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El futuro llegó

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 23 ago
  • 6 min de lectura
El Waymo, auto de alquiler sin conductor (foto de Ximena Frois)
El Waymo, auto de alquiler sin conductor (foto de Ximena Frois)

Por Claudio Turco Cherep


En San Diego todavía no funciona Waymo pero están haciendo pruebas de lo que sí ya es una realidad en Los Ángeles. Esperando el paso en un semáforo hay colectivos, varios autos de alta gama, una camioneta y un “Waymo”. Se lo puede distinguir de dos maneras. De lejos es un auto como todos, pero tiene en el techo una estructura negra que semeja a un sombrero mexicano. Ahí tiene censores y cámaras que van girando para alcanzar una visibilidad de 360 grados. De cerca, espiando por sus vidrios polarizados, se aprecia que no tiene piloto. Waymo es una empresa de tecnología de conducción autónoma, con inteligencia artificial, fabricado por Google y que se puede pedir a través de una aplicación. Se sabe las reglas de tránsito a la perfección y jamás comete un error. Es más barato que los taxis tradicionales, que de por sí son muy caros y, en viajes largos, dicen las propagandas que es más barato que Uber o Didi porque “no hay que dejar propinas”. Los Waymo son vehículos de la marca Jaguar, facheros, últimos modelos, con todo el confort. Cuando el semáforo se pone en verde, el Waymo acelera y se confunde con el resto. De no ser por su “sombrero”, nada hace suponer que no está tripulado. En el estado de California, donde hay 800 vehículos por cada 1.000 habitantes, ya circulan 1400 coches de estas características.

 

En Downtown, la zona céntrica de Los Angeles, por una vereda ancha, lacia, muchos jóvenes se mueven en monopatines eléctricos. Nos esquivan a nosotros, a un moreno que está filmando a una joven que baila y canta hip hop para generar contenidos, a unos pares de parejas de turistas, a algunos runners, a varios homeless de los 73 mil que la ciudad tiene censados. En ese andar, que pocas veces es apresurado, que tampoco es definitivamente descontracturado, también camina la acera un carrito, como si fuera de supermercado, pero más cuadrado y herméticamente cerrado. Pintado de verde y blanco, con rueditas pequeñas, frena si el tráfico peatonal se congestiona, avanza, esquiva, cuando llega a la esquina para hasta que el semáforo muestra un hombrecito blanco que indica que podemos cruzar. El extraño transeúnte se llama Serve Robotic y es parte de una flota de robots automáticos, como los Waymo, impulsados por inteligencia artificial, que hacen de delivery y entregan comida a domicilio o llevan encargos que se piden a través de aplicaciones. Por ejemplo, vos pedís tu vianda a una rotisería, transferís el pago y el amigo Serve la busca, la retira y te lleva a tu casa. Cuando llega, a través de la misma aplicación abrís la tapa del carrito, para que en el camino ningún avivado se quede con tu almuerzo.


El Serve Robotic, listo para reemplazar a los delivery (foto de Ximena Frois)
El Serve Robotic, listo para reemplazar a los delivery (foto de Ximena Frois)

 


Para pasear por Balboa Park en San Diego, el parque urbano más grande del mundo, se necesita tiempo. Hay un zoológico con 400 especies que, para cruzarlo de punta a punta, hasta tiene una aerosilla. Hay 16 museos, decenas de restaurantes, un jardín botánico, un teatro, un anfiteatro, entre otras atracciones. Al día van millares de personas que necesitan ir al baño. En una esquina, a la sombra de una arboleda, hay una estructura del material de los baños químicos, pero más grande y pintada con colores claros. Al costado de la puerta, que permanece herméticamente cerrada, hay un código de barra. Hay que escanear ese código y enviar un mensaje de texto a través del teléfono y por allí se recibe la orden de ingreso. Entonces la puerta se abre. Tiene un mingitorio, un inodoro, una pileta para lavarse las manos, jabón, papel higiénico y servilletas de papel. Si alguien permanece allí diez minutos, la puerta se abrirá sola. Si la estada en el baño, que ciertamente no es muy agradable, es de algunos segundos, uno puede pasar la mano por un censor para que la puerta se vuelva a abrir. A través de otro sistema de censores el inodoro se vacía y se limpia. Los baños inteligentes están desplegados por varias ciudades de Estados Unidos y son operados por una empresa que se llama Throne y que ya ha instalado 64 unidades solamente en la ciudad de Los Ángeles.

 

En algunos barrios de San Diego el agua de la canilla es tomable, pero un poco pesada, algo salitrosa. Una opción posible es comprar agua mineral en una tienda de cercanía, pero hay pocas porque los yanquis utilizan casi exclusivamente las grandes cadenas de supermercados. Esas tiendas, por escasas, suelen ser más caras. Y no siempre un “supermarket”, que vende agua más económica, queda cerca de casa. Entonces, los vecinos que prefieren no utilizar agua de su domicilio buscan alguna esquina donde haya máquinas expendedoras. Van con un bidón de 1 galón (aproximadamente 4 litros) y lo colocan debajo de un grifo. Una vez que depositan unos centavos de dólares por la ranura, el grifo se abre y completa la carga para que vuelvan a su chalet californiano con agua potable. Además de las máquinas que expelen gaseosas o paquetes de papa frita -algo que a nuestro pago llegó hace rato-, también las hay para comprar productos de limpieza para el auto, para obtener souvenires alusivos a la ciudad, para adquirir esos gorros que todos los norteamericanos llevan puesto hacia atrás, para tener shampoo y crema para el cabello y para cuánta cosa inverosímil se te pueda ocurrir. El trabajo de taxista, el de delivery, el de vender agua, está casi siempre en manos latinas. Ante la llegada de este nuevo universo laboral donde las máquinas reemplazan a los humanos, vale preguntarse qué será más temprano que tarde del trabajo de esos inmigrantes.


Restaurante en Balboa Park, San Diego, California (foto de Ximena Frois)
Restaurante en Balboa Park, San Diego, California (foto de Ximena Frois)

 

California, con 15,5 millones, es el estado que más vecinos de Latinoamérica alberga. El 40 por ciento de sus habitantes ha llegado desde México -la gran mayoría-, desde El Salvador o desde Colombia y otros países, para escapar de la miseria y, ya que estamos, cumplir “el sueño americano”. Los testimonios de cómo han llegado hasta aquí son estremecedores y los iremos compartiendo en otras entregas. La comunidad latina lleva adelante la mano de obra menos calificada. Limpia casas, atiende supermercados, maneja bondis, despacha hamburguesas, changuea en la construcción. La mayoría se ve seducida por una paga de 4 mil dólares al mes que en sus países de origen les permitirían vivir como bacanes. En eso nadie les miente. Una vez que se instalan, enseguida empiezan a ganar esa cifra, trabajando unas diez o doce horas por día, con paga por hora más algunas propinas y horarios de laburo fluctuantes. Entre el alquiler, los servicios, los impuestos y la comida, el sueldo se escapa como agua entre las manos. Si queda algo, irá como remesa para bancar al pariente que se ha quedado sin poder cruzar. Sin ir más lejos, el principal ingreso de El Salvador son las remesas de los migrantes. Y si aún así queda un saldito, la cuota de un auto usado, la adquisición de electrodomésticos, se llevará el resto.

 

Después de saltar el muro o pagarle a las organizaciones de coyotes para que los crucen, les toca sobrevivir al ICE. La temible policía migratoria, a la que Trump dotó de un presupuesto inédito, tiene que cumplir con expulsar una cantidad de “ilegales” por día. Los inmigrantes aprenden a diferenciarlos. Se mueven con una tranquilidad que en realidad es sigilo. Duermen con un ojo abierto. Más allá de que los agarren o no, el gran triunfo del sistema en el que se desenvuelven es que tengan que vivir con cierto miedo. Eso los hace más sumisos, con menos posibilidades de colectivizar alguna causa. Se agrupan en comunidades de compatriotas, pasan muchas horas distraídos en el trabajo y en el transporte de regreso a la casa o a la habitación que pudieron alquilar. Igualmente, una cosa es lo que se dice y otra la que se hace. Todos, incluido Trump, incluidos los matones del ICE, saben que hay un límite. Si los millones de latinos se confabularan para irse de la noche a la mañana, hasta el último sajón sabe que entonces no habría más fuerza de trabajo. Alguien tiene que hacer lo que los yanquis no están dispuestos. Lo están intentando con máquinas. El tema es que por cada waymo, por cada serve, por cada maquinita, hay alguien que está perdiendo un empleo que no habrá de recuperar. El futuro llegó y parece que es sin la clase trabajadora.



 
 
 

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