Como perros rabiosos
- De Santa Fe A Alaska
- hace 11 minutos
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Por Claudio Turco Cherep
La vida en la ruta está repleta de historias, de paisajes, de incertidumbres y de aventuras. Pero más de trámites burocráticos. Cuatro meses después de la partida, no solo que podemos dar fe de ello, sino que podemos dar algunas pruebas y contestar una pregunta que nos hacen a menudo, en entrevistas o charlando con amigos y conocidos: ¿cómo es un día de viaje? Se podría decir que el tiempo se divide en lo que demanda nuestro vehículo, que a veces es también cocina y dormitorio y no siempre goza de una mecánica acorde con semejante trayecto; en la búsqueda de sitios o material que pudieran resultar de interés o atractivo periodístico y en la producción de esos contenidos; en el procurarse lugares seguros para pernoctar, buscar agua, comida, cocinar y en la atención que requiera nuestra mascota. En este punto, es bueno graficar, por si están dispuestos a no resignar la compañía de quien se considera una parte en el corazón de la familia, todo lo que requiere mudar un perro de país en país.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que cada estado tiene su librito y, lo que piden en uno, no necesariamente será lo que pidan en el siguiente. Hay países que piden una cuarententa que conspira contra los planes de elegir la cantidad de días en los que uno quiere estar. Hay otros que pretenden que uno anuncie la llegada con la mascota dos semanas antes. Hay quien, como aquí en Colombia, pide vacuna perruna contra el coronavirus. La enumeración podría seguir. Cada uno tiene un organismo pertinente, equivalente a lo que en la Argentina es el Senasa. Y la presencia de ese organismo quizás sea la única coincidencia, porque después, desde los horarios de atención, pasando por los requisitos y hasta los días con vencimiento inmodificable, van variando frontera tras frontera. En todo caso, si alguna certeza queda es que la voluntad recaudatoria es altamente superadora al interés por el bienestar de la mascota.
Ahora, la frontera a la que vamos a referir, es la de Colombia con Panamá, porque además de tener requisitos muy “finos”, tiene la particularidad de que uno es rehén de una situación que no se puede torcer. El único modo de llegar desde Colombia a Panamá es vía aérea. Hay un velero turístico que va por lugares paradísiacos pero tiene costos importantes y tarda cinco días. El velero también tiene el inconveniente de que no siempre las mascotas son bienvenidas. A los pasajes los venden las agencias turísticas, pero la voluntad de decidir si tu perro viaja o no es potestad exclusiva del capitán de la nave.
Para el vehículo, es más extorsivo aún, porque hay una sola chance, que es cargarlo en un contenedor de un barco, después de un tramiterío que no baja de dos a tres semanas, mediante la contratación de gestores, con compañías navieras y costos descomunales que, ida y vuelta (recordemos que nosotros tenemos que volver) pueden alcanzar los 5.400 dólares.
Mientras sucede el viaje en soledad de la camioneta, uno debe encargarse de subirse a un avión -a favor, los vuelos son diarios y numerosos- y hacer coincidir el día de salida con todos los papeles que debe tener el perro. Aquí empieza entonces una odisea cronológica, desordenada, con versiones encontradas y con varias partes involucradas, desde el consulado panameño, hasta un veterinario colombiano. Es cierto que existe una vía alternativa, que suelen utilizar los mochileros, que es más económica pero no evita ninguno de estos trámites. Hay que ir en colectivo a Turbo, una localidad más cercana geográficamente a la frontera, abordar una lancha que cruza un tramo hacia una isla fronteriza, ahí tomar otra lancha hacia territorio panameño, ya en tierra firme, dirigirse a la aduana de Puerto Obaldía y luego abordar un micro que termine su recorrido en la ciudad de Panamá. A falta de tiempo, a sobra de años, decidimos que es mejor pelear contra la burocracia antes que con las olas del mar Caribe en una embarcación de porte menor.
Lo primero que hay que corroborar es que, atendiendo a normativas que sí están unificadas y que son internacionales, la mascota pueda viajar en la cabina del avión, en la medida que no supere los 10 kilos y que tenga un guacal flexible. En ese caso, podrá reemplazar a un equipaje de mano y volar junto a su dueño. El siguiente paso es contactar un veterinario para que revise al animal, a la vez que chequee que esté desparasitado -un mes antes de salir en Colombia, quince días en Panamá- que tenga las vacunas séxtuple, antirrábica y, como ya dijimos, para el Covid. Si otro país ya le puso alguna de esas vacunas, el perro la liga de nuevo sin que importe su salud. El trámite, según cada país, puede variar entre los 150 y los 200 dólares y, la mayoría de las veces, hay que hacer una carga digital de las certificaciones que, para quien no está acostumbrado, suele ser imposible. De modo que la veterinaria termina por hacer el servicio, casi como una gestoría.
Luego llegará el turno del organismo oficial colombiano que deberá validar lo actuado por el profesional. El acto costará a uno otros 20 dólares aproximadamente, pero ya domados por el gasto anterior, esto parece una limosna. Y aquí aparece una dificultad importante. El ICA, que así se llama, otorga cinco días corridos para que la mascota abandone el país desde el momento en que rubrica su sello y firma. Para hacerlo, obliga a que uno ya tenga adquiridos los pasajes para salir del país, pero a su vez, las compañías aéreas te obligan a adquirir el ticket sin garantizarte que el perro pueda viajar, ya que tienen un cupo. Uno debe comprar el pasaje y esperar. No puede comprar pasajes reembolsables, aunque esté dispuesto a pagarlos más caros, porque los días que la compañía permite el reembolso son más que los cinco días que tiene el perro para salir. Y cuando parece que jamás podremos hacer coincidir todo, aparece otro jugador importante que suma confusión.
Con las vacunas, las pastillas, la revisación, la firma de la veterinaria y la firma del ICA, hay que hacer un trámite on line con el consulado panameño, que tiene sede en Bogotá y que autoriza o no el ingreso de la mascota al país. Sin ese apostillado, el perro no puede subirse al avión. El tema es que la respuesta panameña se toma hasta 72hs hábiles para llegar, si es que llega, por lo que una mora cualquiera hace que se venza el certificado del veterinario, el sello del ICA y hasta el vuelo programado con la antelación de los cinco días que tenía el perro para abandonar del país. Puede que esta narración resulte engorrosa e intrincada, algo difícil de seguir y de entender. Es exactamente así. En el caso nuestro, como teníamos fecha para salir la semana pasada y el apostillado no llegó porque se tomaron la semana santa para pensarlo, debimos reprogramar. El veterinario se apiadó de volver a cobrarnos y la compañía aérea tuvo un malentendido con nuestra tarjeta de crédito y no aceptó el pago. La sacamos más que barata.
Si logramos hacer coincidir los días, horas y minutos para que todos contesten en tiempo y forma, si se alinean los planetas, vamos a poder cruzar dentro de algunas horas. Para entonces, podrá parecer extraño pero hemos estado quince días en una ciudad de las más agraciadas del continente, y de esos quince días apenas uno hemos ido al mar transparente, tres hemos visitado el centro amurallado, disfrutamos de otros paseos por las ciudades aledañas, esporádicamente, y el resto de los días estuvimos en oficinas de empresas de aviación, en el aeropuerto mismo, en la veterinaria, en el ICA y muchas veces, varias veces al día, yendo y viniendo, para chequear que lo que dice uno no se contragia con lo que dice otro, para medir y pesar la mascota, para tratar de hablar con personas de carne y hueso y no con chat bots con los que uno ni siquiera se puede putear. Si lo logramos, no esperará Panamá, país que se autopercibe como una estrella de Estados Unidos y que en función de eso acoge a los visitantes con requisitos más pretenciosos que su prosapia. Contra todos los pronósticos, si estás leyendo esto es porque llegamos.




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