas, a los agoreros. Jalpatagua, Cuilapa, Barberena, son pueblos de un camino empinado hasta llegar al Valle de la Ermita, desde donde cuelga de las montañas y los volcanes la capital del país, la más poblada de Centroamérica, la religiosa que recibió al Papa, la maya que es custodia a rajatablas de esa cultura milenaria. La primera parada es en la Plaza de la Constitución, un formato estético y arquitectónico más mexicano que comenzará a ser una constante. A simple vista, Guate tiene tonalidades más familiares con sus vecinos aztecas. Este espacio de piso de piedra gruesa, gigante, frente al Palacio de la Cultura, es como una plaza del Zócalo en miniatura, con una de las catedrales más importantes del continente a un costado, con edificios grises de galerías que preservan la fachada colonial. De a poco, entre la hospitalidad de los vecinos del Centro Histórico y el andar cotidiano, iremos tomando confianza, tomando el pulso, recorriendo esos sitios presuntamente peligrosos.
Dicen que en 2015, este lugar que ahora se presenta como apacible, ardió. Todos los guatemaltecos que pudieron venir se plantaron para pedir la renuncia del presidente Otto Pérez Molina, acusado de corrupto y de ladrón. El jefe de estado no se fue pero las movilizaciones fueron un golpe al mentón del que no se pudo reponer. Entre los que protestaban había un grupo de universitarios, gente de letras, que formó un espacio político al que llamaron Semilla. Uno de sus referentes es el presidente actual, Bernardo Arévalo, emergente de aquellos conflictos. Arévalo es hijo de Juan José Arévalo, el hombre que llegó al poder en la década del 40 del siglo pasado antes de ser sucedido por Jacobo Arbenz, quizás el único mandatario que hoy es recordado por su pueblo por mejorarle las condiciones de vida. Arévalo padre, como su hijo, protagonizó un movimiento urbano, universitario. Arbenz le puso el peso popular del campesinado, mayoría olvidada en el continente. Arévalo hijo nació en Uruguay porque, como consecuencia de las medidas populares que tomaron, Arévalo y Arbenz volaron a patadas de un golpe de estado orquestado por la CIA y la United Fruit y se tuvieron que exiliar. Los que saben dicen que es poco probable que a Arévalo hijo le pase algo así, porque es un presidente blando, algo lento para decidir, poco propenso a ir contra el poder real.
No son temas de debate en la calle. Ahí cerca está el Mercado Central y nadie está hablando de esto. En todo caso se pueden leer noticias, comentarios, pero las voces callejeras se levantan para ofrecer alguna mercancía, no más que eso. El mercado está como en un doble subsuelo, casi desapercibido del lado de afuera, pero más que desarrollado en su interior. Tiene su parte de artesanías de tejidos, su área gastronómica, su zona de venta de frutas, verduras, carnes y su costado para los trabajos de alfarería. Está bastante más organizado que otros similares en los países vecinos. En realidad, la Ciudad de Guatemala parece gozar de ese orden, al menos en algunas zonas como ésta, o como la coqueta donde están los hoteles, o en el Paseo Cayalá, un área exclusiva pero no cerrada con paseos de compras y espacios verdes aptos para todo público. No es nada que no pase en la mayoría de las grandes urbes, donde la vida se besa en la boca con algunos sectores, se toma a las trompadas con otros, casi siempre mayoritarios. Ciudades adentro de ciudades. En el caso de Guatemala es literal. Una moderna es Cayalá, un ghetto cuestionado por muchos, elogiado por otros tantos; una antigua es Kaminaljuju, la ciudad maya enterrada en medio de la ciudad actual. (en nuestro revista de suscriptores contamos esa historia).

Ya lo dijo Calvino mejor que nosotros, la ciudades no son solo espacios geográficos, sino estados de ánimo, redes de relaciones humanas, memoria y deseo. De todo eso se encuentra por aquí. Por la tarde suenan sirenas, casi rutinariamente y alteran esos estados de ánimo que menciona el autor de “Las ciudades invisibles”. Son las que anuncian temblores, que los hay a raudales. En la memoria está vivo el terremoto de 1976, cuando dos tercios de esto que estamos pisando hoy quedó bajo escombros. Y en la memoria de las paredes se aparece todavía la Guerra Civil, que como en El Salvador, duró muchos años y dejó muchos muertos. El impacto visual es fuerte. Guatemala no es una ciudad de tantas expresiones en sus muros. Entonces resaltan más los afiches pegados con engrudo de las caras de quiénes buscan a sus familiares. Madres que buscan hijos, hijas que buscan padres. Se cuentan hasta los 75 mil los desaparecidos que dejó la guerra civil entre 1960 y 1966, además de 200 milm muertos. En estos días, el gobierno largó un programa para empezar a saldar la deuda y ubicar al menos a 45.000 almas en un país que tiene el orgullo que no tuvo ningún otro en Centroamérica. Guatemala es la tierra que aportó dos premios Nobel, el de literatura para Miguel Asturias, el de la paz para Rigoberta Menchú, la referente maya que aún hoy es una bandera de las mujeres, de los campesinos, del país profundo.
Ciudades adentro de ciudades. La frase nos retumba de nuevo, ahora en la zona de El Trébol. Es un centro de distribución de transporte público importante. El transporte es barato para los chapines. Con un quetzal (unos doscientos cincuenta pesos argentos) se puede cruzar toda la urbe, combinar entre el Transmetro y otros más pequeños, donde las sardinas se sentirían holgadas. En la recorrida se nos aparecen las palabras de los vecinos que clamaban por “tener cuidado”. La mayoría es gente de trabajo, que corre hacia el bus, que ofrece venta ambulante. Hay un cordón techado por toldos de unos 500 metros en donde se ofrece absolutamente todo. Desde un taxi ilegal hasta ropa interior, droga o comida, artículos de tocador y de ferretería. Son centenares de puestos callejeros en medio de un bullicio infernal, donde mucha gente está laburando y otra está tirada, consumida y consumiendo las horas. Cuando se le pregunta a los locales por la seguridad dirán que ellos trabajan y que no pasa nada y que los que suelen causar algún tipo de problema, arrebato, robo, son los venezolanos. Esto mismo dirán en Colombia y en Panamá, en Costa Rica o Nicaragua. En esto estarán todos de acuerdo. La dicotomía sigue si avanzamos por la avenida. De la pobreza a la riqueza, de los apurones al andar pausado, otra vez hay unas pocas cuadras.
Los barrios no se llaman barrios sino “zonas”. Y llegar a Zona 4 será como estar a años luz de El Trébol. Sin embargo, no son más que unos cuantos minutos de caminata o unos pocos en colectivo. Es el barrio bohemio donde las paredes abonan más al arte que a la consigna política. La Avenida principal tiene algunos monumentos de cable de acero que se las traen. Uno semeja a una torre Eiffel y otro a un Obelisco, ambos en escala menor. De día son apenas ínfulas. De noche se iluminan y se suman a las luces de los bares y paseos y alardean mejor. También aquí, cerca del Palacio de Justicia, dejó su impronta Roberto González Goyri. Fue uno de los más grandes escultores de Guatemala, muralista y pintor. De su trazo son el mural-monumento a Tecún Umán, el del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social o el del banco de Crédito Hipotecario, que se aparece a nuestra vista tuteándose con la perfección. De todo esto está hecha Ciudad de Guatemala. Como González Goyri, los nuestros no son más que pincelazos, pequeñas impresiones en una urbe inabarcable, con olor a tajada de piña en la calle, con humo de tortilla asada, con mujeres de atuendos maravillosos, con un clima afable por el que se ganaron el mote de “país de la eterna primavera”.
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