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El tren más difícil del mundo

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 1 feb
  • 4 Min. de lectura




Por Claudio Turco Cherep




Es el último cuarto del Siglo XIX y el Ecuador se polariza en miradas opuestas. Los liberales de la costa, los del puerto de Guayaquil, viven el auge del cacao y el de las ideas. Contrastan con los serranos de Quito y la zona, que hegemonizan el gobierno con ideas conservadoras hereditarias desde los tiempos de la colonia. El presidente Gabriel García Moreno piensa que algunos de esos pensamientos dispares pueden ser unidos por el ferrocarril. Se imagina una vía que conecte la costa con la sierra, el mar abierto y la montaña cerrada. Los viajeros se quejan de que atravesar esas geografías hostiles constituye un suplicio de robos y atracos, de tiempos imposibles.


La obra comienza. En medio de esos más de 400 km de rieles que se necesitan, hay un tramo, un tramito de apenas 12 km que tiene una montaña inexpugnable, un mastodonte vertical de roca sólida con barrancos de cientos de metros y la confluencia de los ríos Guasuntos y Alausí. A ese pico le llaman la Nariz del Diablo y no está dispuesto a ceder. En otros vericuetos del recorrido los ingenieros han podido vencer a la cordillera. Han hecho vías en recovecos imposibles o en laderas angostas, pero aquí es imposible. A García Moreno lo han asesinado en Quito y el siglo XX despunta. Pero para el presidente Eloy Alfaro también hay que horadar la roca como sea.


Esta mañana plagada de nubarrones que suben y bajan de las montañas haciendo sentir su localía podemos dar fe que la fuerza de la convicción y el trabajo muchas veces inhumano lo lograron. El tren más difícil del mundo va a salir desde la estación de Alausí y va a mostrarle al mundo que ha sido capaz de vencer a la temible montaña de Pistishí. Y al mismísimo diablo. Anoche, una noche de tinieblas, nos han contado que Satanás se opuso a la construcción del ferrocarril en esas comarcas y que mostró su enfado a su diabólica manera. Hizo mover las rocas y dejó su marca en forma de nariz. Durante mucho tiempo Lucifer mataba a los que rodeaban al cerro. Pero para leyendas, lo mejor es abordar el convoy.


Turistas extranjeros de ojos saltones y piel sin curtir, jubilados invitados por la organización, niñas atónitas, pasajeros con años de recorrido, nos acomodamos en la formación de vagones rojos de Ferrocarriles Ecuatorianos. Pero nada es lineal. La historia es un zigzag similar al tren más difícil del mundo y, cuando la desgracia neoliberal se apoderó de los pueblos de nuestro continente, el tren cesó. Lo que vamos a gozar ahora es parte de una lucha de la comunidad de Alausí por volver a ser y que tuvo su recompensa en agosto de 2025, cuando el tren volvió a circular.


Cuando don Luna, un gigante decidido y de gesto adusto toca la bocina de la locomotora, al ingeniero Carlos Rubio, alma del proyecto del regreso de los rieles a la zona, deja escapar una sonrisa de satisfacción. Cuenta con orgullo que la zona que gobierna el alcalde Remigio Roldán ya no es la misma. Que hay más bares, que hay más trabajo, que hay más visitantes. El tren ha reactivado la economía de una zona que había quedado magullada desde la década de los 90 del siglo pasado. Empieza el traqueteo hacia lo indescriptible. Vamos a salvar 500 metros de altura en zigzag, con dos paradones donde el tren volverá sobre sí mismo en un ángulo imposible, siempre con el precipicio a un costado, donde en el fondo se pueden ver las aguas cristalinas y el lecho pedregoso del río Chanchán.


Las montañas silenciosas no logran acallar la memoria de los que tuvieron su infierno para que nosotros podamos vivir este paraíso. La construcción del Tren más Difícil del Mundo se hizo a costillas de la sangre de obreros esclavos jamaiquinos, haitianos, de la isla de Barbados que llegaron bajo la promesa de la libertad cuando la obra concluyera. 2.500 de los 4.000 trabajadores que penetraron la montaña con dinamita murieron en las explosiones, o picados por serpientes, o por pestes. La misma suerte corrió la mano de obra de pueblo originario que también vio chorrear su sangre al fondo del río Alausí. De los sobrevivientes, ya libres, se cuenta que se marcharon hacia la zona costeña, más amigable con el clima que conocían de sus puntos de origen.


Cuando el tren llega a la estación de Pistishí, hay una parada recreativa desde donde se puede ver perfectamente la Nariz del Diablo. La gastronomía local, los trajes ancestrales, la danza, se convidan con la simpatía y la parsimonia que solo se pueden conseguir en la serranía ecuatoriana. Ahora la altura sobre el nivel del mar es de 1800 metros, con lo que la respiración se hace más aliviada. En un rato habrá que partir nuevamente hacia Alausí, que tiene bien ganado su apodo: “pueblo mágico”. Aún quedan 45 minutos de un recorrido de dos horas y media que, por su intensidad, se parecen a una jornada más extensa. El retorno es más cansino. Tenemos tiempo para pensar que tanto para matar como para construir, si se lo propone, el hombre es capaz de hacerlo aunque sea preciso enfrentarse con el diablo.

 
 
 

1 comentario


Prossetti0012
01 feb

Espectacular 👌

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