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Libres o esclavos

  • Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
    De Santa Fe A Alaska
  • 11 ene
  • 4 Min. de lectura


Por Claudio Turco Cherep



-Oiga, argentino, que si usted me convida un pisco, yo le puedo contar algo de cuando San Martín llegó aquí, a Paracas…

El hombre al que sus canas blancas le resaltan más su negritud logra concitar la atención con la propuesta. Está sentado en una mesa que mira a ese mar por donde el Libertador se metió por la arena de la historia en el corazón peruano, un 8 de septiembre de 1820. Unos metros más allá, dos sajones hablan fuerte en su idioma mientras beben cerveza copiosamente. Están esperando que un guía turístico los lleve a visitar las islas Ballestas, a las que llaman “pequeñas Galápagos”. No son los únicos que han cruzado el océano. Por las callecitas zigzagueantes paraqueñas se ven muchos gringos apaleados por el sol, con atavíos extravagantes. Los muchachos que cuidan los autos o las chicas que ofrecen comida en los paradores saben muchas palabras en inglés porque la mayoría de los visitantes aquí son extranjeros. Pero el amigo que pide el pisco no. Nació en estas tierras áridas, desérticas, donde 700 años antes de Cristo los originarios trabajaban la lana y el algodón, la cerámica y la cestería.

Recién cuando una chica joven con la camiseta de la selección peruana acercó los tragos Kialo dijo que se llamaba Kialo. Que trabajaba llevando gente en mototaxi, que eso le da tan pocos soles que su descendencia también tiene que trabajar, aunque no tenga edad para eso. Y

que era chozno de un angoleño que había peleado junto al General José de San Martín.

El pisco sour le mojó los labios al primer sorbo y le dejó un bigote blanco que él se limpió con sus manazas. Está frío, casi una excepción por la zona, donde la bebida viene a la mesa natural. En el camino desde Ica hay sembradíos de parra que son el insumo para la bebida tradicional del Perú y la ciudad que le da nombre al trago queda a un suspiro desde aquí. Kialo dice que está rico, pero que él lo sabe hacer. Es cuestión de tener jugo de limón, jarabe de azúcar, clara de huevo y amargo de angostura. Por cada parte de cada uno de los ingredientes habrá que echar tres de pisco para que la ración sea potente. Y después, hielo y coctelera. Dicho así parece fácil. A los gringos desabridos ya los pasó a buscar un guía turístico y los vemos desde el bar caminar hacia el muelle donde van a abordar la embarcación hacia la zona de islas.

Esto que me contó Kialo tiene su asidero. En una carta que San Martín le mandó a O Higgins le contó que “a los pocos días que el ejército pisó el suelo peruano, había aumentado sus filas con cerca de setecientos negros jóvenes, que se presentaron voluntariamente al servicio, y que el de mayor edad quizás no excedía de 30 a 35 años; de este número se destinaron ciento y pico a cada uno de los batallones Nos. 7 y 8 del ejército de los Andes, cuyos cuerpos eran de negros argentinos desde su creación, y el sobrante de más de cuatrocientos, se incorporó al batallón N° 4 de Chile”.

El pisco se acabó rápido. Con una seña casi cómplice de Kialo, trajeron otros dos. Mucha gente pasa por la costanera peatonal donde los artesanos quieren salvar el día, las vendedoras de dulces regalan bombones para atraer a los clientes y los vendedores de raspadilla son los más codiciados porque garantizan una bebida helada indispensable para el calor dominante. Para Kialo, esta cotidianeidad ya no le resulta atractiva como a mí. Pero su historia familiar sí. En algunas pintadas, en letras corpóreas, en monumentos, a Don José se lo representa sentado. Según la tradición oral, había llegado exhausto, se acostó debajo de una palmera y se quedó profundamente dormido. En ese sueño vio las parihuanas, unos pájaros rojos y blancos que le hicieron elegir los colores de la bandera del Perú. Y ya despierto, le dio la libertad a todos los negros como el trastarabuelo de Kialo.

-Traiga dos anticuchos, mi reina, pide mi amigo. Y ya que está, dos piscos más.

Los anticuchos son nuestro aporte a la comida peruana, ¿sabe?

Enseguida vienen a la mesa unas brochettes, bien condimentadas, separada la carne por cebolla morada dorada, papines, pimientos y Kialo dice que la carne es corazón de res, porque los negros, libres o esclavos, nunca dejaron de ser pobres, entonces se tenían que arreglar con las vísceras de la vaca para poder comer pero se las ingeniaron para hacer un plato más que digno, que hoy es vedette de esta gastronomía tan codiciada.

La tarde avanza y cuando el sol empieza a sumergirse en el océano, una brisa marina necesaria envuelve el ambiente y lo hace todavía más amigable. Entonces, el hombre que se dice descendiente de los guerreros de Ayacucho, de los que regaron con su sangre los campos de batalla para que Perú pueda caminar sin ser sostenida por el brazo de los siniestros como Pizarro, se levanta y quiere pagar la mitad de la cuenta. Debe tener más de un metro noventa y desentona con una mesa pequeña y frágil donde se acumulan copas vacías. De su jean se caen unas monedas de dos soles que no son suficientes. Pasaron muchos años, pero los tipos como Kialo solo pueden monedear en la tierra a la que hicieron soberana.

Desde el muelle vuelven los últimos turistas de las islas. Me voy silbando “Duerme Negrito”, en la parte esa que dice “trabajando sí, trabajando y no le pagan” y me pregunto si esta historia que me ha contado Kialo es real, si esta historia que yo les estoy contando a ustedes es real.

 

 
 
 

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