La colombianidad al palo
- De Santa Fe A Alaska
- 8 mar
- 5 Min. de lectura
Por Claudio "Turco" Cherep
Ahí abajo, a 70 u 80 metros, están los meandros del cañón del río Patía acompañando acompasadamente los recovecos de la ruta. Ahí arriba, a cada lado, la pared montañosa de barba verde frondosa. En el medio, a cada paso, en cada pueblo, la colombianidad sabrosa y desordenada que hacen único el recorrido desde Pasto, en el Departamento de Nariño, hasta Popayán, en el departamento Cauca. En el GPS son 243 km, en la camioneta sufrida son 7 horas, en el cuerpo son cansancios de muchos días, en la cabeza, una explosión de colores, sabores, voces y sensaciones. En lo que parece solamente un camino empinado, hay una identidad, una cultura.
Hay algunas cosas que no andan y, creeme, eso es una manera de andar. Lo vamos a comprobar enseguida nomás. Después de atravesar el túnel de Daza, una maravilla de 1.6km casi a oscuras, por las entrañas de un macizo tenebroso, llegamos a Chachagüí. La prueba de tanque lleno tiene sus bemoles. El interruptor automático del surtidor tiene dos opciones: o no funciona o nunca estuvo. El amigo que carga el combustible tiene dos opciones: o no sabe que no funciona o no le interesa demasiado. Pero aquí en Colombia solo hay que esperar que las cosas sucedan. Cuando la carga rebalsa por todos lados tenemos la comprobación.
Chorreando y ante la atenta mirada de otros tres playeros estamos listos para seguir. Eso también es una constante aquí. Casi nada es de a uno. Cualquier actividad, el trabajo, la conversa, lo que fuere, tiene varias personas participando, con opiniones, con calidez, con sentido del humor. Y vaya que lo vamos a necesitar. Enfrente también nos miran. Aunque es bien temprano, hay varios paradores donde ya se desayuna caldo de costilla o huevos pericos con arepa. Hay algunos que acompañan el arranque del día con un porroncito bien frío, que nosotros también espiamos, un poco con asombro, un poco con envidia.
La marcha continúa, ascendente unas veces, con el motor que se queja pero responde; en bajadas pronunciadas en otras, con el freno que recibe ayuda de las mandíbulas apretadas. Cuando la ruta deja de ser una autopista para transformarse en un verdadero camino montañés, ahí hay que extremar los cuidados. El cielo está amenazante de lluvia y eso genera una oscuridad impensada que no hace mella a los camiones que vienen de frente, quizás más duchos en el recorrido, tal vez más intrépidos que los forasteros, siempre dispuestos a jugarse la vida - la de ellos, la nuestra- en cada curva. Pero, digamos todo, los camiones tienen la ventaja de ser más visibles.
No es lo mismo para algunos muchachos de la zona de El Manzano o El Remolino que salen a la ruta de a pie. En un recodo casi en forma de “V”, cerrado, casi vertical, un parcero camina por la mano opuesta a la nuestra, ocupando la vía geométricamente en la mitad exacta. Se tambalea como si se hubiera excedido en el desayuno porronero pero no abandona el centro del camino. Para esquivarlo, una mole con acoplado nos pasa a escasos milímetros y para que recapacite, le hace oír una bocina ensordecedora que llega hasta las cumbres más altas. Éstas devuelven la melodía echa eco para los cuatro puntos cardinales, aunque el muchacho seguirá caminando como si nada.

El paisaje va fluctuando, entre el monte salvaje, casi selvático, donde la ruta queda techada por especies autóctonas que, plantadas a un lado y otro, unen sus copas para hacernos un pasillo verde por donde apenas se filtra la luz tenue de los nubarrones grises. En unos pocos kilómetros también hay zonas más agrestes, pero la exuberancia manda. Entre tanta curva que marea, no es sencillo encontrar carteles viales que nos puedan indicar con exactitud cuánto falta para llegar a destino. Donde la señal de GPS se pierde, todo se hace a ojo de buen cubero y las escenas de novelas colombianas y películas sobre narcos juegan en nuestro inconsciente.
A ojo también podemos determinar que estamos en el departamento de Cauca. Lo hará saber, por ejemplo, una mayor presencia policial. Cara a cara, en algunos retenes, los uniformados no asumen una presencia intimidatoria con los viajeros. Pero sus armas largas sí. Mirados a los ojos son muchachitos muy jóvenes, imberbes, apostados quizás con más susto que el nuestro porque esta zona tiene fama de brava por la proliferación de bandas de crimen organizado. Están ahí, como cualquier pibe, distraídos a veces con sus teléfonos móviles, vestidos para la guerra, quizás ellos también espiando las noticias naturalizadas de la muerte en los portales de noticias.
Más adentro de Cauca, asoma la afrodescendencia. Los rostros van cambiando porque los pueblos están habitados por los nietos y bisnietos de los esclavos que llegaron a dejar la vida en las minas de oro (de eso nos ocuparemos en otro posteo). La tierra está sembrada en hondonadas y en altura o a la vera del camino. Los parajes, pueblos pequeños -llamados “veredas” aquí- se hacen más constantes. Y el andar lento también. Ya no solo por la montaña, sino porque atravesar cada población breve lleva más tiempo porque la vida está en la calle y la calle es también la ruta. Los puestos callejeros ofrecen comida variopinta; frutas, helados, desayunos, almuerzos. Todos están atendidos por mujeres, niñas, adolescentes. Y también hay otros oficios, como cerrajería o repuestos para motos. Lo que quieras imaginar.
Las motos también son para destacar. Predominan por prepotencia de ruido y porque son multitud. Se ven más motos que colombianos. Aunque la tracción a sangre sigue funcionando. Entrando al paraje El Estrecho, cuando ya dejamos atrás los atractivos platos regionales de Mojarras, como la tilapia guisada, un señor interrumpe nuestro paso. En realidad no es él, sino su burro, que transporta una garrafa de 10kg en un lomo que no se perturba. El tránsito se demorará pero esa familia hoy no se quedará sin gas. Y más adelante, uno de los habitantes más conspicuos de la zona, el cebú, también se cruzará en la ruta solamente para demostrar quién es de ahí y quiénes no lo somos.
Predomina un calor húmedo asfixiante y todavía falta atravesar Patía y El Bordo. Quedan algunas otras localidades más pequeñas también. Habrá lugar para más cansancio, pero también para más sorpresas. Las cuentas que uno hace para la meta nunca cierran. Es inútil calcular a qué velocidad se podrá ir, porque eso jamás depende de nosotros. De entre las casitas pintadas de colores vivos ahora están sacando un féretro y va a empezar un cortejo fúnebre que, inexorablemente, se hará a través de la ruta. Para darle una fisonomía más cinematográfica a este último adiós, una llovizna pertinaz se abate sobre la zona y un comedido ordena el tránsito para que los que velan puedan velar y los que queremos pasar podamos pasar.
Lo mejor que podemos hacer es pensar que, aún cuando faltan pocos kilómetros, nos seguirán pasando muchas cosas y no vamos a llegar jamás antes de que anochezca. Así, soñando despiertos con que todo puede suceder, casi sin darnos cuentas llegamos a nuestro destino de hoy, Popayán, la “ciudad blanca”, la “Jerusalén de Sudamérica”, “la procera”, que le ha dado muchos presidentes a este país, para comprobar si apodos tan pomposos se corresponden con la realidad. Estamos agotados y será bueno buscar energías en alguna bebida local. En el camino, todos los puestos ambulantes nos ofrecían el kumis para refrescarnos, por lo que pedimos “deme dos” sin pensarlo demasiado. Debimos haber preguntado antes de tomar este yogur hecho con leche de yegua.
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