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Qué tal Alaska

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
19 sept
6 min de lectura
Estación de trenes de Nenana, Alaska, EE.UU. (foto de Ximena Frois)
Estación de trenes de Nenana, Alaska, EE.UU. (foto de Ximena Frois)


Por Claudio Turco Cherep


Llegamos. Cuando estés leyendo esta nota quizás estemos por el Parque Denali, quizás por las calles mojadas de Fairbanks. A lo mejor, en uno de esos parajes de la Ruta 2 o a la vera de los ríos virulentos que bajan de las montañas eternamente nevadas. Puede que en una cabaña temiendo que los osos negros que esperan este mes para ir a buscar comida se topen en nuestro camino, puede que secando los pies empapados de una caminata por las hojas amarillas que tapizan el suelo a la vera de los lagos. “¿Qué tal Alaska?”, nos preguntan nuestros amigos, nuestra familia, quienes nos siguen en las redes sociales. Y nosotros en la pequeñez ante tanta inmensidad, en el tumulto de emociones que supone poner los pies a la cima de un proyecto familiar para el trabajamos varios años. De arranque, vale decir que la primera impresión no es la que cuenta. Cuando llegamos hacía calor. El verano se está yendo pero las temperaturas en algunos sitios son intensas. Solo dura un rato pero ni por asomo lo imaginábamos. Igual, no es para ilusionarse. El primer aprendizaje es que en Alaska el clima cambia de a minutos, varias veces. La cercanía con las cadenas montañosas, los mares gélidos, el choque entre masas de aire polar y aire templado, dejan al día en ebullición constante, un rato luminoso, otro nublado; un rato cálido, casi siempre muy frío.

 

“¿Y qué tal Alaska?” Qué tal la de la tundra o la de las ciudades principales, la de los parajes de cuentos de hadas en los caminos o la de los lagos que se preparan para congelarse, la de los glaciares o la de las cabañas calefaccionadas, la de los bosques de pinos y abedules de hojas perennes o la de los cerros nevados inaccesibles, la de los esquimales o la de los inmigrantes, la de las bases militares o la de la universidad, la de las auroras boreales o la de las noches eternas. Y cómo contar todo eso en un racimo de palabras, en una visita de unos días, en una aproximación leve a una vida milenaria. Y quién vive en Alaska. Los inuit que vivieron siempre y los que llegaron por trabajo duro, por exilio interno, por orden del gobierno. Y quién la visita. Los cazadores de auroras boreales, los fotógrafos, los cazadores de osos grizzlies o lobos, los milicos, los motoqueros, los marineros, los científicos, los avistadores de fauna, los amantes de la naturaleza, los “overlanders”. Y quiénes mueren en Alaska. Seguramente los que nos pudieron ir a otra parte. Y los que mueren a qué cielo van. A este que alumbra diferente, que se ve más cerca, que anochece durante seis meses. ¿Y hay infierno en Alaska? Entre la belleza rotunda y la hostilidad climática, entre la sencillez de las casas y la lujuria del paisaje, quizás el cielo y el infierno sean la misma cosa.


 

Pero vamos a lo terrenal. En la economía, en la vida cotidiana, en la disposición de las calles de las ciudades, en la construcción de una idea de patria y soberanía, Alaska es Estados Unidos por donde se la mire. 1867, ese año en el que los yanquis le compraron este territorio a los rusos por 7.2 millones de dólares, queda bien lejos. Los vestigios de la vida rusa se conservan en un pueblo que se llama Ninilchik, bien al sur, donde todavía no llegamos, donde tal vez no lleguemos. Ahí dicen que los más viejos hablan un dialecto materno, que los apellidos son rusos, que conocen palabras de la Siberia. Igualmente, no alcanzan a ser 800 habitantes. También puede haber alguna influencia religiosa de la que nos vamos a encargar en otra nota.  En todo caso, huellas leves. Basta con salir del bosque a la urbanidad para que los carteles no dejen mentir. Las banderas de Starbucks, Macdonads, Wall Mart, enseguida nos recuerdan que acá también es la civilización, que en la movilidad social ascendente de un gringo, sea en Nueva York o sea en el polo, el café, la hamburguesa y la pizza están garantizadas. Como en otros lugares de Estados Unidos que visitamos, la política no es un tema de la calle, no es conversación de bar; pero aquí se expresa en las urnas con claridad. Desde 1968 a esta parte todas las elecciones fueron ganadas por los republicanos.

 

¿Qué tal Alaska? Dejemos los colores de las banderas, vamos por los colores de los caminos. Deberán creernos que desde Santa Fe hasta aquí no habíamos visto una conjunción de tonalidades en los árboles y en las montañas como las de la ruta entre Fairbanks y Anchorage, que son las dos ciudades más pobladas, aunque ninguna de ellas es la capital. Anchorage es el punto de referencia para los arribados, pero Fairbanks ocupa el centro geográfico y es una especie de distribuidor de rutas, la última escala hacia el círculo polar. Como todo aquí es de amplitud, casi sin almas a la vista, la visión es ancha, interminable hacia los cerros. La ruta, donde abundan las casas rodantes y los camiones de flete, es una mancha gris entrometida entre miles de abetos blancos y abedules que, según la intensidad de la luz, ofrecerán una paleta de colores del verde al amarillo, brillosos, como si nos hubieran trasladado a un viaje místico. Más lejos, escalando las montañas, crece la adelfilla, un yuyo púrpura, matoso, que se satina entre los rayos solares. Y en el horizonte siempre acechan nubarrones oscuros que, además de aportar gamas de grises, avisan que en cualquier momento, esto que

por ahora es con febo asomado, se puede convertir en una lluvia veraniega.




Como férreos granaderos de la ruta acompañando comitivas con movimientos acompasados, casi siempre hay vías y ríos. El ferrocarril recorre 27 mil kilómetros en Alaska, casi el mismo tendido que de rutas. Pero sucede que solo un tercio de los caminos están asfaltados, que muchos están supeditados a los designios del clima y que el tren pasa a ser el único transporte esencial. Los pueblos que tienen estaciones se parecen a estudios de Hollywood, como por ejemplo uno que nos gustó mucho y que se llama Nenana. Es un caserío de condiciones de vida ruda, ahora mismo en verano, imaginen en invierno. Está sobre la ribera del río que tiene el mismo nombre y bien abajo de la ruta. Desde un puente carretero de hierro, gigantesco, se ve el poblado como una postal y, desde la estación ferroviaria de Nenana se ve el puente desde abajo, como si se tratara de una deidad. En Nenana hay unas cabañas con troncos gigantescos de una sola pieza, varias banderas de Estados Unidos que se mueven poco porque están casi cristalizadas por el frío, algunos barsuchos con las puertas cerradas por el frío con carteles de led que dicen “open” y gente curiosa como nosotros que baja para una sesión de fotos.  Todos los días a las 10.10 de la mañana y a las 6.25 de la tarde pasa un tren, el mismo tren, de ida y de vuelta. El pueblo se despierta en esos ratitos para luego seguir durmiendo un sueño perpetuo.

 

Otras localidades duermen menos pero en la calle no se nota. La piel duele, el sol quema, el frío cala, la vida es puertas adentro. Es muy difícil ver a la gente circulando de a pie. Hay más agite en algunos paradores turísticos de las rutas que en las propias ciudades. En los cascos urbanos las aceras son holgadas, las casas nunca están pegadas una de la otra, tienen mucho terreno. Por manzana hay un puñado de viviendas, de modo que es fácil ver más allá, hacia la otra cuadra, y hacia la otra. Casi siempre no se ve a nadie. Es una amplitud boscosa, agraciada por lo inquietante, lo intrigante. Cuando el viento mueve la copa de los árboles ese es el único ruido que se siente, junto al de algunos pájaros carroñeros o el golpeteo lejano de algún talador. Aunque hay colectivos urbanos, la mayoría de la gente tiene su propio vehículo, casi siempre 4x4. No es una ostentación, más bien una necesidad. Las zonas comerciales están concentradas en áreas determinadas y la circulación es casi nula. Aunque las avenidas están iluminadas, la noche -que tarda en hacerse presente en los últimos días de la temporada veraniega-  cuando irrumpe ofrece un tono fantasmal. El viento zamarrea las hojas y éstas, cadenciosamente, tapan las farolas de luz y generan sombras intermitentes. “Y qué tal Alaska?” Disculpen, quizás nunca lo sabremos.



 
 
 

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