Un puñal para Monteagudo
- De Santa Fe A Alaska
- 26 ene
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Por Claudio Turco Cherep
Por este pasaje angosto viene caminando hacia la muerte un hombre moreno, de buen porte, cuyo rostro y sus ideas permanecen en discusiones eternas. Ha empezado a caer su última noche y entre las sombras, su prendedor de oro y diamantes ofrece un destello de brillo intermitente. Está por llegar a la plazoleta de la Miqueo este muchacho que no fue niño, que ha vivido muchas vidas y que lleva un andar seguro de jacobino prepotente y decidido. Le han dicho a Bernardo de Monteagudo, el más argentino de todos los peruanos, que su tozudez por instaurar una monarquía constitucional en el Perú, aunque compartida con San Martín, no tiene asidero aquí. Y bien sabe él, que ha matado por una idea, que por una idea te matan.
Antes de que den las 20, nadie vio a dos jóvenes salir corriendo, nadie escuchó ningún grito, nadie vio a la cabeza más apasionada de las guerras independentistas de boca al suelo, con un cuchillo recién afilado clavado en su pecho, manchada de sangre su pilcha bacana, su prendedor de diamantes, sus rizos de descendencia africana, aquel anochecer del 28 de enero de 1825.
En la parte suroeste de la Plaza San Martín, tantos eneros después, unos policías se resguardan del sol áspero de mediodía, unos metros más allá, algunos más acá, del lugar de cita con la historia. En donde el Pasaje Quilca se une con la avenida Colmena está el Teatro Colón y el Edificio Giacoletti, una suerte de paseo comercial de principios del siglo XX, en refacción. Por aquí venía caminando Monteagudo. Había salido de su casa y, como casi todos los días, quería llegar a la casa de una amante. La libertad de vientres, la abolición de la mita, la expulsión del arzobispo de Lima, la creación de una escuela normal para la formación de maestros y de la Biblioteca Nacional del Perú constituían sus credenciales para moldear las patrias incipientes.
Los curas del convento de la zona llevaron el cuerpo a una celda pero ya no hubo nada que hacer. Bolívar mandó a investigar todas las barberías porque el puñal estaba recién afilado. Dieron con Candelario Espinosa y Ramón Moreira y todas las averiguaciones concluyeron en que habían sido ellos. Y que no querían robarle, porque todas sus pertenencias estaban intactas. Inclusive, terminaron por confesarlo. Joven de 19 años, soldado, uno; esclavo y cocinero, el otro, jamás dijeron quién los había mandado. Pasaje Quilca es literario y cinematográfico como la vida de Monteagudo. La calzada está más angosta, reducida por los chapones de un obrador y los paredones del teatro hacen una sombra de clima de otra época. Vienen caminando vendedores ambulantes, aspirantes a yuppies de una city que no es tal, adultos en época de paso lerdo, turistas de cámara al cuello o vecinos con paquetes recién comprados.
Bernardo de Monteagudo fue desde Tucumán a Córdoba, o de Chuquisaca a Panamá. Estuvo en Buenos Aires y en Chile, en San Luis y en Mendoza. Fue a Perú y a Ecuador como a Guatemala o Bolivia. Considerado por San Martín y por Bolívar, amigo de Castelli y O Higgins, fue miembro de la Asamblea del año XIII, auditor del Ejército de Los Andes y redactor de la Independencia de Chile. Creó y dirigió periódicos en tres países distintos. Se recibió de abogado pero no esquivó ser parte de la artillería de los revolucionarios. Fue preso político, orador brillante y empecinado ideólogo de la América del Sur libre. Vivió tres décadas y media y se las gastó más que bien. En esta conjunción de calles ruidosas, de edificios colosales, ni una placa lo recuerda.
Su cara también es motivo de discusión. Mariano Pelliza, su primer biógrafo, concluyó que hacia 1880, 55 años después del crimen, no se conocía a ciencia cierta su tez. Con los datos que disponía encargó un retrato que, recién seis décadas después, se supo que no tenía demasiado que ver con Monteagudo. Lizondo Borda, otro biógrafo, encontró que nuestro hombre era mulato. Hijo de una negra, la versión se parece más a la realidad. Por acá vienen caminando muchos rostros del Perú mezclado. Cruza un señor de rasgos orientales, hijo de la inmigración del Pacífico, viene una chola con su atuendo, dobla por el Jirón de la Unión un hombre de cara tiesa y angulada de aspecto originario, se sube a un colectivo un mulato rotundo, circunspecto, que bien podría ser descendencia de Bernardo de Monteagudo.
Aún hoy los historiadores no se ponen de acuerdo sobre quién mandó a matar a Bernardo de Monteagudo. José Faustino Sánchez Carrión, “el solitario de Sayán”, ideólogo del Perú libre, pudo ser. Ya le había advertido que si volvía por estas tierras iba a terminar con él. Se dice que Bolívar, después de hablar mano a mano con los asesinos, los liberó. Y que poco tiempo después, invitó a cenar a Sánchez Carrión quien, casualidad o no, murió envenenado. Otros pretenden que fue un marido cornudo y celoso y hay quienes señalan al mismísimo Simón Bolívar. Allá en el tiempo nadie sabe a ciencia cierta quién mandó a matar a Bernardo de Monteagudo, acá en esta esquina de este tiempo, en el pasaje Quilca, la muerte se ensaña más cuando es con olvido: nadie sabe quién fue Bernardo de Monteaguado.




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Ahora, necesito saber algo del felpudo, terry.... el que ladra. Estoy angustiado.
Que bello, viajo en tus relatos amigo, me dejo llevar y vuelo. Será que Monteagudo tuvo la primera relación abierta de América, y fue feliz con ello?
Bueno, voy a pensar en eso, pero necesito saber si Rincón o como sea que se llame el can sigue a bordo.
No es que no me preocupe por ustedes, que voy a andar aclarando, pero sí, una señal de vida, un rasguño a la camioneta... una foto familiar... Es que en el barrio van a preguntar por él en algún momento