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La Isla de Flores, perla de Guatemala

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
27 jun
5 min de lectura

Por Claudio Turco Cherep


Los mayas utilizaban este lugar, entre otras cosas, como observatorio astronómico. La Corona Española emitió una Real Cédula para conquistar específicamente este territorio cuando los ingleses desembarcaron en la vecina Belice. Ya instalada la colonia fue una cárcel con concesiones, entre las que se registra el pedido de un preso para ir una noche a bailar a una casa de la zona. Hernán Cortés dejó allí su caballo herido para que se lo curen. Para el estado guatemalteco es “Patrimonio Cultural de la Nación”. Demasiado para una isla enclavada arriba de las aguas de un lago natural que no tiene más de quinces manzanas. Es la Isla de Flores, en el departamento de Petén, al norte de Guatemala, un lugar pintoresco en lo superficial y tan profundo en sus raíces históricas y culturales como el Lago Petén Itzá, el que moja sus riberas mansas todos los días.

Hemos recorrido más de 400km desde Ciudad de Guatemala hasta aquí. En el camino la geografía citadina va cediendo paso al paisaje selvático más profuso. Aun cuando todo el país es maya, estas zonas bajas son consideradas el corazón de ese pueblo y la puerta de acceso a Tikal, la ciudad que fuera el punto neurálgico de la comunidad que se desarrolló al menos 300 años antes de Cristo. Isla de Flores está frente a la ciudad de Santa Elena. Allí llega el transporte, está el aeropuerto, el comercio principal, la sanidad, la vida urbana. Una vez que crucemos a pie dos puentes y un terraplén artificial que no pasan del kilómetro de largo, la respiración será más lenta, el aire menos denso, la temperatura igual de asfixiante.

 

En Flores no viven más de 2.500 personas. Si quisieran vivir más no tendrían donde hacerlo porque el espacio es pequeño. Pero su trascendencia política es superior a su población. Es la cabecera del departamento y un punto ineludible para los turistas que vienen para hacer base antes de visitar el Parque Nacional de Tikal y se quedan encantados por la parsimonia cotidiana, por la belleza del entorno o por la tranquilidad para caminar por cada recoveco sin temor a que les pudiera pasar absolutamente nada malo. La disposición de esas poca manzanas se parece a una rueda de carreta. El perímetro de la isla no llega a ser circular, pero dos calles a modo de contorno la rodean dando ese aspecto. De esas calles salen algunas otras en diagonal hacia el centro geográfico, que además está más elevado, como en un montículo desde donde se puede apreciar el lago para donde uno mire. El resto son callejones, pasillos orlados con plantas, que se recorren en una hora más o menos, parando a mirar, siendo puntillosos en los detalles, sin prisa, acorde al latir del lugar. A pesar de que el puente que cruzamos para llegar está vedado al tránsito vehicular por arreglos circunstanciales, en la Isla hay muchos autos estacionados en las puertas de la casas. Son casi una ofensa al paisaje, un descuelgue innecesario, un ruido que está de más.


 


La Isla de Flores tuvo varios nombres. Para los mayas, sus primeros pobladores, se llamó Noj Petén, que significaba “Isla Principal”. Los españoles la llamaron Tayazal, que se traduce como “lugar de los Itzá”. Justamente los “itzá” (magos del agua) fueron una parte -un linaje, a decir de los investigadores- de los pueblos maya. No la totalidad pero sí quienes tuvieron un desarrollo importante, sobre todo en esta zona. Ya con la conquista consolidada, la Corona la llamó Isla de los Remedios de Iztá. Y a propósito de ese episodio, cuentan en las callecitas de Flores que el lugar fue un bastión de resistencia tan férreo, que se convirtió en uno de los últimos en caer a manos de los invasores, recién en 1697. La denominación actual es muy posterior, de los tiempos de la Independencia, y homenajea a Cirilo Flores, un político liberal, independentista, que murió linchado lejos de aquí, en Quetzaltenango, a mano de quienes lo acusaban de hereje. Hacemos hincapié en la denominación, porque nunca es menor. El que denomina es el que gana. También la victoria se expresa en la arquitectura de los pueblos. Sin embargo, aquí no hay tantas casas coloniales, sino que las edificaciones, todas pintadas de colores vivos, son más bien centenarias, testigos de otro tiempo más cercano, cuando el auge maderero alentó la economía y quedó atrás la vieja construcción de bajareque y paja.

 

Estas casas bien plantadas, que suben y bajan en sintonía con la ondulación del suelo, son en su mayoría alojamientos temporales, hoteles, agencias de turismos, comederos, restaurantes, comercios o locales de ventas de souvenir. La Isla vive del turismo. A pesar de que estamos terminando la temporada baja, se escucha hablar inglés en la calle, mucha gente viene de Europa o Estados Unidos para conocer los templos mayas, a la vez que los locales aprovechan las vacaciones escolares que ya comenzaron para hacer turismo interno. La lluvia llega puntualmente una vez al día, casi siempre antes de que anochezca, pero no impide realizar ninguna actividad. Al contrario, cuando cae la tarde, se encienden las luces y se reflejan en el empedrado de laja mojada de las calles, la brisa del lago zarandea un poco las guirnaldas y eso le da al lugar un aspecto melancólico personalísimo. En el recorrido por las calles circundantes, de tanto en tanto hay pasillos anchos que terminan en muelles sobre el lago, donde los choferes de lanchas ofrecen destinos cercanos con un grito leve. Son parte importante de la Isla, ofician de transporte público, por poca plata te llevan a Santa Elena, evitando la camina del puente, o invitan a otros destinos, otros islotes más pequeños aún, o pueblos más alejados sobre la vera del lago, con playas, con avistajes de aves, con miradores, todo sea por ganarse el mango, ganarse el quetzal de cada día.

 

Quizás esta quietud amigable fue la que enterneció al mismísimo Hernán Cortés, uno de los más impiadosos entre los españoles. Cortés supo negociar con los pueblos enemigos de los aztecas y supo ser cruel con su espada con los que no aceptaban la negociación. Cuentan que sobre 1525, cuando se dirigía a Honduras, a su paso por Flores su caballo se lastimó una pezuña y no podía seguir. Cortés se lo dejó al rey maya Canek, convencido de que lo iba a curar y bajo promesa de recuperarlo a su regreso. Los mayas no conocían de caballos y lo alimentaron con frutas que dañaron aún más su salud. No hubo caso. Morzillo, que así se llamaba, se enfermó y se murió. Entonces los mayas lo convirtieron en una deidad y le dedicaron una estatua. Dicen que hoy esa estatua está bajo las aguas del lago, que en sus lugares más profundos supera con amplitud los 100 metros. También dicen que es solo una leyenda. Podrán negar que la historia de Morzillo existió, o que su estatua no está bajo el agua, pero nadie negará que además de los atractivos de la superficie, la Isla tiene en su subsuelo la memoria del pueblo maya. Cuando excavan aparecen restos de cerámica, escalinatas, canales, rasgos de la civilización pre hispánica que empezó lo que hoy es uno de los atractivos turísticos más importantes de Guatemala.


(Isla de Flores es la puerta de acceso a Tikal. En nuestra revista para suscriptores está el material sobre nuestro paso por el yacimiento arqueológico de la más importantes de las ciudades mayas)



 
 
 

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