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Tegucigalpa un día cualquiera

Foto del escritor: De Santa Fe A Alaska
De Santa Fe A Alaska
7 jun
5 min de lectura


Por Claudio Turco Cherep


Grita mucho esa mujer y grita un grito no tan fuerte como potente, que se escucha entre otros gritos en la puerta misma de la Catedral Metropolitana de San Miguel Arcángel en Tegucigalpa. Grita desmesuradamente una chica joven envejecida en la calle de atrás del templo. Grita para pedir que se suban a los buses que salen desde el centro hacia los barrios. Grita por la mañana bien temprano y gritando la sorprende la noche. Grita un grito breve el señor que vende donas. Grita a voz afónica el joven que ofrece desayunos de baleadas al paso. En un momento, la calle es un solo grito, grito pelado, grito de angustia, grito desesperado, que se potencia con los bocinazos de un taxi destartalado, con la respuesta en sinfonía de los pequeños autobuses públicos de origen japonés o con las sirenas constantes e inquietantes de muchas ambulancias. Por estas calles angostas, abarrotadas, hasta el silencio grita. El silencio de los que deambulan con la herrumbre de vivir a la intemperie con los ojos en cualquier parte. El silencio de los que están tirados como un lampazo en los aleros de los comercios. El silencio de los que se arrastran como espectros a cielo abierto. Y en el griterío, sucede cada día el milagro de sobrevivir. Que eso y no otra cosa hace el pueblo hondureño, con seis de cada diez habitantes ganando menos que un dólar y medio por día.

 

Los números duros explican estas postales casi desgarradoras. Honduras es, después de Haití y Ecuador, el tercer país del continente en el que más asesinatos se cometen. En 2025 la tasa superó los 41 habitantes cada 100 mil. Según el Observatorio de la Niñez de Casa Alianza, el año pasado más de 18 mil niñas, niños y adolescentes vivieron en situación de calle y el 55% de los que todavía no se hicieron adultos, la única certeza que tienen es que estarán por debajo de la línea de pobreza, en condición de indigencia. Además, según un estudio que publicó el Foro por la Infancia, el 90% de esos jóvenes (80% de varones y 20% de niñas) han sufrido abuso sexual. El estudio no es de ahora, tiene dos décadas. Y la situación tampoco, solamente que no para de empeorar. Cuando esas ánimas en pena dejen de ser vistas en la calle, de seguro ha sido porque sufrieron algún tipo de muerte violenta y serán reemplazadas por otras en situación similar. Si son niñas, también es probable que sean víctimas de la trata. Según el portal Confidencial, hasta hace dos años, el 82% de las mujeres captadas tenían entre 6 y 17 años y 9 de cada 10 casos quedaron en la impunidad.

 

Es difícil caminar por esas calles sin un nudo en la garganta. En los países vecinos, en la aduana, en donde anduviéramos nos advirtieron que hay que andar con cuidado. La página de Estadísticas Globales ubicó el año pasado a dos ciudades de Honduras entre las tres más peligrosas del planeta. Al ranking lo lidera San Pedro Sula, la segunda urbe más poblada, y en el tercer lugar se ubica esta capital, que solo encuentra un poco de respiro cuando mira para arriba, hacia los cerros verdes o hacia algunas colonias muy puntuales, como la de las embajadas. Para llegar hasta esos lugares primero hay que caminar por las calles angostas, de veredas caprichosamente dispares, donde pareciera que alguien siempre está acechando. Contrariamente a esa sensación, la mayoría de la gente es amable, predispuesta. Todo el mundo está vendiendo algo. Medias o aguacate, baleadas o camisetas de fútbol, mango o juguetes chinos, cambio de divisas o estampitas religiosas, juguitos en bolsas plásticas o banana. Los olores de esa gran cocina callejera se entremezclan con los del cigarrillo, el sudor, las aguas servidas, y el humo fusionado se cuela a vivir entre la ropa como un perfume de poca monta.


 

Arriba, bien arriba, desde el cerro Picacho o en el mirador del Juana Lainez, que es el que elegimos nosotros, la vista es diferente. El ojo se afila menos a la distancia. La naturaleza, que a menudo se ensaña con huracanes o terremotos, aquí le hace una concesión a este pueblo sufrido. La escalada encaja para novatos o mal entrenados, es tenue, oxigenada por una escolta de acacias rojas, jacarandaes, guanacastes y cañas de bambú. Por los corredores del espacio verde unos pocos vecinos trotan ajenos a la vida de allá abajo. En la cima aguarda el Monumento a la Paz, el más famoso de todo Honduras, que fue construido en 1948 para celebrar el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Desde la base de esa mole de cemento descomunal están las mejores vistas de la ciudad, sus pocas torres comparadas con otras capitales, su estadio de fútbol, sus casas trepando por los cerros como si quisieran alcanzar las nubes. A un costado, casi como un alumno desobediente castigado, hay una estatua del cacique Lempira. Se lo recuerda como un hombre de baja estatura y alto sentido de la identidad que peleó contra los conquistadores con valentía. Y para los amantes del olvido, con él no podrán porque con su nombre se denomina a la moneda nacional. Aunque la vida suele valer unas pocas lempiras.

 

La realidad dolorosa transcurre en dos niveles, allá arriba, acá abajo. La leyenda dice que existió un tercer nivel subterráneo. Cerca de la Iglesia Santa María de los Dolores, en los puestos de un mercado improvisado con sombrillas y toldos, se cuenta que existían túneles que comunicaban ese templo de hermosura barroca con la Catedral, unos cientos de metros en diagonal. Los dicentes no se ponen de acuerdo. Unos dicen que un cura encomendó a algunos albañiles trabajos de refacción y que ellos encontraron esos pasadizos, pero que además había un crucifijo de oro y desde las profundidades emanaban voces como quejidos. Otros dicen que lo que se halló fue más oro que lo que lleva un crucifijo y que se escondía ahí mucho mineral extirpado a la montaña y a Honduras porque era un lugar seguro. Y unos terceros afirman que simplemente se habían hecho porque en este pago el horno nunca estuvo para bollos, de modo que cada tanto tocaba salir disparando y nada mejor que un túnel para gambetear a cualquier perseguido. La cuestión es que, como ciencia mata relato, aparecieron racionalistas estudiosos que dieron de cara con nuestra ilusión y quitaron toda chance de conducto bajo tierra.

 

Cerca de la iglesia, por la peatonal Paseo Liquidámbar, algunos otros edificios también tienen cosas para contar. El del Correo Central, el del Museo para la Identidad Nacional,  sin ser construcciones fastuosas contrastan por elegancia y mantenimiento con el resto del paisaje. Al final de la calle, donde los buses esperan haciendo rugir los caños de escape para devolver a la gente a su casa después de la jornada de trabajo, está el Teatro Nacional Manuel Bonilla. Enfrente se encuentra el Parque Herrera, que homenajea al primer Jefe de Estado que tuvo Honduras. Antes de llegar hasta aquí nos topamos con un cartel viejo de propaganda electoral del actual presidente. Nasry “Tito” Asfura no goza de mucho prestigio. Dicen que se quedó a mitad de camino, que no tiene los cojones de su vecino Bukele para combatir el delito y que la economía... de eso mejor no hablar. Asfura tiene otro apodo además de “Tito”. Le dicen “Papi a la orden”. En una campaña electoral se cruzó con un taxista y cuando el conductor le dijo que lo veía trabajando bien, Asfura le contestó “ya vas a ver, Papi. A la orden”. El pueblo socarrón hizo el resto. El cartel viejo de propaganda electoral de Asfura dice “Tegucigalpa es esperanza”. Y ya sabemos que eso es lo último que se pierde.


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