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El Desierto de Sonora

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 8 ago
  • 6 min de lectura
Puesto de control en el límite entre los estados de Sinaloa y Sonora
Puesto de control en el límite entre los estados de Sinaloa y Sonora

Por Claudio Turco Cherep


El Desierto de Sonora es uno de los más extensos del planeta. Ocupa una buena parte de Arizona y California en los Estados Unidos, como también Baja California y el estado que le da su nombre en México. Por acá andamos. Antes de continuar es importante quitarle épica al asunto. Hay dos motivos por los que no vamos a perecer derretidos. El primero es que transitamos por zonas urbanas, el otro es que venimos desde Santa Fe, donde las iguanas también se ponen chancletas en enero. Aún así, el calor acapara la atención, condiciona el día y el andar. Hace algunos años la Nasa midió la temperatura del aire en un área de rocas volcánicas y el termómetro marcó 80°. Es lejos de aquí, un poco porque todo es lejos, otro porque ya dijimos que este terreno yermo es muy vasto. Tanto que así como hay miles de hectáreas despobladas, polvorientas, hechas de sequedad y cactus, también hay poblaciones que hacen las veces de postas ineludibles y están muy habitadas. Son oasis urbanos que se imitan a sí mismos, por eso de las edificaciones bajas, las calles anchas, las veredas amplias y arboladas con especies que siempre dejan la sensación que no se han podido terminar de desarrollar, que son apelmazadas en sus copas por la furia del sol. Las casas son más fáciles de ventilar, la amplitud de la acera permite que el calor no se encierre. Eso dicen, pero ni se nota.

 

Además del desierto, hay que sortear otro obstáculo. Para avanzar de un estado a otro en el noroeste las normas de seguridad se incrementan. Desde Los Mochis hacia Hermosillo se deja atrás el estado de Sinaloa para ingresar a Sonora, dos de los territorios más asociados a los cárteles de droga. En varios puestos camineros los perros de la brigada antinarcóticos olfatean las valijas, los vehículos, mientras los agentes, con ropa de combate, con armas largas, inspeccionan los papeles. En la frontera interestadual hay montada virtualmente una aduana, con personal militar, policial y de migraciones. Los procedimientos son similares a la entrada o la salida de un país. Las maletas pasan por un escáner y los pichichos otra vez hacen su trabajo. El trato es afable pero firme. Colectivos de larga distancia, camiones, autos particulares, aparcan para cumplir con los trámites que, aún así, no demoran demasiado. A pesar de que hay mucha gente, se impone el silencio del desierto, no se oyen voces fuertes, más bien murmullos. La mayoría de los soldados son varones jovencitos, con uniformes de colores diferentes, según la fuerza a la que pertenezcan. Se parecen unos a otros, en su andar lento, en su mirada apagada, en el armamento temible y sideral que portan. Debe ser difícil trabajar allí, por la situación de alerta permanente y también porque el desierto ciega.


Las calles de Hermosillo desiertas por las altas temperaturas
Las calles de Hermosillo desiertas por las altas temperaturas

 

Sostener la mirada alta y lejos es difícil. Hay un resplandor agresivo y, a la vez, un polvo finamente perceptible que el viento tórrido desperdiga por todas partes. Sobre el pavimento, la falsa imagen de agua en el horizonte es la que más impera. Ese espejismo, que la ciencia sitúa cuando el sol calienta sobremanera el asfalto y se calienta también el aire cerca del suelo, es recurrente. Se explica porque “la luz del cielo se dobla al pasar por ese aire hirviendo” y, sin ahondar en cuestiones físicas (sobre todo porque mi amigo Pablo Bolcatto está lejos), uno siente que no solo luz del cielo se puede doblar, sino que todo se puede derretir. Las ciudades del camino no son muy agraciadas pero son tan necesarias que uno se las rebusca para encontrarle sus encantos. Después de unas horas de andar, la idea desesperada de llegar a alguna parte sube las expectativas del destino cercano. Los Mochis, por ejemplo, está cerca de una bahía -la de Ohuira- donde tuvo su primer emplazamiento, de cara al Mar de Cortés. Tiene una historia interesante porque fue fundada por un grupo de socialistas utópicos que crearon un sistema de funcionamiento cooperativo. Con el tiempo, como buena gente de izquierda dura, dos sectores entraron en disidencia entre sí y un grupo se mudó al emplazamiento actual, donde claramente se llevaron la peor parte del paisaje.

 

Pero nuestro destino es Hermosillo, la capital del estado de Sonora. Afuera de su perímetro, bien marcado por montañas perpendiculares que se ponen doradas al atardecer, no se ve más que la inmensidad del desierto. Adentro, una paradoja, se desarrolla una urbe que orilla el millón de habitantes. Según la hora y aún con su superpoblación, la ciudad también puede parecer un páramo. La gente asoma bien temprano o bien tarde. El resto del día solo resta guarecerse de la sequedad, de los rayos del sol, de la claridad enloquecedora. En el centro de casas coloniales, en la periferia de casas bajas enrejadas y alambradas, durante buena parte del día no se ve un alma y apenas un enjambre de moscas díscolas da señales de que hay vida en estas latitudes. Al anochecer, el paisaje cambia de fisonomía, una brisa benévola contribuye a bajar algunos grados, las luces de las calles alumbran otro panorama. Los bares que ofrecen burritos percherones -comida típica de la zona- se visten con motivos coloridos, ponen la música fuerte y reciben a los hermosillenses que se quieren hidratar con cerveza, con tequila, con bacanora o con algunos de los tantos jugos locales como el de jamaica o el de horchata. Aunque las apariencias engañen, la gastronomía es destacada por los expertos en calificaciones como una de las mejores de México, que ya es mucho decir.


Parque Madero, Hermosillo, estado de Sonora, México
Parque Madero, Hermosillo, estado de Sonora, México

 

Por la lejanía y las características de la fundación, Hermosillo nos recuerda a muchas ciudades del sur argentino; por el clima no. En la época de la formación de los estados nacionales se ocupaban espacios en el desierto, fortines para acorralar a los originarios a tiro de Remington. Por estas latitudes se dieron procesos sincrónicos, años más, años menos. Los indios de la zona, los yaquis, resistían los embates del ejército. El gobierno creó una villa cuyo epicentro era una cárcel, o quizás creó una cárcel cuyo epicentro era un villa que fue creciendo y que, al despuntar el Siglo XX, ya contaba con unos 15 mil habitantes. Entonces vinieron los tiempos de la Revolución. Fundación y Revolución, frontera y justicia por mano propia, soledad y olvido, son palabras inescindibles para entender la cultura del norte mexicano. La biblioteca dice que estas son tierras de gente más conservadora, amantes del libre mercado como sus vecinos de un poco más arriba, tanto que el mítico Pancho Villa mordió el polvo de la derrota. Eso sí, no llegó a estar guardado en la cárcel fundante, la famosa Penitenciaría Estatal donde vivieron los últimos condenados a pena de muerte antes de que se prohibiera el método. En el presente, esa memoria es hoy el Museo Regional de Sonora, al pie del mirador del Cerro de la Campana y a unas pocas cuadras del Parque Madero.

 

A propósito de Madero, es el oasis del oasis. Si la ciudad se levanta en medio del desierto como un guiño a los desesperanzados, el Parque se levanta como un pulmón de 9 hectáreas para gambetear las puertas del infierno. El verdor en medio del ocre es un descanso para la vista y la arboleda que se interpone ante el cielo diáfano es un recreo necesario. Al oeste del respiro está el centro comercial del pago y más allá una ignominia viva, la colonia donde vivieron los inmigrantes chinos cuando fueron víctimas de un apartheid a la mexicana (en nuestra revista digital para suscriptores contamos la historia) del que todavía hoy se considera el acto de segregación y racismo más grande de México. No es mucho más que esto Hermosillo, ni mucho menos para nosotros que buscábamos atemperar la furia del clima. Ahora será el tiempo de marchar hacia Tijuana, otra escala antes de intentar el cruce de la frontera. Ese lenguaje ambivalente, ese clima de ser un poco de acá, un poco de allí, ya se palpa en los estados del norte. Muchos mexicanos que están ahora de este lado han estado del otro o sueñan con hacerlo. En el desierto hay pocos caminos pavimentados pero, al fin y al cabo, empiecen donde empiecen, todos terminan en los Estados Unidos.



 
 
 

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