La Isla de los Sacrificios

Por Claudio Turco Cherep
Tomalo con pinzas a esto que te voy a contar. Pero tomalo. Venía caminando por la playa La Bamba, esa que tiene el nombre de la canción que nació por aquí, por estas costas de Veracruz, en el Golfo de México, cuando una señora se me acercó con buenos modales pero con firmeza, para adivinarme la suerte. Estaba caminando descalza por la arena, con un vestido largo de color beige ajustado levemente a la cintura, con los ojos bien abiertos como si el sol tajante del mediodía no le hiciera mella. Llevaba el cabello entrecano, largo, suelto y la ventolina del mar se lo desordenaba hacia los cuatro puntos cardinales. Detrás de su silueta, más allá de la primera línea de espuma que generaban las olas que rompían en la orilla, se veía sin nada de bruma el faro de la Isla de los Sacrificios, un para de kilómetros mar adentro, sobre la vegetación tupida de esa lengua de tierra breve, que si fuese un barrio de ciudad no ocuparía más que 6 u 8 manzanas. Es probable que no fuera tan atractiva si se la pudiera visitar, pero al estar vedado su acceso, el halo de misterio que la envuelve, las historias de sacrificios humanos, de las ceremonias y rituales pre hispánicos la convierten en una manzana prohibida, tentadora. La señora que adivina la suerte se dio cuenta enseguida de mi mirada hacia esa lonja y cambió el menú. “También le puedo contar la leyenda de la Isla de los Sacrificios”.
Muchos guías, expertos, pretendidos baqueanos cuentan la historia de la Isla. Casi todos hacen hincapié en que, cuando los españoles llegaron en 1518, la bautizaron así porque encontraron cuerpos mutilados, marcados, esqueletos, sangre a granel, muestras inequívocas de un lugar destinado a sacrificios religiosos. Y no estamos hablando de que llegaron un grupo de boy scouts fácilmente impresionables a los que les bajaba la presión cuando veían sangre. No. Llegó Juan de Grijalba, que había peleado a muerte en Yucatán con los originarios, que murió después en Honduras en combates similares y que tenía un capitán, Pedro de Alvarado, que era famoso por lo sanguinario y por el ensañamiento que mostraba en el combate con sus enemigos, que casi siempre terminaban siendo sus víctimas. Y estos tipos quedaron estupefactos con lo que vieron en el islote. Entonces yo le dije a la Señora de la Suerte, que así le voy a decir porque no me dijo su nombre, que tenía claro que los totonacas hacían esas ofrendas ahí y que además todo el suelo estaba sembrado de restos de vasijas, de objetos tallados que eran materia de estudio para la ciencia y que por eso nomás no se podía ir. Ella se sacó la melena de la cara, se hizo visera con la mano sobre la frente para poder mirarme mejor y me dijo que yo estaba confundido, que esa era la historia de la Isla, en efecto, pero que ella me había dicho que me iba contar la leyenda de la isla, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Entonces hizo una pausa para concitar aún más mi atención y cuando logró el silencio total, ajena a unos grandulones que tapaban a un compañero con arena o a unos chavitos que hacían castillos y sonreían cuando el oleaje se los desmoronaba, admitió que durante siglos, antes de los españoles los Olmecas se paraban en torno a una piedra ovalada, gigantesca, para celebrar el rito de la entrega de doncellas a sus dioses. Que todo se hacía siempre más o menos igual, hasta que un día fue distinto.Un cacique, un chamán, sus seguidores, llegaron a la Isla, formaron un círculo grande alrededor de la piedra con lanzas y arcos en la mano, interpretaron cantos fúnebres, y dele y dele con los tambores, revoleando hachas y flechas, presagiaron la muerte en una danza macabra. La Señora de la Suerte logró que me entregara por completo al relato y que, algunos visitantes dejaran la comodidad de las reposeras y el cobijo de las sombrillas y se acercaran a escuchar. Uno hasta le ofreció una cerveza, pero ella estaba tan concentrada que dijo que no sin decir nada. Simplemente dirigió la vista hacia la Isla y siguió contando. Dijo que cinco doncellas fueron colocadas alrededor de la piedra, que el chamán se les acercó lentamente, escudriñándolas y llevando en la mano un recipiente humeante con hierbas, hecho del caparazón de un animal crustáceo.

Ya todos mirábamos hacia la isla y hasta podíamos ver al chamán, que dijo ella que una vez en el centro del círculo, comenzó a danzar con las manos en alto junto con todos los de la tribu, hasta que de repente se arrodilló y señaló a una de las cinco doncellas, como ordenando cuál era la elegida para ser sacrificada. Entonces, sincronizadamente un grupo de hombres tomó a la joven, la levantó sobre sus cabezas, la paseó por la isla en círculos y la colocó luego en la piedra de los sacrificios, donde fue obligada a beber un brebaje que la durmió. Lo que siguió fue que apareció el verdugo, se acercó y le clavó un cuchillo en el pecho, pero sucedió lo que antes no había pasado nunca y que dejó con la mirada extraviada a la tribu, sin poder comprender racionalmente, aun cuando el acto no tuviera nada de racionalidad, qué era lo que estaba pasando. Porque la doncella, al sentir el puñal, penetrando por su pecho, como si la herida la despertara, abrió los ojos, los dirigió al chamán y se sonrió con malicia. Acto seguido, el chamán cayó fulminado por un rayo y se desató una tormenta de proporciones que hizo del día la noche. Creer o reventar, mientras la Señora de la Suerte relata, acá también el cielo se encapotó y en el horizonte marino se formaron unas nubes oscuras, se dejan oír algunos truenos, presagio de lluvia y casi una reafirmación de cada palabra de nuestra narradora.
En la playa los padres empezaron a retirar a los chicos que hacían castillos de arena y los llevaron hacia una zona más protegida, entre las piedras del malecón. Y en la Isla, la Señora de la Suerte dice que también se armó el desbande. Que a pesar de que era pleno día se hizo plena noche como por arte de magia y que los caciques se subieron a sus canoas de troncos y que los hombres que tomaban parte del ritual los siguieron, pero la negritud del cielo era tal que no podían dar con el rumbo y que lo único que hacían era dar vueltas desesperados por el contorno de la Isla. Cuando cesó la tormenta -en la Isla, allá lejos en el tiempo, porque acá, hoy, va a llover un montón- el cielo se abrió nuevamente y cuando pusieron a las canoas rumbo a la costa, encontraron frente a ellos, levitando, fantasmales en el aire, al chamán arrodillado y a la doncella joven, que los saludaba con una mano, haciendo la misma sonrisa malvada que tenía cuando hizo fulminar al chamán. En la otra mano cargaba su corazón sangrante y a medida que se alejaba, la risa viraba a una carcajada sonora y terrorífica. La Señora de la Suerte retomó la pausa y permitió que cesara la tensión. Alguno de los que se había sumado se retiró, sin quejas pero sin avalar lo que acababa de oír. Nosotros seguimos hasta el final.
Mientras escuchamos, un guardavidas se subió a una atalaya de madera endeble y colocó la bandera roja porque la tormenta inminente agitó demasiado las aguas del mar, que ya no están para chapalear en la orilla. Ella no lo vio. Miró con compasión y desdén a los que abandonaron el relato. Dijo que hoy día, aun cuando ya han pasado varios siglos desde el día del suceso, se cuenta que en las noches sin luna, en los alrededores de la isla algunos marineros han llegado a distinguir un resplandor a la distancia, donde se contempla la figura de una mujer con un corazón en la mano, queriendo entregárselo a un anciano que de rodillas parece que estuviera pidiendo perdón. La lluvia no puede esperar más. Una cortina de agua se desata sobre la arena, inunda los castillos que dejaron los chicos a medio terminar, chorrea los toldos de las sombrillas, nos empapa impiadosamente. Busqué con la vista a mi compañera, le pregunté a la Señora de la Suerte qué cuánto le debíamos por su relato. Nos miró como cuando confundí historia con leyenda, como haciéndome ver que estaba fuera de lugar. Nosotros buscamos reparo marchando hacia los árboles de hojas gruesas que están sobre la vereda del malecón. Cuando nos dimos vuelta para verla por última vez ella se había metido en el mar, como una Jesús en Galilea, pero en la costa de Veracruz, justo enfrente de la Isla de los Sacrificios.





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