Tierra de charros, mariachis y tequila
- De Santa Fe A Alaska
- 25 jul
- 6 min de lectura

Por Claudio Turco Cherep
Esos mexicanos estereotipados de las novelas ochentosas o de las películas en blanco y negro no son de cualquier parte de México. Los charros con sus sombreros altos, los mariachis, el tequila, eso que nosotros asociamos a golpe de vista a la mexicanidad más pura, se ha extendido por todos los rincones pero es genéticamente del estado de Jalisco, al noroeste de la capital y de otros estados cercanos que se conocen como la región del Bajío. Guadalajara, por su magnitud, es el epicentro de ese modo de ser, de esa cultura “machaza” de los tragos y las comidas fuertes, del cantito para hablar estirando las últimas letras de las palabras, pero también de las peleas más trascendentes de la vida del país, desde las guerras independentistas hasta los tiempos de la revolución. Vamos a caminar por una urbe descomunal, que solo en su matrícula de anotados en la Universidad tiene casi los mismos habitantes que nuestra lejana ciudad de Santa Fe y que debe su nombre a una palabra árabe-andaluza, como una demostración de que la influencia de los moros aquí se hace notar, y que se puede observar en su arquitectura a cada paso. Los empedrados del Casco Histórico nos permiten sumergirnos en otro tiempo, que vale la pena compartir. Llegamos al atardecer, a la hora en que la gente quiere volver a su casa y los pasos son apurados, los puestos de comida liquidan lo que queda.
Desde que empezamos a cruzar México, uno queda impregnado de olores, casi siempre asociados a la comida. Y a las personas también. Nadie huele igual después de desayunar comidas con chile. Acá dicen que el olor predominante es a petricor, ese gusto tan particular que se palpa en el aire cuando la lluvia impacta contra el piso seco, sobre todo contra la tierra, antes de convertirla en barro. Mi olfato no es el mejor, de modo que todavía no lo percibo. Hay quienes dicen que lo sienten por las tardecitas como éstas, hay quienes, más “hater”, sostienen que eso fue de una época que ya no existe. Lo que sí es palpable es que hay tantas iglesias bellas como uno sea capaz de identificar. Nos dicen que hay 363 templos registrados, casi para recorrer uno por día y gastarse un año. Y que si tomamos todo el área metropolitana la cifra se extiende a más de 900, una cifra que en el mundo solo es capaz de detentar Roma. El primer impacto es el de la Catedral Basílica de la Asunción de María Santísima. Buena parte de su materia prima es piedra pómez. En 1818 un terremoto se llevó bastante de la edificación original y, para la reconstrucción, emplearon ese material más liviano, que pudiera morigerar las condiciones de un sismo. Desde 1932 a 2003 hubo seis movimiento telúricos y el templo resistió, pero hoy se considera en peligro. Será mejor que sigamos viaje.
Es una pena que el Teatro Degollado, que no debe su nombre a ningún cuello cortado sino al General de los liberales que ordenó su construcción, todavía esté tapado por la panelería del Fan Fest mundialista. Guadalajara albergó varios partidos y todavía se nota. Igual, no necesariamente hay que visitar un edificio histórico para transportarse hacia otro tiempo. En esta parte de la ciudad, las galerías con arcadas coloniales, techadas, los empedrados de las calles, los monumentos, el predominio contundente de la mezcla entre el gris y el marrón en las paredes parecen extraídos de una película de época. De otra época. Después de las iglesias, mandan las fuentes. Hay más de 200 en el municipio, notables, echando agua a través de sus figuras y refrescando una jornada que ha sido tórrida. Ahí también está la marca colonial, andaluza. En los inicios las fuentes estaban en puntos estratégicos, a los fines de que tomaran agua las personas, pero también para que se hidrataran los animales que se empleaban para el trabajo. Con el devenir de los años adquirieron un sentido que además de tener un motivo práctico, perseguían una estética. Aquí, vaya que lo logran. A mí me gusta la de “Los niños miones”. Está en la Plaza Tapatía, sobre una esquina, y me dicen que data de la década del ‘80.

Hay cuatro pibes hechos en bronce, uno orinando, los otros largando agua a través de una tortuga, una rana y por la boca, desnudos. Parece que lo están pasando muy bien y logran transmitir esa sensación de frescura y felicidad, de patio de la infancia con tinas y mangueras. Las fuentes expresan mucho de la identidad local. El recorrido se hace de oeste a este, bajando desde la Plaza de Armas hacia lo que fuera el viejo Hospicio Cabañas, otra construcción de los años 1800, de frente a una plaza empedrada y desolada que hace relucir más este edificio, que ahora es un museo y donde el gran José Clemente Orozco dejó 57 murales. Orozco no nació acá pero es jalisciense, de una ciudad a 120 km y, de muy pequeño, se trasladó con su familia a Guadalajara. Está bueno traerlo a colación porque no se puede visitar nada en México soslayando a sus artistas. Están presentes en los museos, claro. Pero también en las iglesias, en las esculturas y, sobre todo, en la calle. En cada barrio, en cada pared, en cada rincón libre, alguien en México está pariendo una obra de arte. Y es cierto también que, como en todo el mundo, también hay muchos sitios destinados a ganarse el mango a como se pueda. Si para muestra basta un botón, vale sumergirse en el Mercado de San Juan de Dios, una romería pero no cualquiera, sino la mejor.
Por más que afuera estén apostados los mateos con sus caballos y sus jinetes vestidos como charros, adentro se vende todo lo que se pueda, sea mexicano o chino, sea para comer o para tomar, para vestirse o caminar. Es el mercado más grande de todo el continente y tiene tres niveles. Es tan trascendente para el intercambio cotidiano que nadie es capaz de afirmar si Guadalajara nació antes que el mercado o al lado del mercado se erigió Guadalajara.
La oferta de tortas ahogadas, el plato típico tapatío, va bajando de precio a medida que pasan las horas. Los tacos, los chilaquiles, son devorados por los que salen de la faena y no van a aguantar el tiempo que les demande el modernísimo sistema de subterráneos hasta llegar a la casa. Hacia fuera del mercado, calle de por medio, está la zona chic donde se venden joyas (de eso hablamos en nuestro revista de suscripción) y del otro, detrás de la enésima iglesia, la plaza de los mariachis. Las opiniones acerca de la conveniencia o no de permanecer allí está dividida. Sobre una intersección de calles que forman un triángulo hay un monumento a un exponente de la charrería, que es el deporte nacional mexicano y que nació en Jalisco. Algo más allá, una figura gigantesca de un mariachi que, cuando aceche la noche, se va a iluminar para disimular que está hecho de alambre.
Que si nos quedamos puede ser una zona peligrosa, que si no nos quedamos puede que nos perdamos el show que cada barcito anuncia con la presencia de los mariachis. Lo mejor será preguntarle a los protagonistas. Cuatro charros de chaqueta corta color crema, pantalón al tono ajustado y sombrero tradicional apuran una cerveza, sentados, con las piernas abiertas y las manos apoyadas sobre su guitarrones, que reposan en el piso. Se muestran amables, con pocas palabras, las necesarias. Entre los integrantes del grupo hay desavenencias. Tomamos el consejo de los más veteranos, que nos sugieren que demasiado de noche no nos quedemos por el sector. Al fin y al cabo, ellos están ahí todos los días y por algo dicen que “más tarde se puede poner un poquito picante”. Picante, en México, siempre es más picante que en cualquier otro lado. Antes de irse apuntan que están disponibles para contratarlos para cualquier espectáculo privado. Vamos a desandar el camino para llegar al centro nuevamente. La Avenida Juárez, comercial, activa, tiene construcciones y negocios envejecidos. Una cosa es lo antiguo y otra lo envejecido. Lo antiguo vale por ser tan viejo, lo envejecido no vale porque podría estar mejor. Con el tiempo esos estatus pueden cambiar. Mientras, anochece. Desde muchos lugares se escuchan cantos de corridos. Vamos a buscar el tequila reparador que sea sedante para el descanso. Para el primer día ha sido más que suficiente.





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