Frontera de perros
- De Santa Fe A Alaska
- 6 ene
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Por Toto de América
Quería compartir con ustedes mi experiencia para cruzar mi primera frontera. En realidad no fue la primera, porque antes ya había estado en Brasil. Solamente que eso fue más distendido. Es más, si yo no hubiera tenido papeles, de Paso de los Libres a Uruguayana pasaba igual, como dice esa canción que canta el Pampa Benaglia, un amigo de mi familia, “contrabandista e’ frontera, oficio macho, se sabe”… Yo hubiera hecho banda con algunos chuscos de la zona y me las arreglaba. El tema es que no hay comparación. Acá en el Paso de Jama te la ves con los carabineros chilenos, que tienen bien ganada fama de picantes.
Debo decir que la altura no me ha golpeado demasiado y que llegué al límite con Chile intacto. Unos días antes de viajar tuve que pasar por cosas que, de no ser por mi supremo interés de conocer Alaska, no hubiera permitido. Me crié escuchando que “mi cuerpo es mi decisión”, pero resulta que me introdujeron un chip en el lomo como si fuera un protagonista de Black Mirror. La veterinaria me pasó un escáner y todos mis datos aparecieron en su computadora. Me desparasitaron, me vacunaron, me llevaron al Senasa como si yo fuera un chorizo casero y casi que violaron mi secreto bancario. Todo porque me lo iban a pedir en la frontera.
Cuando me enfrenté con el agente del SAG, el Servicio Agrícola Ganadero chileno, no te voy a mentir que lo miré con un aire sobrador. Le tiré mi prosapia de raza con la mirada y me pertreché en el mostrador como diciendo “dale, pedí todos los papeles que quieras”. Era un pibe joven, quizás más joven que yo en apariencia. Una cosa que me molestó es que tuviera anteojos oscuros en un lugar cerrado. Alma de botón, pensé. Y no se crean que le erré por mucho. Empezó a sacar cuentas entre mis últimas vacunas, mi pastilla antipulgas y mi desparasitación y concluyó en que los tiempos no daban. Para entrar a un país, piden que estos requisitos veterinarios se hagan con antelación, pero cada uno tiene fechas distintas.
En el caso mío, había 6 horas de diferencia pero el muchacho, no solo que no me quería dejar pasar, sino que nos dijo algo así como “la ley está para cumplirla”. Lo que yo interpreté es que él creía que todos los argentinos nacimos para infringir la ley. Me calenté, pero tampoco es que le mostré mi enojo. No lo hice porque la cosa se iba a poner peor, pero también porque si me tengo que defender a los mordiscos no soy de los perros más compadritos, en honor a la verdad. La cuestión es que pasaron varios minutos. Para nosotros, los canes, el tiempo es diferente, porque ustedes nos ponen siete años encima cada vez que pasa uno, con lo cual, yo no puedo esperar demasiado porque se me va la vida.
El anteojudo fue a buscar al jefe y volvió en un rato que a mí me pareció una eternidad. Pero primó la cordura y el jefe hizo valer el espíritu de la legislación. Contempló el esfuerzo que yo había hecho, pero además, mi voluntad de estar ajustado a derecho. Y entonces me firmó un papel, no sin antes decirme que me daba un plazo de 61 días para permanecer en Chile y que luego iba a tener que abandonar el país. Yo moví la cola como para que pensara que me había hecho gracia y me mordí los ladridos para adentro pensando que antes de estar dos meses en un lugar donde me iban a tratar así, me hago pekinés o caniche toy. También pensé para qué mierda me puse el chip, si no me lo pidieron. Ahí nomás dDi media vuelta y me fui. Pero eso sí, antes de subir otra vez a la camioneta y sin que me vea nadie, levanté la pata y les dejé bien meado el lateral izquierdo del mostrador.




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