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El Valle de las Hamacas

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
14 jun
6 min de lectura
Vista de la Catedral de El Salvador desde las terrazas de la Biblioteca Nacional
Vista de la Catedral de El Salvador desde las terrazas de la Biblioteca Nacional

Por Claudio Turco Cherep


La entrada a El Salvador, desde Honduras, es un trámite sencillo. Ambos países -junto a los otros vecinos Nicaragua y Guatemala- forman parte de un acuerdo regional más amplio que incluye cierta laxitud aduanera con sus más cercanos. Este paso que vamos a atravesar es El Amatillo, un Puesto Fronterizo Integrado que se inauguró en 2023. Medio siglo atrás, las rivalidades entre hermanos, la guerra reciente, hubiera hecho imposible la convivencia. Ahora el intercambio cotidiando impera por sobre peleas viajas y ajenas. Sin ir más lejos, en la zona de Nahuaterique, del lado hondureño, a unos 180km de aquí, los habitantes pueden elegir de qué país quieren ser. Después de los conflictos de 1992, la zona quedó del lado de Honduras pero la mayoría de sus habitantes eran de El Salvador. Y entonces llegó el fallo de la opción de nacionalidad. Ese ejemplo grafica bien aquella zona, pero también a ésta y a muchas otras de frontera. La idea de ser de un lado o de otro es bien difusa. El Amatillo tiene al río Goascorán, marrón y correntoso, entre ambas naciones. El edificio donde funcionan las administraciones aduaneras no es lujoso pero le alcanza para contrastar con el entorno. Aquí sí no hay diferencia. Tanto del lado de Honduras como del lado de El Salvador, al costado de la ruta -y casi dentro de la calzada también- hay decenas de puestos gastronómicos, todos de chapa, con toldos bajos, poco iluminados, que ofrecen comida humeante, tentadora más por sabores que por aspecto. Y barata, porque en la economía dolarizada salvadoreña todo se ofrece “al dólar”.

 

Un rato después estaremos camino a San Salvador, la capital salvadoreña. Cuando hablamos del bloque regional hay algunos puntos comunes: la pelea constante contras los avatares de la naturaleza y la pobreza estructural, el sueño americano como imaginario colectivo y la fuerte impronta religiosa. También hay diferencias notables sobre cómo afrontar el gobierno, entre izquierdas y derechas, moderados y extremistas, según se mire en Nicaragua o por estos lares. A propósito de estos últimos, es imposible hablar de El Salvador sin detenerse en la figura de Nayib Bukele. Su fama trascendió estas latitudes. En Panamá o en Colombia, en Honduras o en Costa Rica, los enojados con la violencia cotidiana repiten que “acá hace falta un Bukele”. Porque hay un punto en común que tampoco se puede soslayar. Los países centroamericanos tienen altos índices de criminalidad, están arriba en mediciones mundiales, sus pobladores tienen zonas de circulación cada vez más acotadas porque los barrios y los caminos están tomados por la mafia. Y Bukele puso a El Salvador como la excepción de la regla. Esa jineta no se la quita nadie, como nadie le pregunta en voz alta sobre las garantías constitucionales suspendidas. Además de pedir por un Bukele, la frase más común de la calle es que “acá no se podía vivir más”. Vale bucear desde cuánto tiempo a esta parte “no se podía vivir más”, para tratar de comprender. (en nuestra revista para suscriptores hay más sobre este tema)

 

Las dictaduras de los ‘70, la guerra civil hasta el acuerdo de Chapultepec en 1992, la sucesión de gobiernos del Farabundo Martí y de derecha que no dieron soluciones, acumularon más de medio siglo con más de 75 mil muertos y desaparecidos. Demasiado para un país tan pequeño. Ahora, ya instalados en la capital, se percibe el cambio de época. Hay muchos militares en la calle con armas largas, policías con uniformes varios, según la sección que representen. Lo que para nosotros es impactante, lo que nos trae reminiscencias no deseadas, para los locales es lo que andaban necesitando. Dos de cada cien salvadoreños están presos, muchos en esas cárceles que fueron tan publicitadas y recorrieron el mundo, con la multitud de integrantes (o supuestos integrantes) de las Maras Salvatruchas agachados, rapados,  semidesnudos, casi en estado salvaje. Además de la política casi de “fumigación” del delito, el modelo muestra otras caras que se perciben en el andar. El centro capitalino, aunque todavía no lo consigue, busca un aura que lo haga parecer a otras ciudades más lejanas, a la medida del presidente, bien contracturado, despersonalizado, con amague de “desideologizado” para confundir, eficiente a la hora de lograr el objetivo. La vieja arquitectura colonial está siendo reemplazada por edificios futuristas, vidriados, más mundanos, menos identitarios.

 

Puestos de venta callejera en la frontera entre El Salvador y Honduras
Puestos de venta callejera en la frontera entre El Salvador y Honduras

La gente de a pie es amable en El Salvador. Saludan al paso por hábito, tienen la sonrisa a mano, caminan a tranco lento. El centro histórico tiene dos plazas principales. Una es la que tiene el palacio de gobierno, la Catedral y la Biblioteca Nacional, donde proliferan los visitantes. Este último, un edificio descomunal de siete pisos, fue financiado por el gobierno chino. Bukele se abraza con Trump pero no come vidrio y también guarda una balanza comercial interesante con los enemigos del Tío Sam. El otro espacio -no espacio verde porque predomina el cemento- está a doscientos metros y tiene el pulso local. Vendedores ambulantes, jubilados en conversaciones eternas, colegiales en bicicleta, dan una impronta más añeja y localista. Enfrente está uno de esos mercados tan latinoamericanos, donde se vende comida o ropa, repuestos de autos o electrodomésticos, y por donde pasa la vida misma. Un par de manzanas más allá está el contraste total. Se puede ver una casa reciclada y en su umbral algunas personas tiradas, deshechas, vagabundas. Se puede ver un edificio a medio terminar y un puñado de pibes con la mirada extraviada. Se puede ver, pero lo ideal es que no se vea. El centro, a diferencia con los países vecinos, es un lugar vedado para la venta. Lo que en el continente es parte del acerbo cultural, acá se expulsa hacia lugares menos visibles. Como se dijo, a la mirada de afuera, estos rincones podrían ser los rincones de cualquier ciudad, incluso de Europa. O al menos eso se persigue.

 

La mayoría de los habitantes de El Salvador vive aquí, en la capital y su conurbación. Pero muchos viven en Estados Unidos. 2.5 millones tratan de cumplir el sueño americano. No sabemos si lo logran, pero la economía del país lo agradece. El principal ingreso son las remesas que cada quien manda a un familiar, puntualmente todos los meses. La calle Rubén Darío, peatonal en algunos tramos, llamada Roosevelt más arriba, lleva a los lugares en donde no necesitan vivir de lo que les mandan. Hay zonas donde las cadenas de hoteles, de comida rápida, de café o de ropa, salvo que uno mire hacia las montañas o los volcanes circundantes, dan la sensación de caminar por algún estado norteamericano. Para muchos, de alguna manera El Salvador lo es. Con su dólar como moneda legal, con su voluntad gobernante de parecerse. Sea en los barrios bajos o en estos otros, también podemos pensar que caminamos por alguna callecita argentina. Las pibas y los pibes, las “guanacas” y los “guanacos” -que así les llaman- tienen el fútbol en la piel. Y como la selección local no participa del Mundial, es notable cómo se ponen la camiseta de nuestro seleccionado. La de Messi, la del Dibu, la principal, la alternativa, proliferan en las avenidas como los árboles de mango o los puestos de venta de pupusas.

 

Ahora, como muchos de los últimos días, el clima que mencionamos al principio dio que hablar. Sobre el Pacífico se desató la tormenta tropical Cristina. Las lluvias trajeron inundaciones, algunos derrumbes y anegamiento. Se suspendieron las clases y El Salvador se privó de mostrar que no es solo un país con cárceles donde el hacinamiento alcanza el 261%. También cerraron los sitios arqueológicos donde se puede revisitar la cultura maya o los parques nacionales de una belleza calificada. Vale contarlo porque lo que en muchos lugares es la excepción, aquí es la regla. La tragedia natural puede venir vestida de terremoto, de erupción volcánica o de huracán, de noche o de día, pero siempre está latente. Hace unos días también tembló la tierra y nos levantamos con un sismo escala 5.3, un montón para los que venimos de la llanura, una mueca leve para los que saben que son parte orgullosa de El Valle de las Hamacas, esta zona del globo terráqueo entre dos placas tectónicas que viven en movimiento. Las estructuras nuevas están diseñadas para superar estas contingencias. Las casas de los barrios, coloridas, suspendidas en los morros o a la vera de las avenidas, con pasillos profundos, tienen rajaduras, marcas dejadas por los movimientos telúricos. La marca del proceso político que está llevando adelante El Salvador se verá con el tiempo.


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