Historias de San Francisco

Por Claudio Turco Cherep
San Francisco es un lugar caro para vivir. Sus estándares son altos y se destaca no solo en Estados Unidos sino en el mundo. Pero por caminar no se cobra nada. Es más, es como ir al gimnasio. Las colinas se ensañan con nuestras piernas y nuestro oxígeno magro, nos facturan la falta de entrenamiento, quizás los años. Eso sí, vale la pena. Parece una ciudad diseñada para que desde cada esquina pueda haber una vista atractiva, con espacios verdes, con avenidas anchas. Cuando estás llegando con el último aliento a lo alto de una calle, cuando la puteada está a flor de labio, siempre el horizonte te ofrece un panorama alentador. Y ojo, no es la utopía para caminar más. No, señora. Nada de utopías porque acá es el capitalismo y en el capitalismo los sueños se cumplen. Apenas un puñado de homeless cerca del edificio del ayuntamiento, que naufragan por el paseo de las Naciones Unidos, quizás afirmen lo contrario. Y, francamente, sería injusto negar la belleza, así que hagamos como todos aquí, sigamos caminando. A perderse en los parques cuidadosamente diseñados, con perros paseando que, de tan prolijos, ni siquiera hacen caca, con arboledas de pino gigantes, con vistas extraordinarias. Y, sobre todo, vayamos al puerto, porque la bahía es bellísima, porque el aire de este mar calmo devuelve las energías que se van en las calles empinadas.
En algunos lugares los yanquis viven como en una kermese permanente. Este sábado por los muelles es un buen ejemplo de eso. El espacio, desde la última calle hacia el paseo costanero que bordea la bahía, es amplio. Todo cabe allí. Una chica vestida de negro que tiene una víbora enroscada al cuello y ofrece fotos con el ejemplar de pitón por una propina. Un afro entrado en años que entona melodías de Los Beatles. Un padre que abandonó la idea del cuerpo hegemónico y sale con sus hijos con la barba y la remera manchadas de queso cheddar de una de las tantas hamburgueserías. Un mexicano que vende burritos y taco al paso bajo un toldo improvisado. Un grupo de morenos que desfila con autos antiguos tocando bocina, escuchando rap a todo volumen y haciendo gestos ampulosos. Un parque de diversiones con la infaltable vuelta al mundo. Una casa de venta de productos esotéricos, una de infinitas variedades de marihuana, otra de pinturas alusivas, muchas de pilchas baratas con inscripciones del lugar. Un aspirante a prestidigitador haciendo trucos de magia a cambio de dinero apostado. Un predicador evangélico que regala folletos explicativos de la vida en el más allá. Un amante del colesterol que vende chorizos envueltos en panceta con papas fritas y verduras salteadas en grasa. Un puesto de peluches, uno de caramelos de goma, otros de churros.

Al cabo de unas horas uno no sabe bien si vio la isla de Alcatraz, nítida, ahí enfrente, o si estuvo preso allí. La vista es siempre a 360° y por momentos se satura. Cuando se busca reposo en el mar, ahí frente al muelle 33 se despliega la estructura de lo que fue el penal más temible del planeta, el que alojó a Al Capone, el de la leyenda de inexpugnable. Y a un costado el Golden Gate, que ya se ha destapado de la cobija de la bruma de la mañana y se deja ver a pleno. Y del otro, el puente de doble piso que cruza a Oakland. Y para abajo, el subterráneo que se mete cuarenta metros debajo del mar. Y para el cielo los aviones que dibujan nubes angostas de estela hasta perderse en la bastedad del océano. Y calles arriba, las torres del centro, piramidales, vidriadas, rectangulares, romboides, circulares, las que quieras. Ayúdame a mirar. Hay algunos circuitos turísticos inevitables. De hecho, venimos de Lombard Street, una calle en zig zag que data de 1922 y que fue construida con ocho curvas cerradas en cien metros para salvar una pendiente cuantiosa. Sin embargo, seduce mirar a la gente, esa torre de Babel en movimiento constante, esa muchedumbre que siempre tiene algo en la mano, que va comiendo, que compró regalos, que compró puchos, que compró bebidas. Que compró, siempre compró. Nadie para de andar ni de comprar.
Es hermosa San Francisco. Ya sé que lo dijimos, pero no alcanza. Hay que decirlo muchas veces. Los que conocen mucho dicen que está entre las mejores ciudades norteamericanas. Del mundo también. A golpe de vista, han de tener razón. Cuando el físico no aguante vamos a tomarnos un tranvía sacado de un anticuario, que todavía funciona de manera manual. Ojalá el que maneja no haya fumado hierva, que todos acá fuman, porque el cambio de vía, la vuelta al final del recorrido, es como antes, a cálculo del motorman. Pero eso quedará para después, porque por ahora podemos seguir caminando hacia Chinatown, que está aquí nomás, a unas cuadras de estos muelles eternos. Son cuadras largas, pero pocas. Nada de la cuadrícula española. Es mejor no medir en cuadras. Es mejor no medir, porque además hay que hacer la conversión de acres, millas y demases. Caminar y caminar.
Así como en las ciudades más sureñas de California todos son latinos, en San Francisco se destaca la comunidad china. Dos de cada diez vecinos de esta comarca son chinos. La colonia china es influyente en la vida política de la ciudad. Las campañas políticas buscan el voto chino, los carteles en la vía pública están escritos en inglés y en chino. El aporte que hacen a la economía es de una cifra
con muchos ceros a la derecha.

Igual, casi que la economía no es un problema aquí. 24 millones de turistas dejan 10 mil millones de dólares cada año. Vienen desde otro países o desde otros estados, a congresos, a capacitaciones en tecnología o a pasear, a conocer la ciudad que -les dije- está entre las mas hermosas. También llegan para celebraciones masivas. Por ejemplo, en “El Castro”, el barrio emblemático de la comunidad LGBTQ+, se lleva a cabo la “Castro Street Fair”. Cada vez se llegan hasta el primer barrio de la diversidad que hubo en Estados Unidos unas 70 mil almas. En situaciones extraordinarias han sido hasta 300 mil. La misma comunidad tiene la “San Franciso Pride”, mucho más masiva aún. Y se puede contar el Desfile del Año Nuevo Chino, el Carnaval o el Outside Land, en los más variados géneros y para todos los públicos posibles. Todas estos acontecimientos podrían suceder en simultáneo si se lo propusieran, porque la infraestructura sobra, porque es probable que ni siquiera unos se enteraran de la existencia de los otros. Igual, si hablamos de números, es chiquitaje. En el conurbano sur de San Francisco está Silicon Valley, un conglomerado de ciudades donde tienen sede las principales corporaciones tecnológicas del planeta, donde se pergeña el futuro, donde se reparten el mundo que está por venir. Ahí se manejan los números en serio.
Pero no es nuestra idea competir con Peter Thiel ni con Elon Musk. Nuestro objetivo es terminar el día consiguiendo un pedazo de bife, terrenal, argentino. Dicen que en avenida Mission vamos a conseguir. Allá vamos. La zona deja de ser turística, la gente no anda por andar, sino que se dirige a alguna parte. O vuelve del trabajo, o salió a hacer las comprar del hogar. Los carteles no están en chino ni en inglés, sino en español. La comunidad latina, siempre mayoritariamente mexicana, vive allí. La fisonomía de los chalets californianos, a pura madera y durlock, se resigna un poco a mano de viviendas más precarias, no menos habitables. La pulcritud blancuzca y sajona puede esperar. Los productos se exhiben en la calle, frutas, verduras, fritanga por doquier. Francamente, lo estábamos extrañando. Ese alboroto no es totalmente salvadoreño o mexicano, no alcanza para hondureño o colombiano, pero tiene rasgos, que no es poco. Es como un medio camino entre los que no se resignan a las costumbres del origen pero están adaptados a las nuevas normas, tan corteses, tan norteamericanas. Los barrios de las comunidades son la puerta de entrada para los recién llegados, el primer empleo, el lugar de “ablande”. Ahí vamos, aunque no todas las historias terminan bien. Es hermosa San Francisco, pero el cartel de “20 dólares la libra” que está clavado sobre un bife grueso nos borra la sonrisa ancha que termina apenas en una mueca.





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