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Los templos mayas de Palenque

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
4 jul
6 min de lectura
Templo de las Inscripciones, tumba de Pakal El Grande, ruinas mayas de Palenque (foto de Ximena Frois)
Templo de las Inscripciones, tumba de Pakal El Grande, ruinas mayas de Palenque (foto de Ximena Frois)


Por Claudio Turco Cherep


Hay cuatro ciudades mayas que son reconocidas por su arquitectura y que se consideran entre las más destacadas de esa civilización, al menos de las que se han dejado ver, porque la arqueología estima que un alto porcentaje del patrimonio de esa cultura nativa aún está debajo de la tierra, sobre todo en la selva. La primera de ellas es Tikal, en Guatemala, quizás la que más desarrollo alcanzó. Las otras tres están en el actual territorio mexicano. Chichén Itzá, en la península de Yucatán, goza de mayor prestigio turístico, porque quienes visitan las playas de Cancún la tienen más a mano, Calakmul se ubica más cerca de Belice y ésta, la que vamos a visitar, está en la Selva Lacandona, en el estado de Chiapas, lugar de entuertos, de guerreros, de maravillas y leyendas. Se trata de las Ruinas de Palenque, parque nacional, patrimonio de la humanidad de 2.5km2 donde brilla al rayo del sol furioso el Templo de las Inscripciones. En esa mole de piedra caliza escalonada de más de 22 metros de altura y construido en el año 675, ordenó que lo enterraran Pakal el Grande. Este buen hombre gobernó 68 años consecutivos, desde los 12 años hasta su muerte, para envidia de de los que sueñan con cargos perpetuos. Pakal, como sus antepasados, creía tener descendencia directa de los creadores del mundo actual, que según la mitología maya data de 3114 años de Cristo.

 

A diferencia de Tikal, no es difícil llegar a las ruinas desde el casco urbano de Palenque. Unos minutos en automóvil o algunos más en una combi de transporte urbano serán suficientes para llegar hasta las puertas de ingreso al área arqueológica y al encanto de la selva. A la parte de los templos, que empezaron a asomar desde los primeros trabajos en 1787, se puede ir por cuenta propia. Para adentrarse en la selva, convendrá gozar de la compañía de un guía. Nosotros vamos con Miguel, que físicamente es un maya hecho y derecho, y que además tiene conciencia de serlo. Está a gusto con su identidad y con sus recorridos por los intersticios de esa tierra que guarda todavía el secreto de más de mil construcciones sin descubrir. En el camino pasaremos por arriba de algunas de ellas, por adentro de otras, por algún túnel escabroso, porque el gobierno ha decidido cesar las investigaciones para no deteriorar más la selva. En tantos años, las raíces de los árboles varias veces centenarios, de más de 100 metros de altura, abrazaron a las piedras gigantes de la ciudad sepultada y se entrelazaron de tal manera que sería varias veces millonario y muy nocivo para el ecosistema continuar con las excavaciones. Para Miguel está bien que así sea y también para su padre y su abuelo, que lo llevaron de chiquito ahí y le hicieron amar  este lugar.

 

No es para menos. A poco de ingresar se percibe la energía de la naturaleza magna, una caja sonora revestida de verde donde se oye trinar a los pájaros, aullar a los monos y hasta arrastrarse sigilosamente a las iguanas. En Tikal, donde nosotros estuvimos por la madrugada, los senderos son algo más anchos y, quizás, ayudados por alguna máquina para apartar cierta maleza. Aquí no. Aquí los senderos son apenas más anchos que una persona delgada, intrincados por las raíces que se retuercen sobre el suelo, tapizados con hojas secas y humedecidos porque no hay una estación de lluvias definida, sino que llueve todo el año. A cada paso hay tropezones con la historia. La mayoría de las piedras gigantes que se dejan ver entre la maleza están talladas pero no podemos identificar el significado, ya que deberíamos contar con un epigrafista. Lo que sí podemos dilucidar es qué plantas y qué árboles hay en la selva. Muchos ejemplares como el fiqus o el chivato, no son ajenos a quienes venimos desde el litoral argentino. De hecho, la ceiba, que es el árbol sagrado de los mayas, es parecido a un palo borracho, pero lo que cambia es la escala. Si las pirámides son monumentales, los árboles que las circundan, las abrazan, también. Cacao, café, cedro, caoba, guayacán, se aparecen a un costado, a otro, reflejan el sol desde sus copas y dejan pasar algunos rayos para que no se haga la noche en pleno día.


Selva Lacandona rodeando los templos de Palenque (foto de Ximena Frois)
Selva Lacandona rodeando los templos de Palenque (foto de Ximena Frois)

 

El clima es asfixiante. Más allá de las sombras, la presión es tan baja, la vegetación tan envolvente, que sofocarse está entre las posibilidades. Para eso Miguel tiene una solución. Hay agua potable, de manantial, en los arroyos de la jungla. Allá vamos. Hundimos nuestras botellas que hacen burbujas en la transparencia, mientras las piedras más chicas del fondo se desacomodan invitando a chapalear en ese curso de pocos centímetros de profundidad. Es una sensación de alivio y de plenitud, pero es la selva y siempre hay que andar con cuidado. Una tarántula, escondida en un hueco que forman las rocas, espera su turno para vengarse de nuestra pequeña felicidad. Por más plantas curativas que haya, no estaría bueno darle el gusto. Miguel tiene una lista grande de esas medicinas. Es locuaz y la marcha no es tan silenciosa. Ya dijimos que está orgulloso de mostrar la tierra de sus antepasados, su tierra. También sabe quién la defiende. En un recodo, para y muestra una foto  donde se lo ve henchido, posando junto a Andrés Manuel López Obrador, delante del Templo de las Inscripciones. Recuerda que el ex presidente, cuando los visitó, fue quién prometió que construiría la línea ferroviaria conocida como El Tren Maya, un recorrido de 1500 km que une los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Y que cumplió. Y que los mayas no están tan acostumbrados a que se les cumpla.

 

A propósito de los templos, a nosotros todavía nos resta recorrer las ruinas. Cuando la selva se abre se aparece una parte de la ciudad que estuvo tapada por la maraña durante siglos. Desde los cerros verdes están colgadas edificaciones, como si fueran parte de la montaña, talladas por alguna divinidad. Pero hay algo más que engordar la vista. La sensación es que los mayas no daban puntada sin hilo. Palenque -como Tikal- fue un centro neurálgico para la economía, para la religiosidad, para la guerra, para la vida política de la civilización. Era la capital de un reino, el de B’aakal, que se extendía mucho más allá en lo que hoy es la selva. El que mandaba en Palenque, como nuestro conocido Pakal el Grande, gobernaba una comarca de proporciones. Y además tenía la obligación, o la condición, de conectar a su pueblo con los dioses, por lo que también expresaba la religión. Para eso llevaba adelante la construcción de monumentos, presidía ritos y se valía de los enormes conocimientos matemáticos de la comunidad para crear calendarios astronómicos. Entonces, cada construcción tiene una relación simbólica con esos fundamentos. Para nuestra mirada occidental, esa cosmovisión es difícil de interpretar y no alcanza solamente con decir que la arquitectura era fabulosa, aún cuando también lo era, lo es.

 

El sentido de la ubicación de tres de los templos del Yacimiento avala nuestra teoría y se relaciona con la advocación de los dioses. La prestigiosa historiadora y académica mexicana Mercedes de la Garza reveló que el Templo de la Cruz está asociado al cielo y el cenit; el de la Cruz Foliada, más al este, tiene relación con el ciclo vida/muerte/renacimiento y el Templo del Sol, al oeste, se asocia al inframundo. Las tres construcciones fueron erigidas a alturas diferentes, más alto el primero que mencionamos, más bajo el último. En todos predomina el arte vinculado a lo espiritual y en el centro está el imponente Palacio, donde moraba la élite gobernante, un laberinto de pasadizos, túneles, patios, pasillos, una torre que hacía de observatorio, casi un derroche que sería lujoso aún en nuestros días. Por allí seguramente caminó la Reina Roja. De ella se sabe que fue de la nobleza, que enamoró a Pakal el Grande, que no se dedicaba solamente a quehaceres domésticos sino que sabía discutir el poder. En su homenaje, nuestro último movimiento antes de sucumbir exhaustos, será visitar su tumba. Deberemos bajar los escalones empinados del Palacio, cruzar en diagonal y volver a subir a ese Templo que recién fue descubierto en 1994. Las piernas no dan más, pero en tiempos mundialistas, apelamos a canciones de cancha y nos insuflamos ánimo cantando “el corazón me pide que te siga”.


(nuestra visita a Tikal está contada en nuestra Revista Digital, a la que te podés suscribir mandando un mensaje al 342 5485726. En la portada de nuestra web podés ver más fotos de ambos lugares)



 
 
 

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