La puna y el desierto de Atacama
- De Santa Fe A Alaska
- 27 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 6 ene

Por Claudio Turco Cherep
Hace unos cuántos años leí un libro que se llama "El empampado Riquelme", del escritor chileno Francisco Mouat. Julio Riquelme era un tipo común que una tarde calurosa de febrero de 1956 se tomó el tren Longitudinal Norte con la idea de llegar a Iquique al bautismo de uno de sus nietos. Riquelme, que tenía tres días y tres noches de viaje, nunca llegó a atravesar el desierto. La última vez que alguien lo divisó fue arriba del tren, cerca de la estación Los Vientos, cien kilómetros al sur de Antofagasta. Desde entonces nada se supo de él.
Atravesando la puna y el Desierto de Atacama, con esa misma Iquique como objetivo, la imagen fantasmal del empampado se aparece en mi horizonte cuando hay que subir hasta que el oxígeno se acabe, hasta que las fosas nasales se sequen, hasta que los oídos se tapen, hasta que la cabeza esté al borde de estallar, hasta que el motor de la camioneta vieja se arrastre, hasta que la aridez gris e infinita parezca una alucinación. Algo de eso nos habían advertido nuestros anfitriones la noche previa a la mañana del sábado 20 de diciembre, cuando emprendimos la ruta desde Purmamarca hacia el Paso de Jama.
Los primeros kilómetros, de mate y amanecer, son un tutorial avanzado de conducción en la alta montaña. La Cuesta del Lipán, una víbora de asfalto que sube hasta los 4170 metros sobre el nivel del mar en 17 kilómetros, recibió de la Asociación Argentina de Carreteras el premio a “la obra vial del año” en 2004, y por mucha ruta que uno se precie de recorrer, no puede dejar de reconocer que ese premio ha sido un acto de justicia absoluta. Donde las mulas se fatigan y las aves parecen volar bajo porque las nubes quedan ahí nomás, se despliega ese zigzagueo infernal entre abras y quebradas, hasta Potrerillos, donde un mojón gigante de piedra invita a los turistas a pensar que tocaron el cielo con las manos. O casi.
Pero no hay que cantar victoria. El Paso de Jama, frontera con Chile, deberá esperar varias horas. Y varias subidas empinadas también. De a poco la Cuesta del Lipán va dejando paso a la puna desértica. El sol inclemente se cuela por los vidrios del vehículo y el viento toca melodías indescifrables. A pesar de todo, la vida humana sucede. En laderas angostas y escabrosas, en collados, en crestas, algunas familias se arraciman, cultivan la tierra dura y reseca en altura, crían cabras o llamas, caminan en otra dimensión, en un silencio abarcador y seguramente sabio.
El empampado Julio Riquelme no era uno de esos hombres. Él vivía en la ciudad. Como nosotros, él no sabía moverse en el desierto. A ese tren del final lo abordó en Chillán. La búsqueda de más de 40 años de alguna señal suya, de alguna pista, aunque más no sea de su cuerpo inerte, fue tarea denodada de su familia. A Iquique llegó intacta en su asiento del convoy una cesta de mimbre con las provisiones que él había preparado para tan largo viaje. No solo iba a ser el padrino de su nieto, sino que al crío lo iban a llamar como él: Julio Riquelme. Nosotros tenemos provisiones también. En el desierto es conveniente comer liviano y tomar mucha agua. Hay que evitar el alcohol y comidas compuestas. Tampoco da demasiada hambre tamaña altura.
Cerca de las Salinas Grandes crecen unos yuyos amarillentos que alteran los grises predominantes. A lo lejos, se levantan remolinos que envuelven la sal y la infinitud se hace blanca. Como esta ruta es parte del corredor bioceánico que mueve toneladas de millones en mercadería desde Santos, en Brasil, hasta Iquique, del otro lado de la Cordillera, los camiones cargados son las únicas presencias móviles. Para reabastecer fuerzas, combustible y oxígeno, Susques es un suspiro del camino en medio de la sequedad. Parece poco pueblo para haber sostenido tantas batallas. Lo ocuparon los incas, llegaron a esta esas alturas los conquistadores españoles, lo quisieron los chilenos en los tiempos de la Guerra del Salitre, lo disputaron la Confederación Argentina y la Confederación Perú-Boliviana. Recién en la década del 40 del siglo pasado fue ratificado como una parte de la provincia de Jujuy. Demasiadas peleas de ayer para tanto olvido de hoy.
De a poco el cuerpo se quiere adaptar al desierto, o la cabeza finge que así será. En la sombra el frio corta y al sol, la piel se resquebraja. Algunas nubes blancas semejan figuras y, arrastradas por el viento, juegan a las sombras chinescas en las montañas, trayendo alivio efímero a los transeúntes. 250 km y 6 horas después, los carteles de vialidad anuncian la llegada al Paso de Jama. Una población minúscula de casas bajas adoquinadas y ocres, una estación de servicio y algunos perros cansinos, después de la soledad, se parecen a una ciudad. La aduana argentina y la chilena están integradas. Con los papeles en regla, el trámite es sencillo y rápido. Pasado el mediodía, no son tantos los que desafían los 4.200 metros de altura en la que está situado. Pero con un perro como miembro conspicuo de la delegación, la cosa puede complicarse. Para no aburrir con tanta perorata, los vericuetos legales que hicieron dudar del cruce de Toto por la frontera, se los contará él mismo en sus posteos. Yo solo les diré que pasamos. Que arrancamos el territorio chileno pensando que había pasado lo más duro del camino pero nos equivocamos. Y que como consecuencia de eso, no había manera de que el empampado Riquelme no se me viniera otra vez a la mente.

Se dijo que Riquelme había abandonado a su familia por un amorío, que tenía deudas, que había desaparecido por elección. Eso generó el encono de los suyos, que no solo que no lo pudieron duelar, sino que convivieron con la espantosa idea del abandono de un ser querido. Si hubiera sido así, allá esa cruz para los Riquelme. El tema es que Riquelme se pudiera haber empampado. Una cosa espantosa, horrible. Los chilenos usan el término “empamparse” para describir a esas personas que se pierden en el desierto, en la pampa gris. El que se empampa se muere seguro. De hambre, de hipotermia, comido por los bichos, pero lo que es peor, sin que nadie lo encuentre. En un descuido, si se pierden las referencias del camino, el desierto pronto le hace perder a uno toda brújula. Y luego viene lo que no quiero nombrar.
Está bien, uno tiene la ruta, bien marcada del lado chileno, de buen pavimento. Pero la cabeza es la cabeza y la literatura es la literatura. El recorrido de 150km hacia San Pedro de Atacama es tantas veces bello como intenso. Uno va suspendido en el aire de la puna, casi a 5.000 metros de altura, acechado por aves de carroña y observado por vicuñas simpáticas y huidizas; quemado por el sol y la salitre, pero bien pagado por un paisaje conmovedor. Querer llegar más rápido puede ser un error. En la pelea de los sentidos, será mejor que la vista pugne por sobre la sequedad del gusto, la porosidad del tacto o la presión de los oídos. Después de mucho desierto en la altura, lo ideal para alguien que viene de la llanura es estar más abajo. No se crean que no hay medida que nos cuadre, pero bajar también tiene sus bemoles.

San Pedro de Atacama, pueblo de sal y cobre, se divisa, quizás cerca, quizás lejos. Una de las cuestiones del desierto es que uno pierde la noción de la distancia. El camino, que ya ha dejado atrás la reserva de flamencos, desciende ahora abruptamente. En la ruta hay escapes empinados hacia los costados para que, quienes yerren los cálculos entre la aceleración y el frenado, puedan salvar el pellejo. Igual no alcanza. El descenso es tan abrupto que el freno de motor no es suficiente y los que aprisionan las ruedas como quien aprieta los dientes por temor, ya no dan abasto. Un olor a quemado intenso se apodera del entorno y el ingreso por las callecitas terrosas de San Pedro es una bendición, hasta para quienes no creemos en nada. Estamos aquí solo de paso, forasteros camino a Iquique que buscan apenas alojamiento y agua, dos cosas que no abundan en la zona. Decimos que mejor será un último esfuerzo, del corazón, de la cabeza, pero sobre todo de los frenos, y entonces tomamos rumbo a Calama.
En una de las capitales del cobre del mundo decidimos que estaría bien concluir una jornada que valió por varias. Exhaustos, al límite, buscamos buen refugio y, al caer la noche, nuestra vida se volvió a la rutina de una cena ligera, una caminata leve, un abrir y cerrar de ojos para volver a partir. Ya con la seguridad de haber sorteado el desierto, me quedó un hálito de lucidez para recordar el final del libro “El empampado Riquelme”. En enero de 1999, 43 años después de su desaparición, apareció un esqueleto en el Desierto de Atacama, intacto, con los huesos blancos, de frente al sol. Se especuló con que podría tratarse de uno de los tantos crímenes de la dictadura de Pinochet. Pero los objetos con los que fue hallado y otros estudios permitieron dilucidar que se trataba de los restos de Julio Riquelme Ramírez. Su hijo pudo saber casi medio siglo después que Riquelme no se había fugado. Simplemente, por algún motivo se alejó del tren en una parada y se murió empampado. Más allá de la tragedia, confieso que es bueno recordarlo en la calidez de un cuarto calameño, ahora sí, cantando bajo la ducha.
(Dedicado al Negro Morales, que me regaló una brújula)




Hola Turco querido!, como siempre con vos en este viaje.
Donde se puede acceder a material de tus viajes por Argentina como periodista ambulante?
Buenas ondas a granel!
Máster.
Como turco en el desierto. Todo belleza. Texto y contexto.
Todo es belleza, gracias gracias. Que relato hermoso. Me veo llegando a Alaska!!