Los perros chetos de Miraflores
- De Santa Fe A Alaska
- 26 ene
- 3 Min. de lectura

Por Toto de América
El otro día en Lima me llevaron a pasear por el barrio de Miraflores. Si ustedes se van familiarizando con mis relatos habrán leído que soy un perro rinconero, que no quiere decir que ande por los rincones, sino por ser nativo de San José del Rincón. Como desde ahí voy sopesando el mundo, puedo decirles que yo nunca antes había estado en un barrio tan paquete. Pero tengan en cuenta que puedo exagerar, influenciado por mis habituales paseos por la Ruta 1 que me bajan el precio del paisaje. Igualmente, tengo dos amigos más viajados que coinciden conmigo. El ovejero alemán y el pastor danés dicen que esto tiene ritmo europeo.
La mayoría de los perros acá andan con collares elegantes, esas cuerdas que se extienden como la cinta métrica que tiene mi amiga Xime, que pueden dejarte mover hasta la esquina o a un metro con cincuenta. También es común que vayan vestidos. Camisetas oficiales del Barcelona, tejidos andinos, chaquetas, ponchos tienden a hacerse sentir menos. Ojo, yo no es que me crea menos que otro perro, pero estos cachorros, ornamentados así, no tengo dudas que persiguen la idea de hacerme sentir bien visitante. Imagínate que en mi caso, tengo un collar rojo y una correa verde. Ni ahí que se esmeraron en que algo me haga juego.
Ahora quiero ir al grano. Lo que me pareció una desmesura es ver dos colegas míos llevados en un cochecito para mellizos. Colegas más o menos, porque eran bulldog franceses, que se hacen los interesantes pero no saben que pronto van a pasar de moda y van a terminar viviendo en El Callao o en Rimac. Porque yo me acuerdo que de cachorro, era la época de los doberman y ahora nadie tiene uno. ¿Dónde estarán los hijos de aquellos Doberman que ya no intimidan desde los jardines? ¿Habrán hecho lo mismo que hicieron con los Negros? Pero bueno, yo tampoco me quiero andar metiendo en política, porque eso hace que todos nos terminemos ladrando.
Les cuento de estos dos bulldog, como botón de muestra. Pero hay de lo que se imaginen. Inclusive vi otro que no pude sacar de qué raza era, porque me pasó zumbando por el costado. Pasó rápido. Y claro, porque tenía medias a medida. No cualquier media. No es que se las habían comprado a un vendedor de la peatonal. No. Eran medias como las que usa Paolo Guerrero en la selección nacional o las que llevan los presidentes. Justo ahora no me acuerdo de un presidente de Perú, porque los cambian a cada rato, pero creeme que el perro tenía medias bien paquetas. Tampoco es que yo tenga algo contra los que se visten así. Para nada. Solo que me trae algún intercambio de mirada crítica con mi familia.
De reojo, ellos deben pensar que yo quiero que también me vistan con algo. Jamás pediría eso. Primero porque si vos los ves vestirse a ellos, enseguida vas a pensar que no se van a andar preocupando por cómo me vista yo. Y lo otro es el tema de la dignidad. A mí no me parece digno que el perro se tenga que vestir como una persona. O sea, está en la dignidad de uno como parte de esta condición perruna, tener algunos reflejos primitivos y rebelarse. No digo que volvamos a ser lobos, claro que no. Pero yo repudio a mis pares que no son capaces de tener el más mínimo instinto perruno, tipos que por un poco de confort entregan a su propia especie. Perros que dicen “éstos son mis ladridos; sino te gustan, tengo otros”. En fin, no sé si te suena.




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