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De fútbol somos

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 19 jul
  • 7 min de lectura
Fan Fest en Ciudad de México (foto de Ximena Frois)
Fan Fest en Ciudad de México (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


Estamos en Ciudad de México. Faltan unas pocas horas para que Argentina juegue la final del Mundial con España. Quién pudiera pasear por aquí para consumir este tiempo que parece eterno. Pero uno no pasea, sino que deambula. Uno mira sin ver. No importa la bohemia de Coyoacán. No importa la belleza de Chapultepec. La cabeza vuela hacia el estadio de Nueva Jersey y el corazón vuela hacia la infancia futbolera, hacia los picados interminables, hacia los sueños truncos. Pienso en los exiliados políticos, en los que se tuvieron que ir obligados, en los expulsados de hoy. Uno está acá porque quiere, tiene ese privilegio. Ellos no tenían otra. ¿Cómo consumían estas horas? ¿Cómo consumían todas las horas? Acá se jugaron cinco partidos de la Copa del Mundo. Aunque Trump los ninguneó, los mexicanos -con razón- son y se sienten parte de la organización. Tienen orgullo de que haya sido así y de que ya hayan recibido tres citas ecuménicas del fútbol. En todos los bares asoma un televisor, pequeño o gigante, a toda voz, repitiendo jugadas y partidos que ya pasaron. Los comercios están ornamentados con banderas de los países participantes, las empleadas tienen ropa alusiva. Los futbolistas de la selección están en los carteles de la vía pública, son modelos de las principales marcas. Las paredes tienen murales, pintadas mundialistas; las plazas tienen esculturas, instalaciones, pasacalles. Millones de personas circulan por las arterias abarrotadas, pero nosotros nos sentimos solos.

 

México, no la ciudad de los museos y los monumentos, no la de los pintores y los escritores ni la de la música y los templos, México futbolera está golpeada. Ha quedado afuera del Mundial que con tanto ahínco organizó. Cuando todo arrancó se fue generando en el ambiente un triunfalismo falaz que infló las expectativas. Ahora que le tocó quedar eliminado a manos de Inglaterra, el dolor de la caída fue mayor, de más arriba, de cierto pedestal al que el equipo discreto que tenía no le había dado el derecho a aspirar. En el medio se fue generando una bola antiargentina que, como la polución del ambiente, se palpa en el aire. Estamos por vivir la final en la casa de un amor no correspondido. Nosotros les decimos que gracias por las letras, por el arte; ellos que Messi es “una marica” al que le pitan todo a favor. Nosotros les contamos que soñamos esta visita, que deseamos este país; ellos nos dicen que Argentina está en el partido decisivo de hoy porque compró a los árbitros.

El miércoles de la semifinal elegimos ver el choque con Inglaterra en el Fan Fest que se montó en la Plaza del Zócalo, la que fue Tenochtitlán, la de la casa de gobierno, la de la catedral, la de los grandes acontecimientos de la historia. Allí la FIFA puso la parafernalia comercial, el merchandaising, y México puso la tradición y la belleza. La conjugación creó un ambiente imponente.

 

Muestra alusiva en el Mercado de Artesanías de Coyoacán
Muestra alusiva en el Mercado de Artesanías de Coyoacán

Pensamos que como la cuestión era entre latinos y sajones, que como Inglaterra acababa de eliminar a México, no habría dudas, que nos uniríamos en un solo grito latinoamericano y que utilizaríamos al fútbol -ese que tantas veces el poder utiliza en nuestra contra- para fortalecer nuestros lazos, para hermanarnos. Ilusos nosotros. A medida que fuimos tomando lugar nos percatamos de que el clima no era el mejor. Adelante había un grupo agitando trapos celestes y blancos, pero eran los menos. Detrás de ellos, a los costados y en los alrededores, la multitud con camisetas verdes mexicanas, nos miraba de reojo. Sucedió que el 90 por ciento de las miles de personas que había allí, apenas los presentadores empezaron a anunciar el juego vitorearon a los ingleses. Tragamos saliva, quedamos perplejos. Unos minutos después, con los primeros planos del pantallón gigante enfocando a los jugadores que entonaban nuestro himno, una silbatina general y estruendosa se apoderó de la plaza.

Nosotros somos gente de paz, pero somos gente de fútbol. El nivel de fútbol en sangre sube cuando estás a las puertas de un acontecimiento que, solamente el fútbol, es capaz de brindar. Ser gente de fútbol en Argentina no es cualquier cosa, es un modo de ser, de actuar, de vivir, de heredar, una cultura identitaria.

 

Ningún partido nos resbala a nosotros. Pero este menos. Cantamos el himno fuerte, como queriendo tapar los chiflidos, miramos ese cielo en el que no creemos. Cuando arrancó vino la primera afrenta, esta vez no contra la patria, sino contra el fútbol mismo. Al tercer pase seguido que dieron los piratas empezaron a gritar “oleee”. Todos sabemos que “oleee” se grita cuando hay baile, cuando la cosa está tres a cero, cuando los otros no la pueden ni tocar. Los mexicanos no. Había gente que tenía paraguas para el sol pero los que estaban atrás y no veían empezaron a gritar que los bajen. Aquí hay tres horas menos que en Argentina, así que el sol de mediodía nos trepanaba el cráneo y los gritos de los mexicanos nos llevaban el calor por las venas desde los pies a la frente.

Antes del mundial, confieso, no estaba tan entusiasmado. Me pasó como a la Scaloneta. Fui engranando con el transcurrir de los partidos. Ahora, con la burla en la cara, me desconozco.  A ese que un rato antes veíamos como un hermano latinoamericano, al que lo hubiéramos invitado a cantar la de César Isella en un bar, le deseamos lo peor. Cuando terminó el primer tiempo cruzamos miradas, silenciosas, cautelosas. Y cuando Gordon metió el gol inglés nos festejaron en la cara, a los saltos, a los bramidos. Nosotros, buenos futboleros, pensamos que eran colonizados, desclasados, cipayos.

 

Publicidad institucional del gobierno de CDMX
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Ahí vale la pena detenerse. Un futbolero argento tiene que mezclar todo. Nosotros lo hacemos. Para nosotros Bellingham es Margaret Thatcher y Kane un gurka que amenaza a un soldado de la patria. No tenemos término medio. Jugar contra Inglaterra para nosotros es meter las cadenas en Obligado y preparar el aceite calentito para tirarles desde la platea alta. Así somos. Por eso ganamos esos partidos. Técnicamente no somos mejores que muchos, pero entendemos que es entre todos, que no son veintidos atrás de una pelota, que la vida después sigue, sí, pero que sigue mucho mejor si se la damos a esta caterva de piratas. Además, nos jugamos el lugar de dónde venimos. Lautaro Martínez lo dijo clarito después del partido. Venimos de los primeros botines, de los que nos regalaron los viejos privándose de otras cosas, de lo incomparable de jugar con y por los amigos, de las colectas para juntar plata para viajar que nos enseñaron la solidaridad, de soñar despiertos, de sentir que cuando un amigo llega, llegamos nosotros. Yo disiento con los que dicen que estos jugadores van solo por la guita. Es lo contrario. Ganan poco en la selección y arriesgan mucho, porque también es bien argento putearlos en la primera de cambios. Es ahí donde se despliega el espíritu amateur, el jugar por la gloria cuando no se tiene nada, el de ser la piel de los que nunca van a poder estar ahí.

 

Cuando se reanuda el juego después del baldazo de agua fría, es al revés. Me tranquilizo porque el equipo me da confianza. Soy futbolero, no como los que nos gritan al lado. Y me doy cuenta que lo vamos a empatar. Estoy seguro, pero falta poco. Estoy seguro pero angustiado. Cuando Enzo la empalma por todos y para todos levantamos los puños y gritamos y lloramos y nos abrazamos y no nos importa más donde estamos. Es una milésima de segundo de felicidad plena, de borrar todos los capítulos malos de la vida para quedarse a vivir en ese instante. Ahora, para cumplir con el manual falta una hoja: los futboleros argentos festejamos a las puteadas. Griten ahora la concha de su madre. Vamos carajo y la puta madre que los parió. Y que ya sabemos que son cagones y que lo vamos a dar vuelta. Y ahí viene Messi y mete el centro a la cabeza de Lautaro y ahí tienen otra vez, porque al Diego en el cielo lo podemos ver y porque ahí está mi amigo Coco que peleó en Malvinas. No está pero yo lo veo. Y no me jodan que mañana todo vuelve a ser igual, no se hagan los iluminados diciendo que por este gol nos venden la Hidrovía. No señor. No somos boludos (no todos) y sabemos que hay otros, fuera de la cancha, que hacen gambetas distractivas. Llega el final. Festejamos entre dos, solamente dos. Y eso sí que duele. Una soledad tan concurrida, diría Benedetti, que como era uruguayo capaz que también hubiera querido que perdamos. Abrazamos a nuestros amigos a lo lejos, no hay más nada que hacer en la plaza. Los mexicanos nos dicen por lo bajo que somos “culeros”, que esto nos salió bien pero que están listos para el domingo, para alentar a España.

 

A través de las redes sociales ya recorre el mundo la imagen de los jugadores con la bandera “las Malvinas son argentinas”. Pero ahora es otro día, “él” día, y eso parece que pasó hace una eternidad. La mañana de este domingo mexicano amaneció fresca. Aprovechamos para ver otra vez esos videos, para mirar los goles, para entrar en clima. Todavía no sabemos dónde vamos a ver el partido, pero sí tenemos claro que no vamos a ir al Zócalo. Antes de ayer hubo una rueda de prensa y la presidenta Claudia Sheinbaum también, con diplomacia, nos dio la espalda. Le preguntaron quién quería que gane y ella le trasladó la pregunta a los periodistas. La sala de prensa fue unánime. Todos levantaron la mano por los españoles. Cuando le insistieron a ella, que además anunció que va a estar presente en la final, dijo “que gane el mejor”. La bronca viene de partidos de mundiales anteriores donde Argentina eliminó a México y echó sal a la herida el operador político con micrófono Eduardo Feinmann. Cuando él agredió a los mexicanos los mexicanos sintieron que todos los argentinos los agredimos. La presidenta recogió el guante, le contestó y el dislate se amplificó. Al fin y al cabo, acá también se mezcla todo. Ya falta menos. No pidan frases sesudas ni presunciones literarias, que si no las encuentro en situaciones normales, menos hoy. En un rato sabremos si somos cara o seca, culo o suerte, asado o paella, campeones o catrina.




 
 
 

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