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Welcome to Tijuana

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 16 ago
  • 6 min de lectura

Por Claudio Turco Cherep


Hay una muchedumbre ruidosa y variopinta en Tijuana. Están quienes forman parte de las 130 mil almas que todos los días cruzan a Estados Unidos a través del paso de San Ysidro, ahí, a unas pocas cuadras; están quienes forman parte de los casi 2 millones que la pueblan; están quienes han llegado por temas de negocio, que los hay y muchos. En cualquier circunstancia y en cualquier época, a menos que utilices el avión, en el cuerpo quedan evidencias  de venirse hasta la “esquina de Latinoamérica”. El que lo hace lo siente. Lejos en el tiempo, los inmigrantes, los rancheros, los conquistadores del oeste; hoy día, aunque sea con rutas asfaltadas y con aire acondicionado, el desierto sofocante, la idea de confín del mundo. A propósito del desierto, desde Mexicali, la ruta es paralela a la frontera y, cuando se cruza el Río Colorado, como por arte de magia el clima se emprolija y la tierra deja de arder, se hace fértil. Eso es Baja California, el estado en el que Tijuana es el punto estratégico y su centro de distribución, sea para los que llegan o se van, sea para los que buscan la paz del mar y los viñedos hacia el sur. Cuidado con Tijuana. Detrás de la ciudad como último destino antes del sueño americano, hay historias que merecen la pena, como el auge en los tiempos de la Ley Seca, como el trabajo en las maquilas o los paseos en la legendaria Avenida Revolución.

 

Esta arteria ancha, de no más de diez cuadras, la mayoría peatonal, agrupa comercios, atractivos turísticos, hotelería, venta de artesanías y gastronomía, desde su nacimiento, en las narices mismas de la frontera, hacia el centro, donde concluye su derrotero un poco más allá del Palacio de Jai Alai. Y se podría decir que es hija del alcohol. Cuando en Estados Unidos se dio la prohibición, los gringos llegaban en masa a hacer verdaderos tours de chupandines, de whisky y tequila, haciendo próspera la zona y generando un derrame que pronto convirtió a la pequeña Tijuana en una urbe de proporciones. Pero, así como este paseo es la marca de agua de la ciudad, su huella digital, las otras calles no pueden decir lo mismo. El centro, de negocios minoristas abarrotados y venta de comida chorreante, se parece a cualquier otro de cualquier otro pago del continente. Los barrios alejados, lo mismo. En cambio, la producción local sí que tiene su ADN. Tijuana es conocida como la “Capital Mundial del Turismo Médico”, tanto porque a los vecinos yanquis les resulta más económico atenderse aquí, como también porque ha desarrollado tecnologías y avances en diversas ramas de la medicina que la posicionan a la vanguardia. En un año, 4 millones y medio de pacientes se atienden en este pago, y el 60% de ellos son residentes del país vecino.


Esquina típica de Tijuana (foto de Ximena Frois)
Esquina típica de Tijuana (foto de Ximena Frois)

 

Con tamañas cifras, los tijuanenses se vanaglorian de ser el lugar más visitado del mundo. Las estadísticas quizás exageren, pero las calles las avalan. En las horas pico, las veredas están atestadas y en el pavimento mandan los bocinazos y se imponen los atolladeros. La venta de tacos es un éxito, sean sofisticados, de restaurante, o al paso, en puestos esquineros. Entre esa gente que sale del laburo después de una jornada interminable, está quien se desempeña en alguna “maquiladora”. Son empresas contratadas por otras para elaborar determinados productos a medida o a pedido. El sistema funciona mediante un programa que se llama IMMEX que ha instrumentado el gobierno de México y que le permite a las contratantes -generalmente extranjeras- no tener vínculo con el personal o no invertir en infraestructura, a la vez que beneficia a las locales con una quita de impuestos. En Tijuana hay alrededor de 600 adheridas a este regimen y producen tanto en la electrónica como en la industria aeroespacial o metalmecánica. El sistema emplea alrededor de 400 mil personas, casi la población de la ciudad de Santa Fe, pero no necesariamente deja a todas las partes satisfechas. La paga mensual es de unos 600 dólares, que no alcanzan a cubrir la canasta básica, aún con rutinas de más de 10 horas de trabajo diario.

 

Para cuidar el dinero, este sector popular regresa a su casa en “calafía”. Si uno visita Tijuana, para decir que verdaderamente estuvo allí debe tomarse una. Es un sistema de transporte público que tiene un apelativo más pomposo que lo que ofrece como confort. En la década del 70 una empresa empezó a prestar el servicio tomando el nombre de una reina que era el personaje mitológico central de una novela épica del Siglo XVI. De ahí viene la palabra California y de ahí que el pueblo empezó a llamar con ese nombre al bondi que los devolvía al barrio cada día. Al principio eran colectivos pequeños, traídos desde Estados Unidos cuando yo no podían llevar más los chicos a la escuela. Hoy en día, pueden ser pequeñas combis japonesas, vehículos yanquis viejos reconvertidos, minibuses destartalados, o todo lo que la imaginación del dueño sea capaz. Subirse constituye una aventura en sí mismo, pero conducirla debe ser aún más. El chófer tiene que cobrar el boleto, abrir y cerrar la puerta, rogar que no se le caliente el motor en un parón de tránsito, estar atento a quién vaya a bajar o subir porque paran en cualquier lado y, además, manejar. Al fin y al cabo, como tantos, nosotros estamos de paso por aquí y nos contentamos con un par de cosas sencillas: haber podido sobrevivir a la calafía antes que nada, pensar que seguro será más difícil todavía cruzar la frontera hacia San Diego, nuestra próxima posta ya en Estados Unidos.


Fila para ingresar a Estados Unidos (foto de Ximena Frois)
Fila para ingresar a Estados Unidos (foto de Ximena Frois)

 

Al amanecer iremos al cruce San Ysidro. México ha sido una experiencia fascinante de 45 días y ocho meses después Alaska está más cerca, si logramos pasar ese punto con fama de conflictivo. Estados Unidos pide un trámite on line para quienes vayan más allá de San Diego o se queden una cantidad de días mayor a una semana. El sitio para acceder es bilingüe y hay que cargar datos de pasaportes y visa, además de transferir 30 dólares por persona. Una vez que el mandado está realizado hay que encarar hacia los puestos aduaneros. Hay un puente que va desde el Aeropuerto de Tijuana hacia la frontera que conecta directamente con San Diego. Es el primero binacional y de su tipo en América, pero nosotros los espiamos de lejos, porque no llegamos vía aérea. Para los comunes, la cola parece interminable, sea para vehículos, sea para peatones. La frontera es una comedia dramática cada día, según se la mire, según se la padezca. Hay decenas de artistas callejeros, personajes surrealistas, avivados que ofrecen cruzar más rápido por una paga no tan módica, cambiadores de divisa, transas y, miles como nosotros, que esperan en la fila. El espacio es menos imponente de lo que uno supone y la marcha de la hilera relativamente ligera y ordenada. No debe haber pasado más de media hora cuando, papeles en mano, avanzamos hacia la última puerta para exhibir nuestros papeles.

 

La cosa empieza a ser más expeditiva de lo que pensábamos. México no tiene la obligación de fichar en el pasaporte la salida del país, por lo que en breve un oficial de aduanas del gobierno de Estados Unidos nos indica, en perfecto castellano, que debemos pasar a legitimar físicamente el trámite que iniciamos de modo digital. Aquí ya no hay filas para esperar. En las ventanillas, donde también hablan español, corroboran que nuestros pasaportes y nuestras visas estén en regla y que los datos coincidan con los que ellos ya tienen en sus pantallas. Otras vez, no pasan más que unos minutos y nuestro ingreso queda sellado. Desde ahí avanzamos unos cien metros hasta el último control. Es un salón grande con cabinas tradicionales, como las de cualquier aduana. Allí vuelven a chequear la papelería y escanean los equipajes, quizás de un modo menos exhaustivo que el que suponíamos, más moderado incluso que en otros países que atravesamos. Los policías, el personal de aduana, la custodia privada, es mayormente latina. Mientras las maletas circulan por la cinta mecánica, a unos pocos pasos aguarda San Diego. Aparece un trolebús rojo, ploteado, que va hacia el centro. Se despliegan máquinas que venden gaseosas, boletos, paquetes, comidas, con tan solo poner una moneda. Insert coin. Hay altivas dos banderas, una roja y blanca con los bastones horizontales y un recuadro azul tachonado de estrellas; la otra con los colores de la cadena de comidas rápidas Mac Donald. Sí. Estamos en Estados Unidos de América.



 
 
 

1 comentario


lkobelinsky
17 ago

Excelente descripción. Gracias disfruto com cada entrega. Sigan con fuerza y alegría.

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